La ofensa de los españoles al Rey de Inglaterra que desencadenó su pasión «mortal» por el arte

La Royal Academy de Londres reúne en una exposición la colección de Carlos I, que vuelve a Inglaterra 400 años después

Actualizado:

Durante casi un año, el Conde-Duque de Olivares retrasó con toda clase de excusas y artimañas el matrimonio del Príncipe de Gales y la Infanta María, hermana de Felipe IV de España. Un intento de alianza que podía haber cambiado la historia, pero que terminó agigantando la enemistad entre las dos potencias.

A principios de 1623, el heredero a la Corona inglesa, Carlos de Estuardo, se había presentado por sorpresa en Madrid para cerrar el matrimonio con una mujer que, si bien no conocía, le tenía locamente enamorado. Una prueba ciega de amor que terminó en promesa de guerra. Para cuando el Príncipe, impaciente y harto de la rígida etiqueta española, se dio cuenta de que ni siquiera la Infanta quería casarse con él y su presencia no era bienvenida, salió del país maldiciendo a los españoles y prometiendo vengarse algún día de la humillación.

Festivo y de gusto por un protocolo más flexible, al entonces Príncipe hubo pocas cosas que le agradaron de España

En cuanto Carlos se convirtió en Rey se esforzó en conducir a Inglaterra a una guerra contra España (un conflicto que terminó en derrota estrepitosa para los ingleses, pero hoy se ha olvidado). Perdió un amor, pero ganó otro. También influido por su viaje de juventud, comenzó una colección de arte a imitación de la reunida aquí por los Austrias. Su amor por el arte era tan grande como lo era la satisfacción de rivalizar con la colección de su enemigo Felipe IV.

La Royal Academy ha conseguido recuperar hoy en una exposición en Londres casi un centenar y medio de lienzos del Monarca británico, cuya inesperada ejecución dispersó las obras por toda Europa y privó a Inglaterra de tener en la actualidad su propio Museo del Prado.

La obsesión por el arte

Festivo y de gusto por un protocolo más flexible, al entonces Príncipe hubo pocas cosas que le agradaron de España, a excepción de la labor como mecenas de los Austrias. Carlos I, Felipe II, Felipe III y, sobre todo, Felipe IV lograron juntar obras de los mayores maestros de la pintura flamenca e italiana, desde Tiziano a Rubens, así como la pujante obra de artistas españoles tales como El Greco o Velázquez. De manos del propio Felipe IV, el Príncipe de Gales recibió en Madrid dos obras de Tiziano, «La Venus del Pardo» y «Carlos V con un perro». El maestro veneciano se elevó como una de sus grandes pasiones. Entretenido en ceremonias que no iban a ningún sitio, Carlos de Estuardo compró otras pinturas italianas por su cuenta antes de volver a las Islas británicas.

«La Venus del Pardo», de Tiziano
«La Venus del Pardo», de Tiziano

Una vez en el trono adquirió a un precio irrisorio gran parte del patrimonio artístico de los Duques de Mantua, lo que a la postre se convirtió en el grueso de su colección pictórica. Además, atrajo a Londres a algunos de los mayores maestros de su tiempo, entre ellos al flamenco Pedro Pablo Rubens, huésped de la Corte inglesa en 1629, y al italiano Orazio Gentileschi. No obstante, Carlos encontró a su particular Diego Velázquez en Anton Van Dyck, un experto retratista influenciado por Tiziano que se trasladó a vivir a Inglaterra en 1632. Van Dyck fue acogido con todos los honores y el Rey en pocos meses le confirió el título nobiliario de baronet, garantizándole una renta anual de 200 libras.

Como primer pintor de la Corte, el flamenco realizó los retratos más elogiados del Monarca, entre ellos, «Carlos I en tres posturas». Este lienzo fue enviado a Roma para que el escultor italiano Bernini pudiera realizar un busto en mármol del Rey, a modo de obsequio al Papa para mejorar las relaciones entre la Iglesia católica e Inglaterra.

Solo en materia de arte se permitía el Rey aparcar sus prejuicios religiosos. En diciembre de 1641 Van Dyck moriría en Londres a pesar de los esfuerzos del médico personal de Carlos de Estuardo por salvar al pintor católico. El Rey lloró con rabia la muerte de su mayor descubrimiento.

Un Rey decapitado

Las derrotas militares frente a España y Francia enfrentaron al Rey Carlos I con el Parlamento. Su insaciable exigencia de más y más dinero, entre otras cosas para sufragar su colección de arte, provocaron a partir de 1642 la conocida como Guerra Civil Inglesa. Aparte de derrochador, los parlamentarios acusaban al Monarca de haber cruzado todos los límites con sus altaneros modales y su desprecio hacia la cámara. Finalmente, la causa de Estuardo pereció frente al genio y vileza militar de Oliver Cromwell tras dos conflictos que arrasaron el país.

Más de mil quinientas pinturas, tapices, esculturas y objetos decorativos de la colección real fueron malvendidos para pagar las deudas de la república

Acusado de alta traición, Carlos I persistió en su actitud altiva durante el juicio y se negó a suplicar perdón porque creía que ninguna corte tenía jurisdicción sobre su poder. Carlos fue condenado a muerte por causar el empobrecimiento y hambruna de la nación. Entre gritos de «traidor, tirano y asesino», el Rey únicamente pudo encontrar un instante de sosiego al contemplar en su camino al cadalso la serie de telas sobre el Palacio de Whitehall pintada por Rubens.

Tras decapitar a Carlos el 30 de enero de 1649, los parlamentarios echaron mano de algo que le era, si cabe, más valioso al Monarca que su cabeza. Más de mil quinientas pinturas, tapices, esculturas y objetos decorativos de la colección real fueron malvendidos para pagar las deudas de la república conocida como Mancomunidad de Inglaterra, a cuyo timón estuvo Cromwell. Algunas de las obras más conocidas fueron adquiridas por el embajador español en Londres y pasaron más tarde a manos de Felipe IV. Hoy, varias adornan el Prado.