«La violencia desatada podría inscribirse en el peor de los telefilmes violentos que nos tenemos que tragar por televisión, aunque en este caso ocurrió en realidad». El fiscal, horrorizado con todo lo que había visto y oído en la sala, no pudo aguantar más y en su informe final olvidó la perspectiva fría y alejada del jurista que analiza hechos sin sentimientos que contaminen su análisis: «Da verdadera rabia estar celebrando un juicio porque sabemos que según nuestro sistema penitenciario, le caiga la condena que le caiga, aunque sea de 40 años, le impondrán 30 y a partir de ahí tendrán reducciones por beneficios». Esas palabras fueron pronunciadas el 20 de enero de 1994 cuando fue juzgado Manuel Flores Valverde, integrante del clan de los Flores, por intentar asesinar a un policía local de Zaragoza. Sentenciado a 39 años, las afirmaciones del representante del Ministerio Público fueron premonitorias porque catorce años después la historia se repetía en la provincia de Cádiz. Antes y ahora nace la misma pregunta, ¿de dónde viene esa conducta criminal que se prolonga durante décadas? Rebuscar en los orígenes de este clan, condenado recientemente a más de 800 años por la Audiencia Provincial de Cádiz, arroja posibles respuestas y una primera conclusión demoledora: el sistema penitenciario fracasa en su objetivo de reinsertarlos.
Un patriarca y su camada
Las raíces
Cristóbal Flores tiene más de 80 años y la última residencia que se le conoce es una casa de campo entre El Portal y Jerez donde muy cerca de ella la Policía Nacional localizó en 2008 varias escopetas de las que pudieron utilizar sus hijos. Un anciano ahora, cuya vida podría dar para un libro. Ya hay quien está interesado en escribirlo, aunque eso suponga entrar en contacto con una familia que se rige por un fuerte sentimiento de pertenencia al clan, unas reglas nada convencionales, unas relaciones muy endogámicas y un desprecio absoluto a la vida del vecino. Este onubense se ha pasado media vida como un nómada recorriendo el país. Consigo iba una prole, que crecía conforme tenía una nueva esposa. Cristóbal no solo era el patriarca, llegó a ser el cabecilla de la banda y como tal cayó en diciembre de 1991, un día después de enterrar al mayor de sus vástagos, José Flores. Tuvo nueve más, con diferentes mujeres, a los que fue preparando desde la cuna para una vida marcada a fuego y sangre.
Las hemerotecas los nombran por primera vez en diciembre de 1991 cuando varios de los integrantes de la familia son apresados entre Zaragoza y Navarra. Hasta entonces, la prensa los había bautizado como la banda de la carretera porque entre julio de 1990 hasta su detención ocurrió una sucesión de macabros asaltos en las carreteras de Cataluña y Aragón. La Guardia Civil fue componiendo un retrato robot de los delincuentes, que siempre aplicaban el mismo modus operandi, pero sin saber sus nombres. Cuando José Flores cayó abatido en el barrio zaragozano de Montañana, se difundió la identidad de un vecino de Alcalá de Guadaira (Sevilla), que asustado avisó a la Policía de que seguía vivo y no tenía nada que ver con el clan criminal. Los investigadores descubrieron que los Flores disponían de carnés verdaderos pero con distintos nombres.
Como una tribu nómada, viajaban de ciudad en ciudad. Los bebés nacían fuera de los hospitales y su padre los inscribía en distintos municipios con identidades diferentes. Estaba legándoles una cortina de humo para cuando les hiciera falta en el momento de empezar a huir. Cristóbal Flores sabía lo que hacía, antes de su apresamiento en los 90 se había fugado durante un permiso penitenciario de la cárcel de Sevilla donde cumplía condena bajo otra identidad.
Los discretos temporeros
A tiros entre campañas
Al rastrear en el pasado del clan se observan lagunas que los periodistas no han podido recomponer. La ley del silencio y la lealtad absoluta se impone en este clan y nunca han realizado entrevistas, aunque son protagonistas de la crónica negra de este país desde hace más de 20 años. De sus declaraciones en los juicios solo se puede extraer que están curtidos en la filosofía 'taleguera': negar lo innegable. De ahí que sus testimonios guarden tan poco valor para componer un relato verídico.
Sí se sabe que a principios de los 90 llegaron hasta dos pequeñas localidades de Navarra (Buñuel y Cascante), donde el clan se asentó como una familia más de temporeros. El Ayuntamiento de Buñuel les llegó a ceder una vivienda. No había problemas con ellos. Discretos, taciturnos y muy trabajadores fueron algunos de los epítetos que utilizó el vecindario, consternado cuando supo de la doble vida de estos delincuentes. Cuando no había campañas en el campo donde arrimar el hombro, dedicaban su tiempo libre a cometer asaltos muy violentos, que les permitía disponer de liquidez suficiente. Cristóbal Flores o José Reyes Nieto como se hacía llamar en el pueblo, pudo entonces costearse abogados de pago y sus hijos, años después en Cádiz, tuvieron también esa posibilidad. La familia, muy numerosa, siempre sale al rescate.
Una peculiar ética
Víctimas extranjeras
Las fechorías de los Flores durante el principio de los 90 llevó a la Dirección General de la Guardia Civil a blindar carreteras como la N-II y a crear un grupo específico para combatirlos. Tres camioneros murieron asesinados y varios turistas extranjeros estuvieron a punto. La experiencia que vivió una pareja alemana terminó por desatar el pánico en esa zona del país. Hubo hasta llamamientos a la tranquilidad por parte de los hosteleros, que temían ver mermados sus ingresos si los visitantes del otro lado de los Pirineos desistían de cruzar la frontera por carretera.
