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Opinión

LOS LUGARES MARCADOS

En este país nuestro, se perdona y se olvida casi todo. Se pierde la memoria de los muertos y de los torturados; se borran los pecados de los políticos, sus errores y sus desmanes; se disculpan las meteduras de pata y de mano. Lo único que no se perdona es el éxito. Puedes ser un ladrón, un estafador, un malvado, un cretino, que seguramente no te lo tendrán en cuenta, llegado el caso. Ahora bien, no te atrevas a ser brillante, a ganar premios, a obtener el reconocimiento del público y de la crítica, porque tu cabeza y tu reputación se verán amenazadas.
Y es que, si algún pecado nos pierde, es el de la envidia. Perversión nacional por excelencia, se agazapa en nuestro interior, dispuesta a saltar ante quien levante el vuelo en cualquier actividad. Y las artes y la literatura son terreno propicio a esa enfermedad endémica. Me viene a la mente un columnista de prensa diaria que no puede soportar que otro autor reciba el reconocimiento y aplauso que él mismo ambiciona, y que aprovecha la menor ocasión para destilar sus venenos. Comprenderán que no mencione su nombre: sería concederle una trascendencia que no tiene.

Y pienso también en el caso de Luis García Montero, a quien no se le perdona que haya sido capaz de llevar la poesía a un terreno más amplio y más visible que el de los círculos endogámicos al uso. Hay muchos que no toleran su brillo ni sus triunfos. Y, por desgracia, ni el conocimiento, ni la posición, ni el poder parece que nos preserven de un pecado tan feo y ponzoñoso. Puede ser uno juez, catedrático, académico, y seguir siendo envidioso. Puede uno tener sus propias tribunas y, no obstante, codiciar las del otro, y utilizar las armas más innobles, los insultos más mezquinos, para atacarlo. Pero en el pecado llevan la penitencia: con lo que envejece y lo que descompone la envidia, pueden imaginarse la cara que se les queda.

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