Cartas
Existe un colectivo de 79 personas entre ex trabajadores, viudas e hijos de antiguos empleados ya fallecidos de la fábrica que formaron parte de la plantilla de 126 operarios de la nuclear, como era conocida esta escombrera que permanece enterrada a las afueras de Andujar, que reclaman una indemnización por la enfermedad que muchos padecen. Fue la primera fábrica de ese tipo que se puso en marcha en España -trataba mineral de uranio para la obtención de concentrado de óxido de uranio con una pureza del 80% al 90% que, posteriormente, se transportaba en bidones a Francia o Estados Unidos para su utilización en los reactores de las centrales nucleares- y eso jugó en su contra. Está claro que aquello fue una experiencia y a nosotros, los andaluces, nos utilizaron como conejillos de indias.
Los trabajadores apenas tenían un mono de trabajo y unos guantes de goma, el polvo amarillo se metía entre los ojos, la boca y la nariz. Ni siquiera había un comedor en la fábrica, y los trabajadores tenían que comerse el bocadillo rodeado de cualquier elemento contaminante. En los primeros años, no se disponía de lavadoras, por lo que los trabajadores se lavaban la ropa de la fábrica en sus casas arrastrando materiales contaminantes. Según unos análisis de orina del año 1964, los empleados tenían en torno a 116 microgramos de uranio por litro, cuando el límite de seguridad estaba en 0,8 microgramos.
Una vez cerrada la fábrica, se enterró todo, desde las mesas y las sillas que ellos utilizaban hasta los árboles de los alrededores. Ahora, el Gobierno no ha tenido en cuenta el informe de la Junta de Andalucía en el que se vincula la enfermedad de los trabajadores con su exposición al uranio. Al final, se vuelve a comprobar el peso político que tienen nuestros gobernantes andaluces. No sé a qué espera este pueblo a despertar.





