Cultura - Arte

De cuando Pollock, Rothko y De Kooning destronaron a París

La Royal Academy de Londres inaugura el sábado «Expresionismo abstracto», la mayor muestra en Europa en cincuenta años sobre el movimiento neoyorquino

Una joven admira dos pinturas de Rothko en la Royal Academy de Londres
Una joven admira dos pinturas de Rothko en la Royal Academy de Londres - AFP

Nada más concluir la Segunda Guerra Mundial, un grupo de jóvenes pintores neoyorquinos, algunos de origen europeo, como el holandés De Kooning o el judío letón Rothko, llevaron al límite a las audacias del surrealismo y la abstracción. Su libertad valiente, emoción e impacto visual liquidaron 300 años de hegemonía europea en el arte. París quedó destronado (nunca ha vuelto a levantar cabeza) y Nueva York empuñó el cetro.

Obras de Clyfford Still presentes en la exposición
Obras de Clyfford Still presentes en la exposición- AFP

Pero todo lo nuevo deja de serlo con la próxima ola. Hoy, cuando impera el arte conceptual, existen sabios que ya encuentran viejuno el expresionismo abstracto americano. Algunos sacrílegos incluso se atreven a apuntar que, tras el enérgico goteo de Jackson Pollock, el sumo sacerdote del movimiento –muerto en accidente beodo de coche en 1956, con solo 44 años–, tal vez haya más adorno que concepto, mucho nervio efectista y nada que contar. Para salir de dudas, desde el sábado se podrá visitar en la calle Picadilly de Londres la muestra «Expresionismo abstracto», que ha organizado la Royal Academy en colaboración con el Guggenheim de Bilbao. Es tal vez la mayor exposición dedicada al movimiento en Europa desde hace cincuenta años, con 150 obras de una quincena de artistas, incluidas algunas esculturas y fotografías. Cuando se recorren sus catorce grandes salas, resulta imposible no sentir una admiración automática ante la contundencia y electricidad de muchos cuadros. Aunque la crítica británica, tal vez un poco esnob, ha tachado la muestra de «errática» y echa en falta obras emblemáticas.

Si hablamos de la chequera, ahí no caben dudas: el expresionismo abstracto es indiscutible. El pasado febrero, el multimillonario Ken Griffin, fundador del fondo de inversiones Citadel, se gastó 500 millones de dólares en comprarle dos cuadros a David Geffen, magnate de la música y el cine. Por «Número 17 A», un Pollock de 1948, abonó 200 millones y por «Intercambio», un De Kooning de 1955, pagó 300. El movimiento neoyorquino ha triunfado además en el paladar estético del mainstream actual: cuadros que beben claramente de aquel estilo adornan ahora aeropuertos, Parlamentos, salas de espera de dentistas…

Nerviosismo atormentado

Una joven admira el célebre mural que Pollock pintó para el apartamento neoyorquino de Peggy Guggenheim
Una joven admira el célebre mural que Pollock pintó para el apartamento neoyorquino de Peggy Guggenheim- AFP

La exposición se abre con una sala dedicada a los inicios del movimiento, que surge del nerviosismo atormentado de la posguerra, donde ya bullen también el free jazz y las letras beat. Es fascinante ver un minúsculo autorretrato de Pollock, ¡todavía figurativo! Y, más emocionante todavía, entrar acto seguido en la sala donde puede verse su primer gran mural, que pintó en 1943 para su mecenas, la tigresa Peggy Guggenheim, de apetitos lujuriosos de leyenda.

Luego no falta de nada. Las serenas manchas de color de Rothko. Las mujeres nervudas de De Kooning, con dientes y pechos tensos, desafiantes. Los cuadros monocolor de Barnett Newman, incluido un lienzo en negro y santas pascuas, que tantas puertas abrió para futuros impostores.

Al maestro De Kooning desde finales de los ochenta comenzaron a atenazarlo las sombras del Alzheimer, pero continuó pintando (y el mercado pagando) hasta su muerte en 1997. Sus ayudantes decidían cuándo estaba terminado un cuadro, lo que abrió en su día un interesante debate sobre la valía del arte de una persona que no sabe bien qué está haciendo.

La misma sensación puede atenazarte ante «Elegía a la República española», uno de los muchos murales que dedicó Robert Motherwell (fallecido en 1991) a nuestra Guerra Civil. El cuatro consiste en cuatro bandas verticales negras y anchas, con dos amarillas en los flancos, y tres círculos irregulares negros intercalados. El problema es que igual que en teoría evoca la Guerra Civil española podría titularse cosecha del trigo en Nebraska. Su concepto es ininteligible si no se lee el título. Y esa es la duda –o la grandeza– que suscita la apasionante aventura de aquellos exploradores vanguardistas del siglo pasado.

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