Un niño intenta entrar en España escondido en los bajos de un camión.
Un niño intenta entrar en España escondido en los bajos de un camión.
REPORTAJE

Menores inmigrantes en Cádiz, la realidad que escuece

«¡Estamos desbordados!», es el grito de auxilio de uno de los educadores de un centro que acoge a chicos marroquíes donde crece la conflictividad y el temor de los que intentan ayudarles

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Es complicado referirse a según qué asuntos. Muy comprometido exponer uno u otro detalle que esté relacionado con temas que ya son suficientemente sensibles de por sí. Ver como un niño se juega la vida en una patera o agarrado desesperado a los bajos de un camión no es una escena agradable para absolutamente nadie. Esas imágenes, cuando transcienden, sacuden cientos de conciencias. Las mismas que tardan segundos en resetearse con la vida cotidiana. Pero la realidad no se va, se queda aquí. Es incómoda, no se cuenta demasiado, se trata de soslayo, sin que se note que están. Aunque se queden.

La masiva llegada de pateras a las costas de Cádiz trae consigo también un problema de adaptación: la de las cientos de menores que, de repente, en cuestión de unos catorce kilómetros, llegan a otro país, a otro continente, procedentes de un mundo completamente distinto.

Y esta situación no parece que vaya ser transitoria. Lleva años ocurriendo y cada vez es más alarmante. El desembarco es continuo y el intento desesperado de cruzar el Estrecho ya no se ciñe a los meses de buen tiempo sino que se extiende a todo el año. Solo esta semana han sido rescatados del agua por Salvamento Marítimo 60 menores. El lunes, 33. Este pasado viernes, 27. Y ayer sin ir más lejos, cinco más. Además de los que han podido llegar sin ser vistos.

En solo una semana se han rescatado en aguas gaditanas a más de sesenta menores

Una vez que estos niños están en tierra, su futuro más inmediato son los centros de acogida. «Estamos desbordados», cuenta a LA VOZ con bastante ansiedad uno de los educadores que se encarga de recibirlos y darles cobijo y formación. Dice que están agotados, que van a trabajar cada día nerviosos, y que los políticos no pueden vender que se realizan unos planes de inserción social si en verdad no les dan medios para que se puedan cumplir. «En verano la situación fue insostenible, tuvimos que poner colchones por el suelo porque ya no había camas libres… y todavía no se ha arreglado del todo porque seguimos por encima del cupo de plazas que existen».

Casi a diario llegan a su centro niños inmigrantes marroquíes, muchos rescatados de pateras. Aquí permanecen internos hasta que cumplen la mayoría de edad o tienen papeles y se pueden ir con alguien que se responsabilice de ellos. Si es que no se escapan antes y se echan a la vida de la calle.

Dos menores que lo intentaron este verano en una tabla de surf.
Dos menores que lo intentaron este verano en una tabla de surf.

Todos exceden el cupo

En Cádiz existen actualmente cinco centros de menores dependientes de la Junta de Andalucía, además de los de ong y asociaciones de ayuda a inmigrantes. Todos ellos exceden actualmente el número de plazas disponibles. Está ocurriendo en Villamartín, en el Tolosa Latour de Chipiona, el Manuel Falla de Jerez, El Cobre en Algeciras y el centro de La Línea de la Concepción. Estos dos últimos, los más saturados. La presión migratoria no cede sino que va a más y el aforo pronto se completa en cuanto llega una nueva oleada. De ahí que ya se estén desplazando niños a otras provincias de Andalucía y que se hayan adaptado albergues como si fueran centros de acogida pero que, evidentemente, no cumplen con los mismos servicios que los oficiales.

Este vaso que rebosa de un día para otro tiene sus consecuencias. Son duras pero reales. Y muy difícil de poder controlarlas si la atención deja de ser cada vez más personalizada debido al aumento incesante de internos. La adaptación de los chicos, de costumbres e idiomas tan distintos, no es nada fácil y la conflictividad aumenta. «Hay peleas constantes…», cuenta el educador. Y la sensación que les queda a los trabajadores que a diario lo intentan es que poco o nada pueden hacer por ellos. «Hay muchos niños que no tienen problemas en adaptarse y quieren ayuda y participar de lo que les ofrecemos, pero, otros, se niegan a todo». Son conflictivos. No hay más.

