Ernesto, con la placa de Policía Local que tuvo que guardar en un cajón. - F. JIMÉNEZ
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Ernesto Pérez Vera: «Me quisieron matar pero el daño más grande ha venido de compañeros»

El policía local retirado, que se tuvo que jubilar tras ser arrollado por un delincuente en La Línea, lamenta el «rechazo y repudio» que ha sufrido

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Diez años lleva Ernesto Pérez Vera mascullando lo que le ocurrió. Ha olvidado algunas cosas. Como la cara de ese delincuente que arrastró su cuerpo por el asfalto de La Línea 160 metros y le obligó a colgar el uniforme de Policía Local para siempre. O si, tras quedar atrapado entre el bastidor y la puerta del coche, terminó cayendo o se tiró después de que aplastara su cuerpo contra ocho coches a toda velocidad. Momentos que duraron apenas segundos pero que marcaron toda su vida.

Sin embargo, ha habido otras secuelas que son más difíciles de dejar atrás. De anudarlas para siempre y tirarlas a la basura. Hacerlo, terminar con eso, es complicado porque no responden a un delito que se zanje ante un juez, no fueron las que se dibujaron en sangre y moratones, sino que esas balas, ese arrastre, vino de los que supuestamente más le tenían que apoyar. «El daño más fuerte, el que perdura y me cuesta olvidar no me lo hizo el que me 'mató', sino que vino de algunos de mis compañeros, los que especularon con que me lo había inventado, los que dijeron que me lo tenía merecido por meterme en líos... también de jefes, políticos, nunca me lo reconocieron», lamenta. «Yo no salía a la calle para buscar medallas, nunca la he buscado, pero ni siquiera me hicieron una comida de despedida. La tuve que organizar yo». «Que me intenten matar, que me jubilen, no ha valido de nada... que no mirara a otro lado como hacen otros... He pasado tres traumas: sobrevivir a tiro limpio, superar la incomprensión e intentar olvidar el repudio».

Ernesto se vio obligado a dejar la Policía Local de La Línea a los 43 años. Jubilado. Fuera. Todo por una madrugada de verano en la que junto a otro compañero decidieron ir tras un conductor que a toda velocidad estaba levantando como un animal el polvo de las calles de San Bernardo. Lo persiguieron y lo encontraron más adelante estacionado. Al parecer, preparándose unas rayas de coca con otro. Ernesto que iba de copiloto bajó. Pidió la documentación al conductor y poco más pudo hacer. «Ya vi en su mirada que algo malo iba a pasar». Le abrió la puerta y el delincuente aceleró hacia atrás. Con el cuerpo del policía atrapado entre la ventanilla y el bastidor. Y luego hacia adelante. Así 160 metros de agonía. «Aplasté con mi cuerpo retrovisores y puertas de unos ocho coches que estaban aparcados».

Hasta que la fuerza de la supervivencia le llevó a sacar su arma con la mano que tenía suspendida en el aire. «Disparé dos veces. Primero, dentro del coche para asustarle, y al ver que me seguía matando, apunté a sus piernas». Finalmente el agente cayó al suelo y el delincuente huyó. Herido logró llegar hasta Gibraltar. Seguramente con la ayuda de alguien. «Rompí a llorar mucho después», cuando la adrenalina acumulada dejó de hacer efecto.

Un rugido que no calla

De aquella noche hay otra cosa que no ha dejado de retumbarle en su mente: «El rugido de ese coche. No recuerdo ni siquiera el sonido atronador de los disparos, ni la cara de ese malnacido, pero sí como rugía ese coche...», 280 caballos de pura potencia.

Después de quedar moribundo en el suelo y ser atendido por las emergencias sanitarias, el primero de la familia que se enteró que habían intentado matar a Ernesto fue su padre, policía retirado. Eran las siete de la mañana y escuchó por la radio que un agente estaba herido de gravedad. Sin dudarlo, intuyó que se trataba de su hijo mayor. Poco más tarde lo supo su mujer. «Ella lo pasó muy mal. Estuvo a punto de quedarse viuda». Perdió el hijo que esperaban y, a partir de ese día, se enfrentó a cientos de noche sin dormir.

Hace apenas unas semanas y tras más de diez años, agentes de la Policía Judicial de la Guardia Civil de Algeciras daban por fin con el 'asesino'. Anthony J. L., gibraltareño de 42 años, con numerosos antecedentes por delitos contra la salud pública, atentado y lesiones. Sobre él pesaba una orden de busca y captura internacional desde que logró atravesar con dos tiros en las piernas la frontera a Gibraltar. Pero no había ido muy lejos. Durante este tiempo se había movido entre el Peñón, San Roque, Los Barrios y Manilva con documentación falsa. «No le odio más que a otra persona mala. Él cumplía con su papel, el de malo. De esa gente no esperas otra cosa. Sin embargo, sí odio a todos aquellos que ampararon el homicidio en grado de tentativa que ese hombre cometió hacia mí». Por ellos, por «darles con la verdad en la cara», se alegra sobretodo de la captura de su agresor para que el asunto llegue finalmente a los juzgados y tengan que escuchar que no fue una película fabulada para hacerse el héroe, sino que, muy a su desgracia, pasó.

Otros compañeros sin embargo, sí le mostraron todo su calor y apoyo. Sus 'hermanos' de la calle. Entre ellos, entre estos pocos, el policía local Víctor Sánchez, el agente que murió el pasado mes de junio en La Línea cuando perseguía a un contrabandista de tabaco. Ese ha sido otro duro mazazo que ha tenido que superar. Recientemente Ernesto, se armaba de valor, y recogía en nombre de la familia de Víctor una mención especial que se le dio en la Subdelegación del Gobierno al policía fallecido por el Día de la Constitución. «Une mucho trabajar con alguien que moriría y mataría por ti. Víctor hubiera muerto o matado por mí... y yo por él. Seguro».

Ernesto, junto al fallecido Víctor Sánchez (a la izquierda).
Ernesto, junto al fallecido Víctor Sánchez (a la izquierda).