La iglesia Dives in Misericordia de Roma guarda un secreto. El arquitecto Richard Meier, que ganó un concurso internacional convocado por el Vaticano, quería que destacara, además de por su original diseño, por el blanco inmaculado de su fachada. Así empezó la investigación para fabricar un hormigón que mantuviera el color inalterable con el paso del tiempo. A aquella experiencia piloto, que comenzó en 1996, le siguieron diez años de trabajo en laboratorios. Los científicos han conseguido algo más que un blanco resplandeciente: un material de construcción capaz de reducir la contaminación atmosférica.
Lo que lo hace posible es un principio activo añadido al cemento tradicional que actúa como fotocatalizador. Con la acción de la luz, ya sea natural o artificial, provoca una reacción química que descompone la suciedad o las sustancias contaminantes que se acumulan en las fachadas. Los expertos lo comparan con la fotosíntesis de las plantas, una explicación sencilla para una investigación larga y compleja. En Guerville (Francia) se construyó una calle experimental, llamada Canyon, para hacer pruebas reales con los principales agentes contaminantes de una gran ciudad: los gases que emiten los tubos de escape y los humos de los sistemas de calefacción.
El proceso ha sido desarrollado por el grupo italiano Italcementi, al que pertenece la empresa española Cementos Rezola, integrada en Financiera y Minera. El hallazgo forma parte del proyecto europeo Picada de crecimiento sostenible, en el que han participado centros de investigación de cinco países de la UE. Entre ellos, el Inasmet Tecnalia de San Sebastián y el Instituto Eduardo Torroja de Madrid. Los ensayos del principio activo, bautizado como TX Active, han sido validados por la Universidad de Ferrara y el Centro Científico y Técnico del Edificio de Francia, entre otras instituciones académicas.
La primera tonelada
El resultado de este trabajo se concreta en dos nuevos productos: un cemento ecológico y otro autolimpiante. El primero se ha utilizado, por ejemplo, en el túnel Via Porpora de Milán, por el que circulan 30.000 vehículos al día. Desde que se aplicó en el pavimento se han reducido un 27% las concentraciones de óxidos de nitrógeno, según las mediciones realizadas por la Policía y la Agencia del Medio Ambiente.
También neutraliza compuestos orgánicos volátiles como el benceno o el tolueno. Los contaminantes «quedan atrapados en la superficie de los hormigones y morteros» y, expuestos a la luz, se convierten en sustancias inocuas, explican los responsables de la empresa. Si el 15% de la piel de una ciudad se recubriera con este producto, «se podría reducir la contaminación hasta un 50%», aseguran. El grado de eficacia depende de las condiciones atmosféricas y de la luz.
Los efectos del cemento que repele la suciedad se pueden apreciar en obras como la Ciudad de la Música y las Bellas Artes de Chambery o la comisaría de Burdeos diseñada por el arquitecto Claude Marty, a la espera de ganar el mercado de los edificios emblemáticos. En España todavía es un recién llegado y se acaba de vender la primera tonelada a una empresa de Málaga que fabrica pavimentos para la Universidad. Los dos productos se han presentado en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, cuyo director, Manuel Toharia, destacó las «características extraordinarias» que ha adquirido este material de uso común.
Aun así, los fabricantes son conscientes de la dificultad de introducir apuestas innovadoras en un sector tan tradicional como la construcción. La pregunta es ¿a qué precio? En cualquiera de sus dos variedades, este cemento cuesta seis o siete veces más que el tradicional, pero -como sólo hay que aplicarlo en la capa más superficial- el sobrecoste final no es tan elevado. En una fachada «no llega al 5%» y en el presupuesto total de una obra oscila entre el 0,5% y el 1%, afirma Tomás Azorín, director comercial de Financiera y Minera. Su implantación en el paisaje urbano será un proceso largo, aunque sus mentores se muestran convencidos de que «algún día todos los cementos serán así».