Fotografía distribuida por SpaceX que muestra el lanzamiento, reentrada y caída del acelerador de la cápsula Falcon 9 en Cabo Cañaveral
Fotografía distribuida por SpaceX que muestra el lanzamiento, reentrada y caída del acelerador de la cápsula Falcon 9 en Cabo Cañaveral

Cohetes reutilizables, la última conquista espacial

La compañía «Space X»de Elon Musk logra que uno de sus cohetes aterrice indemne y pueda reciclarse, una maniobra clave para reducir costes y probar nuevas aventuras. Desde turismo espacial asequible a la conquista del hombre en Marte

CORRESPONSAL EN NUEVA YORKActualizado:

Parecía un vídeo de un despegue espacial marcha atrás: en la oscuridad, un cohete descendía, vertical, con la llamarada del combustible en su cola. Tocaba tierra todavía bien erguido, con la fuerza de la propulsión escupiendo fuego y polvo a su alrededor para, en un instante, apagar los motores y devolver la negrura a la noche.

Ocurrió la madrugada de ayer, hora española, en una plataforma de aterrizaje en Florida de SpaceX, la compañía aeroespacial privada liderada por el emprendedor multimillonario Elon Musk. Era la primera vez que uno de sus cohetes aterrizaba con éxito de vuelta a la Tierra, después de haber despegado desde una base cercana y puesto en órbita la carga que llevaba, once satélites de comunicaciones para la empresa Orbcomm. La operación apenas duró diez minutos, pero es un hito que culmina años de trabajo de la compañía estadounidense (los empleados corearon el aterrizaje al grito de “¡U.S.A.!, ¡U.S.A.!”).

Normalmente, los cohetes de la primera fase -que llevan la mayor parte del combustible en un lanzamiento- son explosionados o se estrellan contra el océano después de propulsar su carga. Conseguir devolverlos sanos y salvos a la Tierra es la base de la revolución espacial que Musk y otros emprendedores persiguen. «La mayoría de los costes de un lanzamiento derivan de la construcción del cohete, que solo vuela una vez», explica SpaceX en su página web. «Si se compara con una aeronave comercial, cada nuevo avión cuesta más o menos lo mismo que un Falcon 9, pero puede volar varias veces por día, y realizar decenas de miles de vuelos durante su vida útil. Siguiendo ese modelo comercial, un vehículo de lanzamiento rápidamente reutilizable reduciría en cientos de veces el coste de viajar al espacio».

Otros fracasos previos

El problema es que la maniobra de recuperar un cohete no es fácil, como Space X ha sufrido en sus propias carnes. En dos ocasiones anteriores, la compañía no lo consiguió. En enero, el cohete perdió líquido hidráulico y explotó al estrellarse en su destino. En otro intento abril, el cohete tampoco sobrevivió. En ambos casos, SpaceX trató de ejecutar el aterrizaje en una plataforma marítima de 90 metros de largo y 50 de ancho con control remoto, y que bautizaron con el nombre de «Lea las instrucciones».

Todavía fue peor el pasado verano, cuando el cohete explotó en la operación de despegue y con él se desintegraron miles de kilos de suministros y experimentos científicos que SpaceX tenía que transportar a la Estación Espacial Internacional (EEI). En la operación de ayer, se pasaron a una base terrestre, que parecía un helicóptero gigante y en el que el Falcon 9 hizo diana a la perfección.

«No podíamos pedir que la misión saliera mejor», reconoció Musk tras el aterrizaje, al que calificó de «momento revolucionario». Pero hubo quien quiso quitarle importancia al hito. La nueva conquista espacial ha dejado de ser el coto exclusivo de la NASA y del resto de agencias aerospaciales de las potencias del mundo, para convertirse en un sector en el que se pelean las empresas privadas, igual que Nike y Adidas para vender zapatillas. «Enhorabuena a SpaceX por aterrizar un propulsor suborbital, ¡bienvenidos al club!», escribió en Twitter con sorna Jeff Bezos, el fundador de Amazon y otro de los emprendedores que tratan de liderar la carrera espacial. La disputa en las redes sociales viene de unas semanas atrás.

También la empresa de Amazon

En noviembre, «Blue Origin», la compañía aeroespacial de Bezos, consiguió hacer despegar un cohete, llevarlo a la zona suborbital y aterrizar en vertical de vuelta en la Tierra. Era un importante avance para la compañía, que ha firmado un acuerdo con la NASA para crear motores para sus cohetes. Bezos lo celebró con el primer tuit de su vida: «La más rara de las bestias: un cohete usado. El aterrizaje controlado no fue fácil, se hizo bien, aunque pueda parecer fácil».

Musk le respondió desde la red social: «No tan “rara”. El cohete Grasshopper de SpaceX hizo 6 viajes suborbitales en 3 años y siguen entre nosotros». Y volvió a atizar en otro mensaje: «Es importante aclarar la diferencia entre ‘espacio’ y ‘órbita’”, y lo acompañaba con un enlace explicativo.

La ambición y el alcance de estas dos operaciones de Blue Origin y SpaceX son muy diferentes: mientras que el de Bezos era un pequeño cohete que consiguió pasar la frontera de lo que se considera espacio -una distancia de cien kilómetros a la Tierra-, el de Musk era mucho mayor, contenía carga, tuvo que alcanzar gran velocidad para colocar los satélites en órbita y realizar una compleja maniobra para volver a su lugar de origen.

Frenética actividad privada

En cualquier caso, ambos éxitos muestran la frenética actividad privada en el ámbito aeroespacial. SpaceX ya ha sido contratada por la NASA para suministrar la EEI y ganó otro contrato, junto con Boeing, para enviar astronautas a la estación, algo previsto para 2017. Tras el retiro del costoso programa de transbordadores espaciales, la NASA ha dependido de los cohetes Soyuz rusos, a un precio de 70 millones de dólares por vuelo. Pero hay más emprendedores implicados en el espacio: Richard Branson planea presentar una nueva nave para turistas de Virgin Galactic -este año, un vuelo de prueba de SpaceShipTwo se estrelló- y otras empresas, como XCor, también buscan ofrecer vuelos suborbitales.

Pero Musk va más allá: ve el éxito de su cohete reusable como el primer paso para llegar a tecnologías que conviertan al hombre en «una especie multiplanetaria», como ha dicho en alguna ocasión, ya que poder usar los propulsores una y otra vez es lo que hará los viajes espaciales más accesibles. «Tenemos que ser buenos en aterrizajes con propulsión si queremos llegar a algún sitio fuera de la Tierra», aseguró el año pasado. «En Marte no hay pistas de aterrizaje».