Cultura

Festival de Salzburgo: «La rugosidad del carboncillo»

Una demostración de confianza propia de quien, preocupado por la militarización de la sociedad, la violencia y la desesperación de los desprotegidos, prefiere la moralidad del retrato al grito

Muestra del trabajo de William Kentridge que acompaña a la ópera de Alban Berg
Muestra del trabajo de William Kentridge que acompaña a la ópera de Alban Berg - ABC
ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Salzburgo - Actualizado: Guardado en: Cultura

El Museum der Moderne de Salzburgo, en sus sedes del Mönchsberg y Rupertinum, dedica una amplia muestra al artista sudafricano William Kentridge. En la primera pueden verse grandes instalaciones multimedia, mientras que la segunda se centra en los trabajos para el teatro y la ópera. El tributo al pionero del cine mudo George Méliès, la reflexión sobre el tiempo, acerca de la dominación social y política, tapices y objetos sirven de prólogo al espacio escénico con carteles y dibujos, diseños, modelos y vestuarios creados desde finales de los setenta. Destacan «Il ritorno d’Ulisse in patria» para el Festival de Viena (1998), «Preparing the Flute», sobre la obra de Mozart para La Monnaie (2005), «The nose» de Shostakovich y «Lulu» de Berg promovidas por el Metropolitan (2010 y 2015). «Thick Time: Installations and Stagings» ayuda a razonar sobre la representación de «Wozzeck» presentada este año por el Festival de Salzburgo en coproducción con Nueva York, en la que Kentridge hace tándem con la dirección musical de Vladimir Jurowski.

Hace veinticinco años que Kentridge firmó su primer trabajo para la escena. Fue el «Woyzeck» de Büchner. Actuaba entonces como actor, director y diseñador de escenografía de la Handspring Puppet Company. El recuerdo de aquel diseño pervive ahora en la marioneta que da vida al hijo de Wozzeck. Objeto manipulable, de vida intrusa, mudo aunque melancólicamente inquisitivo cuando en el final se vuelve al público con ojos perdidos. Es fácil imaginar, paradójicamente, que en ese cuerpo de madera con cara expresionista habite buena parte de la dimensión humana de esta representación.

Lo demás son impresiones de rango anímico según lo pretende un lenguaje visual en el que «materia y forma envuelven las ideas, las hacen crecer, no las ilustran». Kentridge recurre a técnicas similares a las utilizadas cuando recompuso «Woyzeck». Fundamentalmente, a la textura del carboncillo perfilando dibujos que crecen en la animación de un video de sofisticada elaboración y que cubre por completo el escenario provocando que el resto de elementos escenográficos se instalen en el interior sometidos a la iluminación de aspecto profundo, agobiante. Kentridge habla de pequeñas escenas, miniaturas, pero la acumulación de información, el desorden de un escenario deconstruido, especie de basurero de maderas y objetos, acerca a la desmoralización, al hastío, a la saturación.

El miniaturismo de este «Wozzeck» se formaliza en el control que Jurowski hace desde el foso, en una versión de rango reducido, camerística, muy cuidada en lo instrumental, con calidad y suavidad en el transcurrir de una música de heterogéneas referencias. A veces, el resultado es inofensivo, en muchas ocasiones amable, según exige un reparto que prefiere decorar a vomitar el desgarro emocional. El Wozzeck de Matthias Goerne está bien cantando, es decir, que desde la perspectiva musical implica gusto en el fraseo. Sin embargo, el carácter es débil por razones físicas. La voz muy constreñida se proyecta con dificultad, la expresión malhumorada y la actitud beligerante contradice el propósito del débil sometido a la arbitrariedad general. Marie es ingenua según la plantea Asmik Grigorian, juvenil en el timbre, enamoradiza según la pura corporeidad del canto. Notables voces rodean a los protagonistas: John Daszak, el tambor mayor, Mauro Peter como Andrés, Gerhard Siegel es el capitán.

Kentridge se niega a la introspección psicológica. Confía en la música como lenguaje capaz de evocar al intérprete el entorno exacto al que ha de circunscribirse aun arriesgando que también este puede condicionarlo con su manera de representar. Por eso frente a la dimensión apabullante de su trabajo, este «Wozzeck» habita en la contención. Es una demostración de confianza propia de quien, preocupado por la militarización de la sociedad, la violencia y la desesperación de los desprotegidos, prefiere la moralidad del retrato al grito. Cuando recuerda que su padre ponía esta ópera en casa, en la versión de Pierre Boulez protagonizada por Walter Berry, evoca inmediatamente la posibilidad de algo calculadamente oscuro e indolente.

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