A Amin Fasser no lo llevaron a La Caleta, así que no tuvo la oportunidad de escuchar las ocurrentes observaciones de Juan, el speaker, antes conocido como «el niño del altavoz», que amenizaba la playa sin el oportuno beneplácito de las autoridades varias. No. Al director de Arte Asiático de Christie's International -uno de los hombres más influyentes en el mercado del arte- que visitó nuestra ciudad la semana pasada, ni siquiera lo asomaron a ver una puesta de sol desde el Castillo de Santa Catalina, y eso que dicen que incluso se ven rayos verdes y cosas de esas, y que es, sin ningún tipo de duda, uno de esos lugares que no tienen precio y que nunca estará en una de las subastas de las que tanto entiende Amin Fasser. Pero no.
A Amin Fasser lo trajo una amiga desde Marbella al reclamo de una ciudad antigua, rica en cultura y con un espléndido patrimonio arquitectónico, y se topó con la Santa Cueva, un lugar que lo dejó bastante sorprendido y al que calificó, por calificarlo de algo, de «infravalorado». Normal, si vio lo que vemos todos, es lógico que cuando menos saliera sorprendido, y no me refiero a la majestuosidad de su arquitectura, ni a las pinturas de Goya, ni a la importancia de la obra de Haydn.
Total, que el ruandés Amin Fasser no ha tenido la oportunidad de comprobar lo graciosísimos que somos los gaditanos cuando nos ponen un micrófono o una cámara por delante. Algo que llevamos demostrando desde que la televisión nos brindó de manera colectiva la oportunidad de demostrar que «lo siento, picha, no todo el mundo puede ser de Cádiz».
El movimiento 'picha'
¿Se acuerdan? Desde Ismael Beiro, Juanma y David -los Timón y Pumba de la primera edición de La casa de tu vida-, Kaki -el de Supervivientes-, los nunca más se supo Nández y Marey de Operación Triunfo, hasta los niños de Se llama Copla, que llevan la denominación de origen hasta sus últimas consecuencias, hemos sido las auténticas estrellas de los reality.
Eso, sin contar a los que hablando solos -se llama monólogo- han conseguido su momento de gloria televisiva o a los que hicieron de Callejeros uno de los programas de mayor calado social de los últimos años.
Porque una imagen vale más que mil palabras. Mucho más. Y es la imagen que damos lo único que se llevan los turistas -esos de los que vamos a vivir toda la vida- en la maleta. A estas alturas deberíamos cantar todos lo de «ya lo sabía...» porque somos conscientes de que exportamos imagen.
La cruzada de la gracia
La imagen de amables, de serviciales, de despreocupados, de tranquilos, de güenagente... o al menos, esa es la imagen que creemos tener, la imagen que suplicamos al espejito de la madrastra «espejito, espejito, ¿quiénes son los más graciosos del mundo?» y esperamos la respuesta, aún sabiendo que el espejito siempre nos dice lo mismo, que somos la ciudad que sonríe, que hay que mamar, que aquí se puso el non plus ultra...
Que traducido resulta que la empresa Arasti Barca -que es la que controla todo esto de los megáfonos- ha amonestado al speaker -el niño del altavoz- por decir pamplinas a los cuatro vientos en los avisos oficiales. Pamplinas que podían animar la jornada playera, no digo que no, aunque tampoco me atrevería a decir que sí, pero que redundaban demasiado en la distorsionada configuración que ya se tiene del gaditano.
Que alimentemos nuestra melancolía con la voz aguardentosa del marinero del Club Caleta y su «niño, bajarse ya de las barcas» o con la evocación de aquella niña del altavoz -la una- que tanta guasa tenía en la voz -la dos- con el viento y la Torrot, la pelota y el reloj, está bien, muy bien.
Pero que seamos la reencarnación, a todos los efectos -y cuando digo a todos, quiero decir a todos- del cruzado Romualdo y su día de playa de 1982 no deja de ser preocupante. Preocupante, porque parece que 27 años no son nada y preocupante porque estamos más cerca de aquella cruzada que de la otra que se nos avecina -que quedan tres años nada más- y seguimos encantados con que nos llamen catetos.
Soy usuaria habitual de la playa de la Caleta, aunque lo sentimentalmente correcto sería decir que soy caletera, de siempre, no de los que la han descubierto desde la terraza del Quilla y la llaman el Ganges de Cádiz.
Apoyo la amonestación
Soy caletera y estoy totalmente de acuerdo con que la empresa haya amonestado a quien debía dar una información simple y concisa -son las dos-, hay cinco delegaciones trabajando para usted (también debían haber suprimido ésta), se prohíben los juegos de pelota- y había convertido su trabajo en El club de la comedia. No todos tenemos la misma gracia, lo admito, pero seguro que a usted no le gustaría que el enfermero que le cita en una consulta le dijera «el jueves a las cuatro, las ocho en Suiza», ni que el profesor del colegio le dijera a sus hijos «no faltad mañana, que me queao con vuestras caras», ni que la Policía le dijera «está prohibido circular por aquí, cómprese un scalextric».
No es serio. Lo siento, pero la imagen que damos es nuestra fama. Y la fama cuesta. Y el pobre speaker lo habrá hecho con su mejor voluntad, con el ánimo de alegrarle la tarde a los bañistas, pero es que ése -precisamente ése- no es su trabajo, aunque así se haya ganado su minuto de gloria
Carne de televisión
Volvemos a ser carne de España Directo y este verano pasará por ser el año en que prohibimos el nudismo en las playas y en el que censuramos a un pobre trabajador de megafonía playera. Catetos e intransigentes.
Esa es la imagen. Nos guste o no. Contrasta con el Cádiz que se ve reflejado en el videoclip de Tom Boxer, el DJ rumano que anda haciendo furor por las pistas de media Europa con su A beautiful day donde la plaza de la Catedral, Santa María del Mar y el Campo del Sur se nos presentan como un verdadero paraíso urbano ¿lo es?
Hay más frikis de lo que parece. Y no estaban todos anoche en el entierro de la caballa ni estarán todos esta tarde en la quedada de San Antonio por Michael Jackson. No. Están todos en correos recogiendo la bombilla que el Gobierno de España nos prometió en enero. Yo ya tengo la mía. Es cuestión de imagen.