Andris Nelsons
Andris Nelsons - Marco Borggreve

La esperanza verificable de Andris Nelsons

El director letón cerró oficialmente la temporada de Ibermúsica

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Se habla de Andris Nelsons (Riga, 1978) y todavía se hace referencia a su humanidad y aparente juventud como contrapunto a una extraordinaria sabiduría musical. Entre los muchos conciertos que lo certifican, es fácil recordar el ofrecido el pasado año en el Festival de Salzburgo con la Filarmónica de Viena en un clima de entusiasmo propio de épocas menos resignadas. Con él estaba el pianista Daniil Trifonov y ambos reventaron el diabólico segundo concierto de Prokofiev. Una asociación importante y difícil de igualar. Lo ha demostrado ahora Yefim Bronfman, pianista marmóreo y convencional para el quinto de Beethoven, primera de las obras incluidas en los dos conciertos que Nelsons y la Gewandhaus de Leipzig acaban de ofrecer en Madrid como cierre oficial de la temporada de Ibermúsica.

Las actuaciones también se vinculaban a la presentación de Nelsons como nuevo Gewandhauskapellmeister de la orquesta alemana en el año de su 275º aniversario, si bien la relación lleva tiempo consolidándose alrededor de una singular integral discográfica dedicada a las sinfonías de Bruckner. Escucharla significa compartir una especial sensibilidad tímbrica particularmente apuntada en el metal, elástica continuidad, poderosa contundencia rítmica, un fraseo de larga perspectiva, algunos «tempi» intensamente moderados y un diáfano sentido analítico obvio en la matizada superposición de los planos sonoros.

Hay un innegable sentido del orden que imprime lógica a la sinfonía 40 de Mozart así como una esclarecedora visión del discurso capaz de regular los resonantes clímax de «Chiasma» de Thomas Larcher. Pero sobre todo un interesante punto de sofisticación ante el argumentario de la cuarta de Brahms y la sexta de Chaikovski. Sobre todo de la primera pues la «Patética» perdió contundencia en el segundo movimiento, desplazado el largo pedal del timbal a un papel secundario e inestable que luego se ganó con creces en el tercero, ejemplo de orgullo profesional de la muy sólida Gewandhaus de Leipzig tras un arranque de obra poco limpio. Lo de Brahms fue otro mundo: por la claridad frente a la densa espesura de la escritura, por el sentido trágico de la propuesta, por la clarividente singularidad de la interpretación. Una admirable mezcla de sorpresa e ilusión ante una realidad musical incuestionable.