Enrique OV
Enrique OV - ABC
EL PERSONAJE Y SU AUTOR

Un remedio para el rey inapetente

En su libro «En busca del unicornio», Juan Eslava Galán narra las peripecias de Juan de Olid para que Enrique IV pudiera curar su impotencia

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«En busca del unicornio» narra la imaginaria expedición castellana enviada a África por Enrique IV para conseguirle un cuerno de unicornio con el que remediar su impotencia. La impotencia de Enrique IV de Castilla fue el pretexto esgrimido por sus enemigos para escamotear el trono de Castilla a Juana la Beltraneja, la legítima heredera, a la que consideraban fruto de las relaciones adúlteras de la reina con el favorito don Beltrán de la Cueva. Como se sabe, finalmente se saltaron el orden sucesorio e impusieron a Isabel la Católica, hermana del rey.

El doctor Marañón se ocupó de la impotencia del monarca en un esclarecedor ensayo. Su conclusión es reveladora: «Cada día me parece más claro que don Enrique IV fue menos impotente de lo que se dice: que su mujer doña Juana fue mucho más buena de lo que nos cuentan los libros; que la Beltraneja no fue hija del necio don Beltrán sino, quizá, del rey, que, como todos los cojos, no dejaba de andar, cuando podía, aunque tropezando, y que, en suma, en suma, estos tres personajes fueron las víctimas que la opinión y luego la historia eligen para localizar en unos pocos seres humanos las culpas de todos».

Disfunción eréctil

Hoy sabemos que el unicornio nunca ha existido, pero en la Europa medieval y renacentista se creía que su cuerno neutralizaba los venenos y remediaba la disfunción eréctil. Los sagaces mercaderes vikingos obtenían pingües beneficios de la venta de falsos cuernos de unicornio que, en realidad, eran colmillos de narval (Monodon monoceros), un cetáceo abundante en el Ártico y en el Atlántico Norte. Dos de esos presuntos cuernos se conservan hoy en la catedral de Venecia y en el palacio Hofburg de Viena. En nuestra novela, Enrique IV confía la delicada misión de cazar al unicornio a uno de sus más fieles colaboradores y amigos, el condestable don Miguel Lucas de Iranzo.

El Iranzo histórico, un muchacho de humildes orígenes, se había granjeado la amistad del rey, que lo ennobleció otorgándole, en una misma sesión, los títulos de barón, conde y condestable de Castilla. Envidiosos de su privanza, los grandes magnates de la corte aunaron esfuerzos para socavar la posición del advenedizo. En 1461, cuando comprendió que su presencia en la corte resultaba más dañosa que provechosa, el condestable obtuvo el permiso real para retirarse a Jaén, a la sazón peligrosa plaza fuerte fronteriza, donde contrajo matrimonio con una dama noble y rica, doña Teresa de Torres, y residió por espacio de doce años, hasta su asesinato, en 1473.

Ciudad fronteriza

Estos años jiennenses de Iranzo son objeto de una interesante crónica titulada «Hechos del Condestable Miguel Lucas de Iranzo», editada por Gayangos en 1855 y por Juan de Mata Carriazo en 1940. Por las páginas de la crónica, escrita por algún letrado del séquito del personaje, vemos desfilar, en un estilo sorprendentemente moderno y atractivo que hemos intentado imitar en nuestra novela, la vida de una ciudad fronteriza de finales del siglo XV: las fiestas, celebraciones, torneos, las intrigas locales, las discontinuas refriegas con los moros granadinos… todo lo que Iranzo vivió en su retiro de Jaén.

Juan Eslava Galán
Juan Eslava Galán- Ernesto Agudo

El protagonista de «En busca del unicornio» es Juan de Olid, un criado al que Iranzo designa para comandar la tropa que cumplirá el encargo real. El primer pretexto de la novela fue precisamente explicar la abrupta interrupción de la crónica en 1471, dos años antes de la muerte del condestable. ¿Se han perdido las páginas finales o el autor interrumpió ahí su narración? En nuestra novela damos una solución imaginativa: es que Juan de Olid ya no estaba junto a su señor, sino en África, buscando el unicornio. Y ése sería el arranque de la imaginaria expedición.

El Juan de Olid histórico aparece fugazmente en la Crónica cuando ataja, en compañía de sus hermanos de armas, a una cuadrilla de moros que regresa de saquear tierras cristianas. Con brutal inocencia el cronista refiere que de dieciséis moros que eran allí donde fue la pelea y después por el camino murieron los doce. Y los caballeros tomaron tres o cuatro cabezas de los moros que allí murieron y cinco o seis caballos de los dichos moros y las orejas de otros tres o cuatro que murieron allí y armas y todo el despojo que los moros dejaron.

