Cultura

Palacio Atard y la crisis española del Siglo XVII

La posguerra fue un tiempo de reflexión sobre la realidad de España como nación

Palacio Atard con el Conde Duque de Olivares de fondo
Palacio Atard con el Conde Duque de Olivares de fondo - ABC
FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR - ABC_Cultura Madrid - Actualizado: Guardado en:

Los años que siguieron a la guerra civil fueron tiempos de reflexión sobre el ser permanente de España, cuyos obsesivos rituales provocaron frustrantes esfuerzos y profunda melancolía. «La España sin problema» de Calvo Serer y «La España como problema» de Laín Entralgo pertenecían al ensayo que el 98 consagró como género literario respetable, en condiciones de competir con las grandes meditaciones filosóficas o los trabajos de erudición académica y alcanzar un alto nivel de divulgación entre lectores cultos. Sin embargo, la conciencia de un país no se forja en elaboraciones cuya elegancia expositiva, sagacidad y afán totalizador podían bordear la banalidad de trazo solemne o sucumbir ante la opinión cultural camuflada de afirmación científica.

La segunda mitad del siglo XX salió al paso, en toda Europa, de aquellas tentaciones intelectuales que alumbraron sugerentes estudios más preocupados por transmitir la pasión y la brillantez del estilo que por ajustarse a las exigencias de largas horas de reflexión y de una adecuada documentación. Lo cual no obsta para que a algunos de estos ensayos se les deba mucha más honestidad, agudeza y verdad, que a los estudios realizados por los presuntos profesionales de la filosofía, como lo demuestra con singular dureza el debate sobre el totalitarismo y la libertad, sobre la violencia y la redención del individuo, que enfrentó a Albert Camus con los santones del círculo de Jean Paul Sartre.

«Atard nos proporcionó materia para una conciencia colectiva por encima de la amarga derrota»

Mientras en Europa se discutía sobre esos aspectos sustanciales de la historia del siglo XX que la guerra fría exigió tratar sin medias tintas, en España todo giraba en torno a nuestra realidad como nación, al fracaso de nuestra convivencia, a nuestro alejamiento del rumbo europeo, a las causas últimas de la discordia radical que llevó a despojar a unos u otros ciudadanos de su plena españolidad. La angustiosa pregunta sobre el ser de España lanzada desde la crisis de fin de siglo, repetida por Ortega y reformulada por los intelectuales enfrentados en la experiencia republicana, volvió a hacerse en la sombría humillación que, más allá de la jovialidad de la victoria o de la desesperación de la derrota, había supuesto la guerra civil para todos los españoles.

Mientras los pensadores oteaban el futuro, intentado levantar el espíritu de esta antigua nación hacia una esperanzada toma de conciencia común, mientras el buen pueblo salía adelante enderezando con sus manos desnudas un país devastado por la contienda, mientras la poesía y la novela revelaban la existencia de una patria cultural irrevocable, los historiadores más jóvenes empezaban a devolverle a España la calidad de una investigación que afirmaba con rigor documental esa realidad histórica que había de acompañar las preguntas sobre nuestra esencia espiritual.

Uno de los campos privilegiados de este trabajo fue la reflexión sobre la decadencia. Los estudios relativos al imperio de Carlos V habían tenido una funcionalidad notable en la exaltación nacionalista del falangismo. Pero debía encararse también el examen de aquellos años en los que la monarquía universal de los llamados Austrias menores se ganó una penosa reputación de reyes holgazanes, validos corruptos y una Iglesia sumida en los desvencijados anacronismos ideológicos que nos arrastraron a las tenebrosas aguas de la decadencia y la marginalidad.

«La decadencia no era el origen de la derrota de España»

En su momento, hablamos de la aportación realizada por José Antonio Maravall, en el campo de la historia del pensamiento , para descubrir la inteligencia profunda de la idea española del Estado en el siglo XVII, único baluarte contra el absolutismo desenfrenado que invadió el continente tras la muerte de Felipe II. En 1949 , un joven historiador bilbaíno Vicente Palacio Atard, engrosaba su brillante carrera intelectual con un estudio realizado desde la perspectiva de la historia social y política de nuestra crisis. «Derrota, agotamiento y decadencia, en la España del siglo XVII», daba cuenta, ya en su título, de la inversión de situaciones que habían sido calificadas por el discurso regeneracionista.

La decadencia no era el origen de la derrota de España , como habían creído quienes personalizaron en la pereza de los reyes , en el atraso religioso, en la podredumbre de las clases dirigentes o la envilecida ignorancia del pueblo, nuestro abandono del impulso histórico moderno. La irrelevancia política de España fue el producto de su previa derrota a manos de potencias emergentes, de la dilapidación de recursos económicos al servicio de una causa espiritual. Fue el producto del exceso de esfuerzo, no de la gandulería. Fue el resultado de la intensidad de sentimientos y de la desproporcionada voluntad, no de la indolencia o la falta de coraje.

«Con la ruina de nuestro poder político y de nuestra economía, vino la catástrofe moral»

«España luchó por algo, y esa lucha nos condujo a la derrota y al agotamiento y, con la ruina de nuestro poder político y de nuestra economía, vino la catástrofe moral.» Lo que se sepultó con la caída de la hegemonía española fue el ideal cristiano de unidad, de jerarquía de valores, de defensa de la concepción católica de los derechos del individuo frente al Estado, de relativización del éxito mercantil, de la subordinación del interés privado a una gran empresa común, de las virtudes cívicas del hidalgo frente al egoísmo de quien considera que su bienestar material acredita ,también , su superioridad moral. Aquella nación provista de los grandes valores morales de la Contrarreforma fue vencida en una batalla que concitó la alianza de toda Europa, reunida en torno a los valores de una modernidad protestante cuya invalidez no ha hecho más que demostrarse en las pavorosas crisis que hemos sufrido desde la Gran Guerra hasta nuestros días.

Palacio Atard nos proporcionó, en aquellos años de pérdida de confianza nacional, mezclada con la hipertrofia simbólica del pecado nacionalista, un nuevo motivo para tener legítima fe en la causa de España a través de los siglos. Nos proporcionó la materia de una conciencia colectiva que se levantaba sobre el recuerdo de aquella amarga derrota, donde el heroísmo de los españoles que dieron su vida por una idea de la Europa cristiana adquiría una conmovedora intensidad.

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