DOMINGOS CON HISTORIA

Sánchez Albornoz y España como enigma

El historiador castellano, medievalista insigne, reivindicó los valores cristianos como gran aportación española al materialismo reinante en Occidente

Claudio Sánchez Albornoz
Claudio Sánchez Albornoz - NIETO
POR FERNANDO CARCÍA DE CORTÁZAR - @abc_cultura - Actualizado: Guardado en:

Entre los debates más sustanciosos mantenidos en la posguerra española sobre el significado universal de la historia de España, brilla como pocos el que enfrentó a dos intelectuales de igual estatura inmensa y de diverso estilo y especialidad. De Américo Castro hablamos en la anterior entrega de esta serie. A su interpretación del carácter de nuestro pasado colectivo respondió, en diciembre de 1956, Claudio Sánchez Albornoz, en un estudio «España, un enigma histórico», que provocó no menos impacto que el libro al que respondía. No deja de producir una cierta melancolía que dos profesionales de este nivel pensaran sobre nuestra empresa nacional en el destierro. Que estos hombres pudieran ser considerados parte de la Anti-España invocada por el régimen victorioso para justificarse, debería avergonzar a todos los españoles, con independencia de su opción en el instante trágico de la Guerra Civil.

Buena nota de su obra tomaron algunos de los vencedores, y entre las reacciones sobresale la que redactó Antonio Tovar, con el doloroso sentimiento de pérdida que se apoderó de muchos falangistas por el destierro de patriotas de tal fuste. Pero lo que provoca una tristeza semejante es comprobar que hoy a nadie parece importarle aquel debate tan vigoroso, muestra de sabiduría y de compromiso nacional. Mientras se nos aturde con ejercicios de identidad provinciana; mientras se subvencionan investigaciones destinadas a la glorificación clientelar de los gobiernos nacionalistas; mientras nuestros impuestos pagan la exaltación de minucias localistas en pro del orgullo de estirpe de los nuevos caciques autonómicos, pocos recuerdan aquellos titánicos esfuerzos llevados a cabo por verdaderos intelectuales, que miraban la historia con la única perspectiva total que puede interesarnos.

No se escribe ya con aquel afán de explicar un proceso constante, que supere el tedioso recuento de datos aislados o el minucioso acopio de acontecimientos sin sentido. Ni se escribe tan bien, haciendo un ejercicio literario que la pretendida «ciencia social» se atreve a despreciar con la insolencia de quienes confunden redactar un informe con aportar una obra digna a la cultura. Pero, sobre todo, ya no se escribe con esa mezcla de portentoso dominio de la documentación y de voluntad de comprensión global del proceso histórico con que hombres como Castro y Sánchez Albornoz forjaron su tarea.

Obra cumbre

Con una humildad que no iba acompañada de falsa modestia, Claudio Sánchez Albornoz decidió escribir una extensa reflexión sobre la historia de España que nunca se había atrevido a emprender en sus años mozos, a pesar de que se sintiera inclinado a ello, como nos lo confiesa, desde la lectura de «España invertebrada». Esperó a que sus fuerzas estuvieran listas, a que sus exigencias profesionales se hallaran satisfechas, y entregó su obra cumbre urgido por la desazón que le generó el ensayo de Américo Castro. El historiador castellano, medievalista insigne, respondió a las tesis de Castro poniendo especial énfasis en la existencia de una historia propiamente española desde mucho antes de la empresa reconquistadora iniciada en el siglo VIII. España no era fruto de la mezcla de tres culturas, sino de un impulso previo, que mantendría su sustancia fundamentalmente cristiana hasta bien entrada la modernidad. Más allá de esta discrepancia, lo que importa es señalar una misma preocupación. Lo que deseaba Sánchez Albornoz, como lo quiso Castro, fue evitar que la idea de España como realidad histórica cayera en manos de quienes, faltos de preparación profesional, desorbitaran los elementos simbólicos del nacionalismo por desconocer la suficiente historia de una experiencia nacional.

«España, un enigma histórico» subrayó la singular pertenencia de España a un Occidente incomprensible sin nuestra aportación. Una afirmación que se había descuidado por la caída en desgracia de los valores que España encarnó frente al economicismo continental. En tiempos cruciales que la agotaron en hombres y riquezas, España defendió nuestra civilización de la amenaza islámica, creadora de Estados que Don Claudio consideraba de poblaciones sumisas y cultura anquilosada. España trazó la unidad oceánica, una gesta que hoy es menospreciada sin calibrar lo que tuvo de inmensa navegación geográfica y espiritual. España, sobre todo, irrumpió en la Edad Moderna defendiendo un acervo ideológico que se enfrentaba a los efectos sociales y culturales de la Reforma protestante. «Ahincada en la tradición católica universalista del cercano Medioevo, enraizó en el pasado la sociedad novísima, y defendió, frente a la razón, los fueros nunca caducos del espíritu, y frente a la moral del éxito, la fidelidad a un orden superior de valores».

Espíritu caballeresco

Aquel pueblo formado en el clasicismo romano tensó su musculatura política y cultural en la lucha durante ocho siglos por recobrar el aliento cristiano para la civilización de Occidente. La fusión de lo espiritual y lo militar en un espíritu caballeresco que se justificaba por la búsqueda de un ideal cristiano, creó la densidad del misticismo, el contacto directo con Dios, pero también la fijación del hombre a una tarea redentora en esta tierra. No había salvación sin esfuerzo por preservar el honor de Dios. La existencia carecía de significado si no servía para defender la dignidad de las criaturas con independencia de su rango. Por ello, en las obras del Siglo de Oro destacaron «los trallazos del orgullo, de la vergüenza y del honor» que sentía cualquier individuo por el hecho de ser hombre y vivir su vida como cristiano. El «cortocircuito de la modernidad» dejó a España relegada, exhausta, derrotada en infinitas luchas por preservar unos valores desplazados por la avaricia, el absolutismo despótico y la desigualdad radical de los hombres. Al retirarse del centro de la historia universal, explicó Sánchez Albornoz, España dejaba en el aire de aquella Europa de sectas religiosas apocadas y de tiranos amparados en la razón de Estado, la huella de su afán universal, de la unidad de la cristiandad, de los derechos del pueblo frente al monarca. Una huella que algunos, en estos días de espanto e ignorancia, parecen empeñados en borrar.

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