El país de los negros

Este es el capitán y estos son los hombres de la frontera que en nuestra novela se aventuran por las tierras incógnitas de África para servir a su rey. Los vemos atravesar Marruecos y la ruta «de la sed y del espanto» del Sahara para llegar al centro caravanero de Tomboctú y desde allí internarse en lo que entonces se conocía vagamente como «el país de los negros».

En su paso por el país de los negros, nuestros expedicionarios encuentran sucesivamente una serie de tribus o imperios africanos: los Columba, los Cuarafa, los Manda, los Mambetu, los Bandi y los Tongaka. Todas ellas corresponden a grupos humanos que existieron entre los siglos X y XV.

En la Baja Edad Media la cristiandad poseía un vago conocimiento de un dilatado «país de los negros» en el que abundaban el oro y los peligros. Antes del descubrimiento de América, Ghana fue la casi única proveedora de oro de Europa, con la intermediación del mundo árabe. Por relatos de viajeros islámicos sabemos que la sal, escasísima en África, se vendía allí por su peso en oro. Desde las minas partían caravanas -descritas en la novela- que llevaban el oro a las orillas del Níger, y desde allí a Europa.

El único intento serio del hombre blanco por hacerse con las fabulosas minas que surtían este mercado lo protagonizaría el sultán marroquí Mulay Ahmed hacia 1590. El sultán envió una expedición compuesta en su mayor parte por andalusíes al mando del renegado Yuder Pachá, renegado morisco bautizado como Diego de Guevara en la localidad almeriense de Cuevas del Almanzora. Yuder era el apodo que mereció porque a cada paso empedraba su discurso con el españolísimo palabro joder. La expedición de Yuder Pachá ocupó Gao y Tomboctú, pero fracasó en su empeño por alcanzar las fuentes del oro. Es que el preciado metal no se daba, como creían, a orillas del Níger, sino mucho más al sur. Los descendientes de Yuder gobernaron la región durante siglos.

Gran Zimbaue

La intensa actividad minera que la novela describe en la zona de Zimbabue tiene base real, hoy confirmada por la sorprendente cantidad de escombreras y restos de pozos auríferos que jalonan aquel territorio. Las ruinas del castillo, templo o palacio del Gran Zimbabue, en las que se desarrolla parte de la novela, fueron descubiertas en 1531 por el portugués Vicente Pegado. Juan de Olid, el último superviviente de la expedición castellana, consigue regresar a Europa por vía marítima gracias al auxilio de los portugueses.

Las expediciones portuguesas descritas en la novela tienen igualmente base real. En 1447 los portugueses que circunnavegaban las costas africanas, en su camino hacia la India y la especiería, habían alcanzado Cabo Verde y las desembocaduras del Senegal y del Gambia. En 1471, las naos de Fernando Gomes exploraron las costas de Ghana. En 1485 Diego Cao remontó el río Congo y poco después Bartolomeo Díaz bordeó África por el cabo de las Tormentas.

También tiene base real la erección de pedraos o mojones ornados con las armas de Portugal que los lusos colocaban en la desembocadura de los ríos durante la ceremonia de toma de posesión de los territorios explorados, y lo mismo cabe decir del motivo por el que anuncian al cautivo Juan de Olid su posible libertad si un asunto pendiente del Papa de Roma sale como ellos esperan. Como es sabido, Alejandro VI, el Papa Borgia, consagraría en su bula Inter Caetera el reparto del mundo entre portugueses y castellanos en 1493.

El cuerno de un rinoceronte

En la penosa aventura africana que la novela describe pierden la vida todos los expedicionarios castellanos. Al final, el derrotado Juan de Olid se reintegra a Castilla llevando en su macuto lo más parecido al unicornio que ha encontrado: el cuerno de un rinoceronte. Para su sorpresa, en sus años de ausencia todo ha cambiado: su señor Iranzo y el rey han muerto, y también han evolucionado las mentalidades, el honor importa ahora menos que el interés.

Juan de Olid, manco y derrotado, deposita su trofeo en la tumba del rey, en el monasterio de Guadalupe, y, consolado por el sentimiento del deber cumplido, contempla el crepúsculo del día y de su vida sentado a la puerta del claustro, como el espectro vivo de un tiempo fenecido, «solo y sin camino».

La novela termina con el acta notarial levantada en 1947 tras el descubrimiento y examen del cadáver momificado de Enrique IV detrás de un retablo del monasterio de Guadalupe. Es una transcripción literal del documento original a excepción del breve párrafo en el que se menciona la insólita aparición de un polvoriento cuerno de rinoceronte en el ataúd del desventurado monarca.