Vestida de blanco la flor de la sal revela su pureza. Blanca como la espuma del mar, blancura triunfal que nace de cristales que se forman en la superficie del agua». Estas son algunas de las frases que encontramos al pasear por las instalaciones de la Feria Internacional de la Sal que hoy se clausura en el Parque Metropolitano de Los Toruños. La iniciativa, pionera en España, ha tenido gran afluencia de público, desde que se inaugurara el pasado jueves, que han podido ver los resultados de un proyecto europeo en el que han participado más de 30 socios representantes de cuatro países: España, Portugal, Francia y Reino Unido. El objetivo de este encuentro consiste en acercar al público los últimos avances en el sector salinero así como difundir esta cultura milenaria.
El Parque Natural de Los Toruños se ha convertido en un referente internacional durante todo el verano. Hace algo más de un mes acogía una exhibición internacional de globos aerostáticos y ahora la Feria de la Sal que ocupa 2.000 metros cuadrados y se desarrolla en cinco carpas situadas en la playa de Levante. Exposiciones, talleres medioambientales para grandes y pequeños, proyecciones de documentales, mesas redondas, recorridos por las salinas del parque en tren turístico, actuaciones musicales y todo ello con un característico olor marinero han ocupado los cuatro días que ha durado la muestra.
Si algo no escapa de la feria es la figura del trabajador de las salinas, una profesión por la que no ha pasado el tiempo, la recogida de la sal manualmente se está perdiendo por su dureza y por el desgaste del sector. Muchas se han reconvertido en esteros, piscifactorías naturales, aunque desde esta feria se pretende dar alas a este negocio estancado y anticuado. La tendencia que se propone desde la feria es rentabilizar las salinas convirtiéndolas en un referente cultural, gastronómico, turístico y medioambiental. Algunas ya han comenzado a ser explotadas de cara al turismo como las Salinas de San Vicente en San Fernando, que muestra a los visitante el tradicional despesque y la historia de las salinas de la Bahía de Cádiz, culminando la visita con un almuerzo del más fresco pescado de estero.
En la carpa infantil los monitores imparten talleres a los más pequeños. Desde abanicos, hasta flores hechas con botellas de refresco pasando por el complicado plumaje de unos pollitos de lana, hacían las delicias de los más pequeños que aprendían mediante juegos la importancia de preservar el ecosistema.
Cabe destacar la importancia que han jugado los voluntarios de la Universidad de Cádiz que han dotado, no sólo de sabiduría sino de alegría a la feria. Muchos de estos se dedicaban a animar para que el visitante lo pasara en grande. Los animadores retaban al sorprendido observador a hacer trabalenguas relacionados con la sal y adivinanzas que premiaban con pequeñas bolsas de de flor de sal. Otros voluntarios armados con una cámara y un micrófono de cartón acosaban de forma simpática a los participantes.
El protagonista ha sido el aditivo más antiguo y más usado a lo largo de la historia, la sal ha desempeñado una función indiscutible, primero por ser moneda de cambio e incluso una forma de remuneración del trabajo, de donde proviene la palabra salario, y ahora se convierte en objeto de estudio por parte de investigadores científicos de todo el mundo. Los científicos de la Universidad de Cádiz son los que lideran este proyecto con el que tratan de promover el interés biológico de los humedales costeros con la rehabilitación de las salinas, para ello pretenden profesionalizar el sector formando al salinero como en otros países y dar más valor a la producción de sal del Atlántico.
En una de las salas los visitantes han podido comprar durante estos días las sales artesanales de los países que participan. Sal no sólo como condimento alimenticio sino como decoración o higiene como las sales con aromas artesanales que prepara una salina portuguesa y que el interesado puede adquirir.
La feria se traslada al finalizar la jornada a otro punto para seguir divulgando el proyecto.
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