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Opinión

Mañana lunes, a las ocho de la tarde, el secretariado de Migraciones del Obispado de Cádiz y Ceuta, ha convocado un acto interreligioso y solidario en el Faro de Trafalgar, para rendir memoria a los, al menos, nueve inmigrantes ahogados en aguas del Estrecho el pasado 29 de junio, en dicho litoral. Ya Derechos Humanos los recordó el pasado jueves en Conil y hace bien que la Iglesia haga valer las bienaventuranzas, en este caso a partir del llamamiento que formula el activo y comprometido cura Gabriel, es decir, Gabriel Delgado, titular de dicho secretariado episcopal y promotor del Centro Tartessos de la capital gaditano bajo el paraguas de Cardijn. Diversos sacerdotes, monjas y seglares, que no suelen salir en las fotos oficiales, llevan dos décadas trenzando una red solidaria a esta orilla donde el primer y el tercer mundo se dividen sin medias tintas. Claro que también, de vez en cuando, sufren en casa los apuros de la burocracia: en los últimos años, no menos de diez novicias llegadas de África y de América y que permanecían en establecimientos religiosos de Cádiz tuvieron que volver a sus países de origen porque habían entrado con visado de turistas y no se había regularizado posteriormente su situación.
Este 29 de junio, se supone que a bordo de aquella zodiac -las pateras ya son historia desde hace mucho- viajaban 30 personas, pero tan sólo quince sobrevivieron. Entre los muertos, había niños, como había ocho bebés que podrán contarlo cuando sean mayores, entre los ocupantes de la embarcación que logró ser rescatada en Tarifa el pasado jueves. A efectos de este cementerio marino, el mes había comenzado el día 4 de junio, cuando 16 personas naufragaron en la boca de la Bahía de Tánger al irse a pique la embarcación en la que viajaban: sólo pudieron rescatarse dos cadáveres, a la altura de Ceuta, y a pesar de que tendrían que haber sido las autoridades marroquíes las que hubieran llevado a cabo las principales tareas de socorro y rescate. De hecho, el suceso tuvo lugar a cinco millas de Tánger y a más de veinte de Tarifa. Antes, el 19 de mayo, fueron rescatados 54 nigerianos que habían quedado a la deriva en las traicioneras aguas del Estrecho. ¿Estamos ante un repunte de esta olvidada ruta frente a la travesía de Canarias, ya también progresivamente blindada por los sensores del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior? Todo parece indicar que no, que ha ocurrido puntualmente otros años, ante la llegada del buen tiempo y de la buena mar. El problema del Estrecho es que su microclima puede provocar que la calma chicha se transforme en temporal a las primeras de cambio. Y supongo que a todos nos daría escalofrío que las playas se llenen de nuevo de ataúdes blancos. El viernes, en la edición de este periódico, Silvia Tubio recordaba con justicia el caso de la nave que llegó a Bolonia con diez recién nacidos y una embarazada en agosto de 2005. Pero todavía llevamos el corazón encogido desde hace justo un año cuando 33 personas fueron rescatadas a bordo de un bajel sin rumbo y sin víveres y relataron que quince personas, entre ellas nueve criaturas de las que los partes oficiales describen como «de edad lactante», habían perdido la vida en el intento antes de ser arrojados por la borda.
Quien quiera saber qué ocurre con los menores que deciden cruzar por sus propios medios sobre esta fosa común, que se acerquen al curso de verano solidario sobre este tema que ha programado la Universidad de Cádiz a partir de mañana y hasta el próximo miércoles. La profesora María José Rodríguez Mesa y la técnica Michel Santiago han congregado a un interesante panel de expertos entre quienes figura la comprometida Helena Maleno que lleva varios años batiéndose el cobre en las calles de Tánger con este asunto y que sabe que sobre todo hay niñas a las que grupos organizados intentan captar para incorporar a las mafias de la prostitución. Se trata, claro, de los casos en los que hay una organización que favorece la inmigración clandestina. Ocurre a veces, con proxenetas y narcotraficantes que usan a los espaldas mojadas a su antojo. Pero lo más normal es que esa mafia de la que tanto hablan los informes oficiales sea mucho más endeble de lo que a veces se da a entender: «El gobierno español reitera el tema de las mafias cada vez que hay una tragedia. Lo que está ocurriendo, tal y como cuentan los propios inmigrantes, es que se organizan ellos mismos así que, más que de mafias tendríamos que hablar de cooperativas. En Senegal, por ejemplo, se reúnen 150 personas, cada una pone dinero para el cayuco y la gasolina y salen. Algunos de ellos son pescadores, con lo cual ponen rumbo a las Canarias y llegan. En el Sáhara Occidental es una especie de red compartida: los saharauis pueden moverse por las dunas del desierto con un pick-up sin luces y llegar hasta la costa y allí les embarca un pescador marroquí, pero son familias quienes están coordinando eso», declaraba recientemente la periodista Carla Fibla, autora con Nicolás Castellano de Mi nombre es nadie, uno de los trabajos más completos sobre este trajín de sueños que vienen de Africa y a veces pierden la vida en ello.
¿De dónde vienen los bebés? A menudo, son hijos naturales de sus padres, que emprenden juntos la travesía aunque suelen ocurrir que en algún lugar dividan sus caminos, no siempre por voluntad propia. En otros casos, son hijos de las violaciones que sufren las mujeres a manos de los pasadores que les conducen en su proyecto migratorio desde países situados al sur del Sáhara y a través de los desiertos. Es verdad que alguno les sugiere que estando embarazadas pueden tener más posibilidades de permanecer en el paraíso europeo. Lo que nadie les dice es que quizá ni ellas ni sus hijos lleguen a tocar ese raro oasis al otro lado del mar. Su nombre es Cádiz, pero seguramente lo ignoran. Como nosotros también solemos ignorarles.

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