«El jilguero», de Fabritius
«El jilguero», de Fabritius - Wikipedia

«El jilguero» holandés que guarda el secreto de una explosión

En el siglo XVII la pólvora desempeñó, sin pretenderlo, un papel crucial en la historia del arte

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Entre los inventos que han jugado un papel crucial en el desarrollo de nuestra civilización se encuentra la pólvora, ya que revolucionó de forma radical el concepto de la guerra, obligando a adoptar nuevas estrategias defensivas durante los combates.

Gracias a la pólvora la artillería del general Han Shizhong, de la dinastía Song, consiguió disparar las temidas “lanzas de fuego” en el transcurso de una batalla librada el año 1132.

Sin embargo, la primera referencia gráfica probada sobre un arma de fuego es mucho más tardía, aparece en un códice inglés, concretamente en el Manuscrito de Walter Milimette, el capellán de Eduardo III de Inglaterra, que se encuentra en la biblioteca de Cristo, en Oxford, y que data del año 1326.

Los nigromantes chinos consiguieron el preciado tesoro químico al mezclar y moler con ímpetu azufre, carbón vegetal y salitre (nitrato potásico), al compuesto lo bautizaron inicialmente como “serpentina”.

La introducción de la pólvora en Europa se retrasaría hasta el siglo XIII y lo haría procedente de Oriente Próximo. La primera noticia en relación a su fabricación aparece recogida en un documento de Roger Bacon (1214-1294), en el que se revela, al fin, su fórmula: 7 partes de salitre, 5 de carbón y 5 de azufre. Esta proporción se mantuvo prácticamente inalterada durante siglos.

En el siglo XVII la pólvora desempeñó, sin pretenderlo, un papel crucial en la historia del arte. Por aquel momento la ciudad del Delft tenía una importante escuela pictórica y una situación estratégica privilegiada, al estar ubicada entre La Haya y Roterdam y a poco más de 60 Km de Amsterdam. Por este último motivo, en 1601 se construyó, de forma provisional, un almacén para albergar ingentes cantidades de explosivos.

Debido a la inestabilidad provocada por la Guerra de los Treinta Años (1618-1638) el almacén se quedó pequeño siendo preciso habilitar en 1637 el convento de Santa Clara 1637 como arsenal.

La explosión de Delft

Por causas no del todo esclarecidas, el 12 de octubre de 1654 se produjo una terrible explosión de 30 toneladas de pólvora que había en el convento de Santa Clara. Parece ser que la deflagración fue de tal magnitud que la explosión se escuchó a más de cien kilómetros.

Entre los cientos de víctimas que sucumbieron a la desgracia había un artista, Carel Fabritius (1622-1654). A pesar de que es un desconocido para la mayor parte del público profano, este joven fue uno de los discípulos más brillantes de Rembrandt y fue el maestro de Johannes Vermeer, el mago de la luz.

De no haber sido por la pólvora este artista estaba llamado a escribir algunas de las páginas más importantes de la Historia del Arte. Con la explosión desaparecieron la mayor parte de las obras de este joven pintor, pero no todas.

En el museo Mauritshuis de La Haya se conserva “El jilguero” de Fabritius, que junto con “La joven de la perla”, de Vermeer, y “La lección de anatomía”, de Rembrandt, constituyen las tres joyas pictóricas del museo.

Fabritius cobró cierta notoriedad internacional en el año 2013, cuando la escritora norteamericana Donna Tartt publicó “El jilguero”. Una voluminosa novela que cuenta la historia de Theo Decker, un niño de trece años que tras perder a su madre en una explosión terrorista se convierte en el guardián secreto de “El jilguero”, el cuadro de Fabritius.

Quién le iba a decir al artista holandés que sería una explosión, en este caso literaria, la que le haría renacer y llegar a miles de lectores de todo el mundo cuatrocientos años después de su muerte.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.