Cultura

El festival omaní que celebra la lluvia

El certamen de Salalah, un oasis en el desierto de la Península Arábiga, ha superado el número de turistas de la pasada edición y se consolida en Oriente Medio

El festival omaní que celebra la lluvia

Omán es un país de contrastes. Desde que el sultán Qaboos bin Said derrocó en 1970 a su padre, el territorio vive lo que se conoce como el Renacimiento. Bajo su mandato se ha recuperado la rica tradición heredada de califas e imanes, si bien se ha modernizado para exportarla al mundo. El antiguo Magán es un remanso de estabilidad en una zona, la Península Arábiga, abiertamente convulsa. Fieles al islam, practican la vertiente ibadí, frente a las suní y chií, minoritarias. Casi siempre discreto, Omán no duda en ostentar lo que cultiva con orgullo. Como, por supuesto, la lluvia.

En la provincia de Dhofar, al sur del país, Omán tiene uno de los únicos pulmones de Oriente Medio. Desde el 15 de julio, los omaníes apuraron hasta el último día de agosto para celebrar toda una rareza en esta época del año en la zona, el Khareef (otoño), o lo que es lo mismo, el monzón, con el Festival de Turismo de Salalah. La segunda ciudad más importante del sultanato, tras la capital Mascate, vio cómo sus calles se llenaban para abrazar el fenómeno meteorológico, doblando su número de habitantes.

Desierto y valles se funden en la región meridional, salpicando de verde un armónico paisaje color arena. Las palmeras y el improvisado mercado de fruta que se extiende a lo largo de las vías, diseñadas por el sultán para hacer la región más accesible, reciben al visitante. Se venden cocos, plátanos y papayas. Un oasis verde de tranquilidad frente a las revueltas y violencia a la que sucumben sus vecinos.

La música, los bailes y la herencia cultural se mezclan en este certamen, que se oficia en Al Mahrajan, un área habilitada únicamente durante estos meses, vacía y desolada el resto del año, como reconoce el responsable de Relaciones Públicas del Ministerio de Información omaní en la región, Najeeb Rajeb.

Las luces de colores dan la bienvenida a un festival sensorial, allanando el camino al resto de sentidos. El folclore está servido. Casi dos docenas de marineros, sentados en una especie de cabaña, «cantan mientras tejen las redes con las que capturarán sardinas», aclara Rajeb. La pesca representa una de las tradiciones más rentables del sultanato. Pero no la única. De hecho, el certamen por excelencia de Salalah ha logrado superar a los visitantes del pasado año, según el Centro Nacional de Estadísticas. La mayoría, sin embargo, viajan desde la región, buscando un respiro ante el atosigante calor que asola el sur de Asia. Entretanto, sucumben ante las costumbres omaníes, reunidas durante mes y medio en la citada Al Mahrajan.

Procedentes sobre todo de Qatar, Dubai, Kuwait y otros países vecinos, los turistas se apelotonan asombrados ante el lustroso verde de la región, sus montañas, y sus bailes típicos, «el Table, solo de mujeres; el Bratta, de hombres, y el Raboba, en el que ambos comparten escenario», explica Rajeb.

Los simbólicos rojo, verde y blanco que colorean la bandera del país alumbran las calles del festival. Los artistas, ataviados con «dishdasha», las túnicas que usan habitualmente los omaníes, se adueñan del escenario, conquistando a un público que, aunque reticente a participar en el evento al principio, termina cediendo al embrujo de los turbantes («muzzar») y «khanjar», dagas curvas ceremoniales que simbolizan la elegancia masculina.

Las danzas de los bailarines representan las diversas tradiciones locales que el sultán ha pretendido resucitar durante su mandato. En unas, las mujeres se mantienen, meciéndose, en un alegórico segundo plano; en otras, se atreven a compartir el protagonismo de los hombres. Los niños tienen su propio espectáculo, haciendo alarde de la herencia que tan férreamente ha decidido recuperar Qaboos, y que ha hecho merecer al sultanato la mención de «país más desarrollado del mundo árabe» en 2010, según 'Foreign Policy'.

En el anfiteatro del recinto, la exuberancia de la puesta en escena no consigue eclipsar los típicos atuendos, un abanico de colores que intercala el verde, el azul y el rojo, pero también algunos más sobrios como el gris o el marrón. Los bailarines se inclinan a modo de saludo, chocando con suavidad sus «assa» o bastones. Mientras, en uno de sus flancos, otro grupo observa la danza esperando su turno con espadas en alto. Las mujeres se dedican a elaborar los tradicionales ornamentos artesanales con atuendos de vivos colores. Algo de luz para sus habituales y sencillos hiyabs. En otro de los escenarios de Al Mahrajan, los artistas intercambian movimientos siguiendo el ritmo de la melódica música oriental. Inauguran su espectáculo, para dejar paso a las mujeres.

Hace una semana que el Festival de Salalah se despidió por la puerta grande, con lleno y bruma. Y por supuesto lluvia.

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