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Vídeo: Así fue el registro en casa del supuesto cabecilla de la banda acusada de torturas y secuestro en Sanlúcar

Los GOES entran en la vivienda y en la inspección se encuentra un arma de fuego cargada

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Queda al menos una hora para que amanezca y una importante dotación de agentes enfila en el silencio más absoluto la calle Elio, una vía sin asfaltar a las afueras de Sanlúcar, llena de socavones pero donde se plantan buenas casas. Allí al parecer vive Nasser F.P. uno de los acusados por haber torturado, secuestrado y lesionado gravemente a un hombre que no quiso o no pudo darle información sobre un cargamento de droga que habían 'perdido'.

El operativo avanza y se abre paso hasta llegar al número señalado por los investigadores. A unos metros de los GOES que van a participar en este registro, solo se percibe el perfil de sus cascos y escudos. Poco más. Una pequeña linterna les alumbra la puerta exterior y comienzan a abrirla. Es complicado. Tienen que ir con mucho cuidado. Hay aviso de que en ese domicilio puede haber armas. Además, no se lo ponen nada fácil. La puerta tiene fuertes medidas de seguridad, algo habitual en viviendas donde se tiene mucho temor al 'extraño', venga de uniforme o no.

Abren la puerta y saltan la valla. Ya están dentro. Queda una segunda puerta. La del interior. El ariete comienza a funcionar. «¡Policía, policía!», advierten, mientras golpean con rotundidad. Pronto rebasan ese otro obstáculo a pesar de que han tenido que doblegar esfuerzos por un impresionante armazón de hierro que está puesto a modo de barrera al otro lado.

De repente se escucha: «¡Está aquí! Controlado!», el sospechoso ha salido por la puerta lateral de la cocina y en segundos es reducido y engrilletado sin que oponga resistencia. «¿Qué es esto?, ¿a qué habéis venido, por qué entráis así?», repite una y otra vez. «Ahora te lo explican», le contesta uno de los agentes que lo tiene sujetado.

Y pronto le llega esa explicación. Está acusado de formar parte de una organización criminal que torturó y secuestró a un hombre y tambien disparó en el brazo a su pareja para sacarles información acerca de una mercancía de droga que al parecer les habían robado. Nasser, al que se señala como el supuesto cabecilla de la banda, escucha atento, más bien adormilado, y niega durante minutos con la cabeza.

Comienza el registro y se peina al milímetro y con la ayuda de los perros de la unidad canina cada uno de los rincones de la casa. Por dentro y por fuera. En el exterior, hay una piscina. El denunciante aseguró que aquella madrugada lo tiraron al agua entre ocho o nueve hombres y que después lo maniataron y le amenazaron con cortarle un dedo sino 'cantaba'. Luego vino lo del pozo.

Se va haciendo la luz en este chalet con jardín, garaje, perrera, trastero... y los agentes que participan en el operativo buscan pruebas sin descanso ante la presencia de la secretaria judicial y el detenido. Y, ¡eureka!, aparece lo que se sospechaba que tenía que estar por algún lado: una pistola. Está envuelta en una bolsa de plástico verde y parece que la han medio escondido a toda prisa en un arriate. Es una 'magnum blow'. Está municionada. Lista para ser utilizada. Y a pocos centímetros de ella, enterrados también, paquetes con bastantes billetes de 100, 50, 20 y 10 euros y cuatro tabletas de hachís con una inscripción que deja claro que tiene dueño. «¿Quién me ha puesto eso ahí? ¡Me la han jugado! ¡Me la han jugado de verdad!», lamenta Nasser. Parece que momentos antes su salida por la puerta lateral, donde se sitúa el arriate, no fue casual. Pero eso ya se lo tendrá que explicar al juez.