Antaño, los jefes mandaban a los periodistas a la calle para buscar noticias. Ahora, la crisis los manda simplemente a la calle. Entre los cuatro millones de parados que empiezan a hacer cola ante las oficinas de empleo a escala estatal, figura un reducido pero competente número de plumillas: sólo que no forman la naval y hacen menos ruido que las contratas del metal. Pero ahí están, normalmente sin nadie que les escriba porque los medios de comunicación no suelen hablar mucho de lo que ocurre en los medios de comunicación. Y quien esté libre de culpa, que lance la primera galerada.
El pasado lunes, las asociaciones de la prensa de Cádiz y de Jerez, con el respaldo de UGT, CC OO y la participación del Sindicato de Periodistas de Andalucía, convocaron una movilización en la capital para denunciar los recortes de plantilla que empiezan a vivirse en distintas redacciones. No es la primera vez -la desaparición de la Hoja del Lunes ya provocó un cierto terremoto laboral a comienzos de la democracia- ni será la última, pero resulta en cambio novedoso que los comunicadores se comporten como lo que son, esto es, como simples trabajadores en las cadenas de montaje de las noticias y de la libertad, en vez de lo que soñaron con ser: una parte alícuota del cuarto poder, que en este país y en otros muchos, sigue sin ser el periodismo.
Entre los chistes profesionales que circulan, me gusta especialmente uno que reza: «¿Sabes que diferencia hay entre Dios y un periodista? Que Dios sabe que no es periodista». Los periodistas parece que dejan de creerse dioses y, quizá esto sea lo más positivo de la crisis que hoy sufrimos casi todos, empiezan a considerar que difícilmente la sociedad de la comunicación será posible sin la dignidad de los profesionales que ayuden a mantenerla. Por lo tanto, la información será precaria si la situación laboral de los periodistas lo es. Y la democracia en su conjunto tampoco se beneficiará de esa atmósfera de profundo desconsuelo que parece envolver a las redacciones en los tiempos que corren. Habría que cambiar el refrán y aquella célebre letra de El Último de la Fila: cuando la pobreza entra por la puerta, aquí no sólo el amor sale por la ventana, sino que también se da a la fuga el rigor, la independencia, todo aquello que conforma que este oficio sea mucho más que un oficio.
Uno comprende la angustia de las antiguas contratas de Delphi o de Astilleros, la de los trabajadores de Celupal que se manifestaron ayer en Algeciras por una fábrica cuyo cese está decidido; uno comparte la nostalgia por el humo colectivo de Tabacalera, se llame ahora como se llame; las manos inútiles del encofrador y la soledad del camarero y del recepcionista de los hoteles, ante la caída del turismo. Pero permitan que, en estas horas inciertas, me conduela profundamente el retorno de los pobrecitos habladores de los que hablaba Mariano José de Larra, de los humildes gorriones de los diarios a los que apelaba Horacio Guarany si se callara el cantor. Y considere que es una triste guasa que ya no sólo en España sino en medio mundo, escribir sea llorar. Escribir, y esgrimir un micrófono y una cámara, y hacer fotografías o revistas digitales. A estas alturas de la película, Peter Parker tendría que haberse hecho autónomo si quisiera seguir vendiendo fotos de Spiderman. Walter Mattau no le habría puesto muchos problemas a Jack Lemmon para que se casara y se fuera a un pueblo para ejercer como publicista. Y el mismísimo Lou Grant ya hace varios años que hubiera sido prejubilado.