Domingo, 23 de septiembre de 2007
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CÁDIZ

CÁDIZ
El cantaor que te lleva a La Caleta
La calle Pericón de Cádiz conserva el sabor añejo de baches y bares que encierran el olor a caballa asada
El cantaor que te lleva  a La Caleta
VIÑERA. La vía está situada en pleno barrio de La Viña, paralela a la calle Virgen de La Palma.
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Cádiz ocupa junto con Jerez y Sevilla uno de los puntos principales del triángulo de los cantes básicos. En esa ruta del compás, la ciudad trimilenaria representa un abrazo mucho más aperturista y dado a la improvisación que el resto de puntos estratégicos de la jondura.

Cádiz es la puerta por donde comenzó la ida y se acabó la vuelta de los cantes. Los estilos americanos de guajiras, vidalitas, milongas y rumbas entraron por la playa de La Caleta asentándose en la garganta de los cantaores gaditanos. Por ello, el barrio de La Viña, epicentro del Carnaval cuando llega el mes de febrero y de la ciudad que se esconde tras la máscara de la gracia y el ingenio, cuenta con una calle dedicada al flamenco: Pericón de Cádiz.

Juan Martínez Vilches, fiel seguidor de la escuela de Enrique El Mellizo y discípulo de Aurelio Sellés, destacó por poseer un sentido del humor irrepetible y fue un más que válido transmisor de los cantes gaditanos. El nombre de la calle pone de manifiesto la estrecha relación entre el flamenco y el Carnaval. Prueba de ello es el bar de Fernando Gutiérrez. Custodiado por el Cristo de la Misericordia, sus paredes albergan fotografías que inmortalizan sobre el papel estas dos expresiones de la cultura gaditana. Por un lado, numerosas imágenes del cantaor viñero Juan Villar con leyendas como Camarón o su tío Gineto, además de Aurora Vargas o Pansequito. Por otro, retratos del mítico grupo Los Beatles de Cádiz, formado a partir de la comparsa Los escarabajos trillizos, de Enrique Villegas. Fernando, que salió como componente, guarda con mimo los recuerdos fotografiados de la exitosa gira que llevaron a cabo a mediados de los sesenta por toda España e Hispanoamérica representando a Cádiz. Tal fue así que en 1999 el Ayuntamiento le otorgó la medalla de plata de la ciudad a los componentes de la agrupación.

Uno de los negocios que superan el siglo de vida es el ultramarinos y bar Los Claveles, que conserva su nombre desde su fundación allá por finales del siglo XIX. Propiedad de gente del norte, Francisco Moreno trabaja en él desde hace 25 años tras llegar en 1977 de Medina Sidonia. Decorado con elementos taurinos por la afición de Francisco a la fiesta nacional, el episodio más triste de este centenario local ocurrió en 1949, cuando salió ardiendo perdiendo la vida el propietario de aquel entonces. Allí, Eduardo Oneto, uno de sus clientes más veteranos, recuerda cómo ha cambiado la calle con el paso de los años. «Antes había hasta tres carbonerías, que sabías si estaban abiertas o cerradas porque colocaban una escoba en la puerta», comienza diciendo Eduardo. En su memoria quedan las anécdotas de cuando «el cochecito Leré paraba en la calle para dar una vuelta a los chiquillos por la manzana del barrio de La Viña o el revuelo que se formaba cuando los locos se escapaban del manicomio de Capuchinos».

Un siglo después de que Cádiz proclamara a los cuatro vientos el texto constitucional y se convirtiera en capital de la libertad, abría sus puertas el bar Orozco, hoy trasladado a la acera de enfrente, en el número 31. Un rincón donde llegaban los pescadores de la vecina playa de La Caleta cargados con sus capturas de caballas para proceder a su subasta; luego eran asadas en la terraza con la que contaba en la azotea. Antonio, empleado del bar, recuerda cómo Eduardo Orozco, dueño del local, describía a artistas como Lola Flores o Manolo Caracol que iban a comer después de actuar en El Cortijo de Los Rosales. «En el patio había un pozo y una parra de uvas, y hasta se criaban gallinas y un cochino», rememora Antonio. «Había un perro, que se llamaba Mosquera por el jugador del Cádiz, que cada mañana iba a la playa a bañarse y volvía sólo». Sentado en una de sus mesas, Manuel Muñoz evoca cuando él mismo «vendía las mojarras a 6 pesetas a Gonzalo Córdoba, dueño del restaurante El Faro, cuando estaba al frente del bar Los Pasiegos».

Renovación

Con la llegada del buen tiempo, la calle se convierte en un constante ir y venir de personas que peregrinan hasta La Caleta. Testigo silencioso de esa romería de hamacas y cañas de pescar es el bar el Pichón, más conocido como el bache de El Visco. Con más de sesenta años de vida, los hermanos Juan Carlos y Antonio Fossatti continúan con el negocio de su abuelo, siendo ellos la tercera generación de la familia al frente del establecimiento. Lugar de reunión para los amantes de las cartas, en sus paredes cuelgan carteles dibujados por el pintor gaditano El Pantera recordando la época en la que el bar organizaba partidos de fútbol y concursos de pesca.

En el bajo del número 5, tiene su sede la Asociación de Emigrantes Retornados Plus Ultra. Fundada en 1989, desde hace doce años la asociación se situó en esta vía ayudando a aquellos emigrantes españoles, que vuelven tras trabajar en el extranjero, para que consigan sus derechos en las pensiones de acuerdo a todo lo que manda y dicta la Comunidad Europea.

Justo al lado de la asociación se encuentra el local de Madre Coraje, que este año celebra su décimo aniversario de su fundación en la capital. Allí, en su pequeña sede, los voluntarios lo mismo clasifican medicinas, embalan ropa como que pesan y preparan los alimentos para su envío a Perú.

Junto a los vecinos de toda la vida, futuras familias llegarán pronto a la calle. Actualmente dos fincas están en construcción, cuando acaben las obras permitirá la llegada de nuevos inquilinos. Uno de los que también aterrizará en Pericón de Cádiz en los próximos meses es Juan Tirtsch, madrileño de nacimiento pero vecino desde hace más de trece años en Conil de la Frontera. Llevando las riendas del pub Jacaranda. A partir de diciembre abrirá las puertas de su local, situado donde hasta hace poco se encontraba el bar La Isleta, nombre que viene de una de las piedras de La Caleta donde su anterior propietario, Paco Maline, iba a pescar de pequeño. Conservando el mismo nombre del anterior bar pero con tapas renovadas, Juan representa la fuerte apuesta de los que llegan con energías renovadas para seguir haciendo del barrio de La Viña uno de los rincones más típicos y con más sabor de la ciudad gaditana.

ciudadanos@lavozdigital.es

 
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