Emilio María de Torres (en el centro, señalado con una x), secretario particular del Rey, en su despacho en mayo de 1917
Emilio María de Torres (en el centro, señalado con una x), secretario particular del Rey, en su despacho en mayo de 1917 - ABC

Alfonso XIII, el Rey que convirtió el Palacio Real en una oficina de la esperanza en la I Guerra Mundial

El Monarca ayudó con la Oficina de la Guerra Europea a más de 220.000 personas en todo el continente

MadridActualizado:

Hace cien años, mientras el mundo se desangraba en los horrores de la Gran Guerra, más de 220.000 europeos se dirigieron al Rey de España, cuyo Palacio Real se vio convertido en una especie de oficina de la esperanza. Eran padres, madres, esposas, hijos, hermanos, novias y amigos de militares y de civiles caídos, heridos o desaparecidos en el frente, que buscaban noticias de sus seres queridos.

Alfonso XIII
Alfonso XIII- ABC

En aquella Europa enfrentada, sin comunicaciones entre los dos bandos, recurrieron a Alfonso XIII como Monarca de un país neutral para que les ayudara a encontrar a los desaparecidos o a comunicarse con los prisioneros. El Rey puso su Secretaría Particular, sus contactos internacionales y la red de embajadas de España -especialmente las de Viena y Berlín- al servicio de esta enorme obra humanitaria que permitió repatriar a miles de hombres, llevar consuelo a muchos más y conmutar unas pocas penas de muerte; aunque en la mayoría de los casos, las gestiones terminaron con un desgarrador «no hallado» o, peor aún, con un «hallado muerto», relata el director del Archivo General de Palacio, Juan José Alonso.

Toda esta gigantesca labor se hizo con muy escasos medios: los fondos aportados personalmente por el Rey, un pequeño equipo de empleados que trabajan de sol a sol, algunos funcionarios que hablaban idiomas y que, al terminar su trabajo, acudían a Palacio para traducir las cartas, y un servicio de Correos que cada noche recogía las sacas con la correspondencia para distribuirlas por toda Europa.

La carta de la lavandera

«Las cartas empezaron a llegar a Palacio a los pocos días de que España se declarara neutral tras el estallido de la guerra en agosto de 1914», añade Alonso. Pero fue un año después cuando las solicitudes alcanzaron tal magnitud que el Rey tuvo que ampliar su Oficina de la Guerra Europea, situada en la cuarta planta del Palacio Real, y el número de empleados.

El «detonante» del aluvión fue un artículo publicado el 18 de junio de 1915 en el periódico francés «La Petite Gironde», bajo el título «Gracias al Rey, encuentra a su marido». En él se contaba la historia de una humilde lavandera que había pedido ayuda a Alfonso XIII para localizar a su esposo, un soldado que había caído herido el 28 de agosto de 1914 en la batalla de Charleroi. Las gestiones del Rey tuvieron éxito y el marido de la lavandera fue localizado en Alemania, donde estaba prisionero. Muchos periódicos difundieron la noticia y decenas de miles de europeos empezaron a enviar sus cartas al Palacio Real de Madrid, que ofrecía un rayo de esperanza.

Los escritos -algunos con fotos, recortes de prensa, documentos, libros...- llegaban a la Secretaría Particular del Rey, cuyo responsable, Emilio María de Torres, abría un expediente con los datos personales del solicitante y del buscado, y ponía en marcha el mecanismo para atender las peticiones.

Casi todos esos expedientes se conservan en el Archivo General de Palacio, donde en estos momentos «se están catalogando», según relata su director. Se calcula que entre un 5 y un 10 por ciento de los legajos han desaparecido, entre ellos la carta de la lavandera francesa.

Una exposición y una web

El objetivo ahora es preparar una exposición para finales de 2018 sobre la Oficina de la Guerra Europea y crear un portal web que permita acceder a cualquier persona a estos expedientes, que esconden emocionantes historias humanas. Cuando se acabe la catalogación se podrá decir con seguridad qué porcentaje de casos se resolvieron con éxito, aunque se calcula que fueron muy pocos, porque la guerra de 1914 fue uno de los conflictos más mortíferos de la historia.

En los expedientes figuran nombres conocidos, como el del actor y cantante francés Maurice Chevalier, que fue liberado de un campo de internamiento alemán gracias a la intervención de Alfonso XIII; o el del bailarín ruso Vaslav Nijinsky, que fue liberado en Hungría por las gestiones del Rey. También aparece una queja sobre su situación personal del general De Gaulle, que estaba prisionero en un campo de internamiento que había sido visitado por inspectores españoles enviados por el Monarca, explica Alonso.

Pero hay otras muchas historias, como la de la niña francesa de ocho años Sylviane Sartor, que escribió al Rey: «Majestad, mamá llora siempre porque su hermano está prisionero... Yo os agredecería lo hicieseis enviar a Suiza porque ya está prisionero desde hace dos años y mamá va a enfermar de tanta pena». Y la respuesta de Alfonso XIII: «Querida señorita, yo procuraré, lo mejor que sepa, hacer que mamá no llore; pero tened la bondad de darme noticias precisas sobre su tío para que yo pueda enterarme de su estado...»

Labor humanitaria

La labor humanitaria de Alfonso XIII se fue ampliando poco a poco. Al auxilio informativo se sumaron las inspecciones de los campos de internamiento, el canje de prisioneros, la gestión de indultos, la atención a enfermos y heridos, el envío de alimentos y medicinas, y las gestiones al más alto nivel para que dejaran de bombardearse los buques-hospitales.

Esta misión fue ampliamente divulgada en Europa, pero apenas difundida en España. En el Archivo de ABC, sólo se han encontrado seis fotos de la Oficina y discretas alusiones en las páginas del diario. El propio Rey no quería hablar de esta labor, que atribuía a «la generosidad cristiana de España». Ya en el exilio, cuando su biógrafo y corresponsal de ABC, Julián Cortés-Cavanillas, le preguntó sobre la misión humanitaria, el Rey eludió la respuesta: «Éste es un punto del que yo no debo hablar y las naciones que fueron beligerantes conocen sobradamente», afirmó. Muestra de que en Europa la conocían fueron las enormes manifestaciones de gratitud con las que el Rey fue recibido en París y Londres cuando partió al destierro. Pero en España, el tiempo y la Guerra Civil enterraron esta inmensa obra humanitaria en el olvido.