«Vienen de países donde las leyes son más restrictivas o no existen y aquí se sienten impunes»

Las fugas y los problemas

«Vienen de lugares donde las leyes son mucho más restrictivas o donde ni siquiera tienen normas, a un país que saben que se les va a sobreproteger por el hecho de ser menores. Muchos los saben y se aprovechan». Habla un agente acostumbrado a bregar con estos delicados asuntos. «En la llegada no suelen dar problemas. El marroquí adulto sabe que si se le detiene va de vuelta, los menores, no». Ellos empiezan su nueva vida en esta otra orilla. Y justo es a lo que gran parte de estos pequeños hombres están acostumbrados, a buscarse la vida. «En algunos centros que son más flexibles se escapan y luego se les pilla metiéndose en problemas».

Trapicheos, pequeños robos… asuntos como por ejemplo los conocidos recientemente en Cádiz capital sobre la detención de unos menores por abusos o por hurtos. Los que actúan así, los que delinquen, «se sienten inmunes, son los que no quieren integrarse… habría que replantearse el método porque éste no está funcionando».

En Cádiz capital se ha informado en varias ocasiones ya de niños que habían sido detenidos acusados de diversos delitos

En los centros, estos jóvenes más conflictivos se mantienen a menudo en silencio. «No traen documentación alguna, vienen con lo puesto». Pero la burocracia y la ley mandan. Un menor, lo es aquí en España y tiene todo el derecho a ser protegido. Sin papeles en la mano que acredite su edad real, una vez que pasan por la Fiscalía de Menores, se les tiene que hacer la prueba oseométrica para averiguar si tienen la edad que dicen o la que callan. Y de ahí al centro o a casa de vuelta. «Más-menos 18», se escribe en algunas ocasiones antes de ser alojados. Ese baremo, ese ‘totum revolutum’ de edade, es otra de estas realidades complicadas cuando la convivencia está desbordada y el educador tiene que tirar de empeño y vocación para no desesperarse.

«Hay muchos compañeros tomando ansiolíticos ya», cuenta uno de estos trabajadores. «Todos podemos entender las circunstancias por las que pasan o han pasado estos chicos pero aguántalas tú todos los días…», suspira.

«Vienen de países donde las leyes son más restrictivas o no existen y aquí se sienten impunes»

Y de nuevo la colaboración que hay en cuanto al problema de la inmigración de las autoridades marroquíes es escasa o nula. La falta de celeridad para que tramiten la documentación y estos menores puedan permanecer de manera legal en España es flagrante. «Esto nos complica todavía más que se motiven. Resulta casi imposible trabajar con ellos en una situación así, llena de incertidumbre y miedo».

Y si encima existe el rechazo por el idioma o por las costumbres la situación se enrarece hasta el extremo. Se han dado casos de agresiones (otra realidad que escuece) a trabajadoras de estos centros. Mujeres en su mayoría (es así). Educadoras que intentaban poner normas o disciplina o apoyo en un mundo de desorden viciado. En frente de ellas cada día, niños que por un duro y maldito devenir han malvivido como han podido o les han educado. Y, lo peor, cuando han denunciado la situación se les ha vuelto en contra porque otros centros de régimen cerrado están también colapsados y el supuesto agresor ha sido enviado de regreso al mismo sitio donde la lío. «¿Cómo no van a vivir con temor estas compañeras si tienen que vérselas otra vez con quien le amenaza, pega o insulta?».

La vida diaria, la real, la que se da entre estas paredes, supone así un verdadero esfuerzo por vigilar que nadie encienda la mecha. Que la situación no se vaya de las manos y el apoyo, la colaboración, la integración, la educación gane la partida. «Lo mejor es cuando has ayudado a alguno de estos chicos que sí ha querido integrarse y después de irse de aquí viene a verte un día a darte las gracias. Eso no tiene precio. De verdad que queremos ayudarles. Para eso estamos… pero nos tienen que dejar hacerlo».