Cultura

Grillo mete la pata con el Vaticano por pedir que sus museos paguen a Roma

El cómico populista muestra su ignorancia al suponer que los museos pertenecen al ayuntamiento de Roma y deben pagar una renta

Cuidados al Laoconte en los Museos Vaticanos
Cuidados al Laoconte en los Museos Vaticanos - REUTERS
ÁNGEL GÓMEZ FUENTES Corresponsal En Roma - Actualizado: Guardado en:

Grillo mete la pata atacando a la Santa Sede a cuenta de los Museos Vaticanos . El populista Beppe Grillo, fundador del Movimiento 5 Estrellas, grita contra el Vaticano para que pague al ayuntamiento de Roma, encabezado por Virginia Raggi, la alcaldesa del M5E. «Los Museos Vaticanos son del ayuntamiento y éste no recibe nada. Hablaré con Bergoglio para que pague. Creo que no lo sabe todavía», declaró Grillo en una entrevista a Euronews. El cómico ha demostrado así una ignorancia supina, desconociendo incluso la Constitución italiana que incluye los Pactos Lateranenses que reconocen la independencia y soberanía de la Santa Sede, creando en Estado de la Ciudad del Vaticano donde se encuentran los Museos. La fanfarronada de Grillo ha suscitado hilaridad en todas las fuerzas políticas.

Beppe Grillo
Beppe Grillo

A Beppe Grillo le convendría recibir alguna lección de Antonio Paolucci, ex prestigioso director de los Museos Vaticanos, exministro de Bienes Culurales, quien por edad dejará el cargo a final de año: «Los Museos Vaticanos son grandes: Siete kilómetros de recorrido a través de galerías, salas, jardines internos. Son un sistema de museos y, por tanto, su contenido es muy variado: frescos, esculturas, metales, tejidos, obras de arte moderno y contemporáneo, obras de etruscos, egipcios…Por tanto, mucha diversidad de contenidos y de necesidades de conservación», afirma Paoluci, cuyo balance cultural y de mánager se plasma en el libro que prologa «Cómo se conserva un gran museo. La experiencia de los Museos», de Vittoria Cimino, jefa del Departamento de Conservación de los Museos.

Ejército de vigilantes y expertos

Todo un ejército se ocupa de la manutención diaria de este sistema de museos del Vaticano, que visitan seis millones de personas al año, unas 22.000 cada día. Son 800 los vigilantes y expertos de arte que diariamente cuidan de la seguridad, limpieza de las obras, controles de humedad y de la iluminación, y se valoran las peticiones de préstamos que llegan de museos todo el mundo (en el pasado año se prestaron 58 obras).

La visita en masa a los Museos Vaticanos impone muchos problemas logísticos, tanto de conservación como de asistencia al público. Por ejemplo, se han instalado 18 desfibriladores que garantizan una cardio-protección en todo el recorrido de los museos. Eventualmente serán utilizados por 300 vigilantes que han sido formados por el hospital Niño Jesús, cuya presidenta asegura: «Los Museos Vaticanos custodian no solo obras de arte, sino también el corazón de las personas».

Precisamente, el corazón de los museos es la Capilla Sixtina, cuya manutención y el espolvorearla siempre ha constituido un rito. Se trata de una práctica antigua, secular, para que resplandezca siempre la obra cumbre de Miguel Ángel. La instituyó el papa Pablo III Farnese, creando incluso el papel de «mundator», término latino para referirse a las personas encargadas de desempolvar los frescos y las pinturas. «El “mundator» –primer grado de aprendizaje àra después convertirse en restaurador- utilizaba paños de lino o largas cañas de bambú en cuyas puntas se colgaban colas de zorro.

Fue precisamente Antonio Paolucci, nombrado director de los museos en el 2007, quien reintrodujo la manutención periódica. Se inspiró en la figura del «mundator» para crear el Departamento del Conservador, con la misión de estudiar todas las posibilidades que ofrecen la moderna tecnología para tener bajo control los riesgos de deterioro de las pinturas. Constantemente se realiza el seguimiento de los valores de temperatura, humedad, anhídrido carbónico, velocidad y dirección del aire.

Si delicada es la tarea de espolvorear la Sixtina, de modo especial lo es la llamada «camera lachrimatoria» o «sala de las lágrimas» a la que se accede por una pequeña puerta a la izquierda del altar de la Capilla Sixtina, donde el nuevo papa viste por primera vez tras su elección en el cónclave los paramentos papales. Los únicos laicos que pueden entrar a espolvorear esta sala –en realidad es la sacristía de la Capilla Sixtina- son los «Sistini», es decir, los custodios de la Sixtina, que son tres personas elegidas entre las 300 que custodian los museos. Cualquiera de ellos podría haberle dado al cómico Grillo una lección sobre los Museos Vaticanos y él se habría percatado de que no son del ayuntamiento romano porque ni siquiera están en suelo italiano. Se habría evitado la enésima estupidez.

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