Jan Bahmamns y Brigitte Schott habían estacionado su caravana en un área de servicio a 40 kilómetros de Zaragoza. De madrugada, tres individuos armados con escopetas aprovecharon que estaban durmiendo y se metieron en el vehículo para robarles. Jan les plantó cara y le dispararon a él y a su mujer a bocajarro. Tuvieron más suerte que otras víctimas y salvaron la vida. Fuentes de la investigación de entonces cuentan cómo éste fue uno de los robos que la banda reconoció. Cuando le preguntaron por qué elegían siempre a personas extranjeras, aseguraron que no iban a robar a españoles.
Oscuras perversiones
El vídeo 'violada'
En el historial de la banda, además de asesinatos, atracos y robos hay violaciones que las pruebas de ADN los sentó en el banquillo una vez. El caso de Fraga (Huesca) conmocionó a la opinión pública por la brutalidad demostrada por los agresores. En una de sus cacerías nocturnas en noviembre de 1991, secuestraron a una chica en la localidad leridana de Alcarrás. La víctima regresaba a su casa tras salir del trabajo. No fue la única que subieron al coche a la fuerza. Unos cuantos kilómetros antes de llegar a las proximidades de la localidad oscense, los Flores abordaron a una pareja que se dirigía a una discoteca. A él lo metieron en el maletero y a ella junto a la otra chica. Llegaron a un descampado y por turnos, la banda violó a las mujeres ante la presencia del chico, al que obligaron a presenciar la terrible escena. No se quedaron ahí. Al terminar y siempre a punta de pistola, volvieron a introducir a las víctimas en el coche y se aproximaron a un caserón donde acababan de robar. Allí consumarían nuevas agresiones sexuales.
Este episodio no era conocido por los agentes de la Policía Nacional que los estuvo siguiendo años después por la provincia de Cádiz. Uno de los responsables policiales ata cabos al enterarse de ello, y ahora entiende por qué en una de las dos viviendas del clan que registraron en Jerez hallaron varios DVDs de películas de contenido pornográfico. «No era material comercial, era más bien tipo 'snuff movies'». Películas donde se graba la tortura y violación real de la víctima. Uno de los discos hallados se titulaba 'Violada'.
Adiestrados
Morir matando
La primera desarticulación de la banda fue casi por casualidad. José Flores y sus hermanos Cristóbal y Manuel estaban robando coches en la barriada zaragozana de Montañana el 3 de diciembre de 1991. Los vecinos alertaron a la Policía Local. Una patrulla acudió al aviso y no hubo tiempo ni de actuar. Fueron recibidos a disparos. Un agente fue herido gravemente por Manuel que le lanzó dos disparos a corta distancia. José caería muerto en el cruce de balas. Sus otros dos hermanos lograron escapar. Sin embargo, el clan siempre cumple con determinadas obligaciones y al día siguiente el padre y Manuel acudieron al entierro. Pudieron volver a burlar el cerco policial pero 24 horas después fueron arrestados en Calahorra (La Rioja). Cristóbal fue localizado el 28 de diciembre en Huelva, donde se había ocultado en casa de unos familiares. Había teñido su pelo de rubio y pensaba que entre los suyos no lo encontrarían, pero no fue así. Tampoco se imaginaría, aunque están adiestrados para ello, que tendría el mismo fin que su hermano José 17 años después, al morir abatido por la Guardia Civil en la A-381.
Ni lloros ni duelo
«Cristóbal ha muerto»
Manuel Flores salió de los calabozos de la Comandancia de Cádiz horas después de su arresto para presenciar el registro de su piso, el que compartía con su hermano mayor en Jerez. Nada más llegar a la vivienda solo espetó a dos mujeres del clan un escueto: «Cristóbal ha muerto». Ni una explicación de más ni lloros ni duelo. Es el resultado de quien convive con la muerte, la violencia, el delito.
Nuevos miembros
Una cantera inagotable
En marzo de 2008, la banda se reactivó aprovechando que Cristóbal había alcanzado el tercer grado y salía los fines de semana de la prisión de Huelva. A ella se habían unido de forma activa dos hermanos pequeños, Fernando y Francisco, que ya habían hecho sus pinitos en el año 2000, cuando mataron al integrante de un clan rival en Sevilla. Se cree que hasta allí llegaron huyendo del norte y que de la capital hispalense salió la familia hacia Jerez por el mismo motivo. Francisco, que ahora cuenta con 35 años, ya fue apresado cuando solo tenía 15 a principios de los 90. La Guardia Civil sospechaba que por aquel entonces su padre ya lo había introducido en el grupo. Finalmente quedó libre por falta de pruebas. 10 años después llegaría la evidencia definitiva cuando mató a un hombre junto a su hermano Fernando, dos años menor.
Analfabetos pero listos
La Justicia favorable
Los Flores han sido formados lejos de las letras y la educación reglada. No saben leer ni escribir, pero en el áspero y complejo mundo legal no les ha ido nada mal. Si se miran sus antecedentes cuesta entender por qué no habían pasado ni 20 años para que volvieran a las andadas. Algunos de los palos que confesaron, el Supremo los absolvió. Cuando fueron apresados en 1991 reconocieron hasta 12 delitos, pero la primera declaración ante la Guardia Civil la hicieron sin asistencia letrada. El Tribunal invalidó esa prueba y solo fueron condenados en aquellos casos donde hubo otras evidencias como el ADN.