Viernes, 20 de julio de 2007
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CULTURA

MEMORIAS DE LA FRONTERA
Évora y Mariana se cruzan
Évora y Mariana se cruzan
Cesárea Évora, cantante. /L.V.
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Sodade. Quizá sea esa la palabra que defina el mágico territorio musical de Cesárea Évora (Mindelo, 1941), la cantante caboverdiana cuya voz atlántica inundará el Teatro José María Pemán este verano como el síntoma irrefutable de que, por una vez, este año, Cádiz renueva pluralmente su repertorio de cantables estivales, más allá del sota, caballo y rey de anteriores programaciones.

En su habla criolla Sodade viene de Saudade, claro, una expresión portuguesa que va más allá de la morriña gallega, mucho más tierna y menos triste. Ella canta mornas, que vendrían a ser como nanas para despertar adultos, como blues africanos dicen, como fados que huyeron del barrio de La Alfama para llegar a una costa llena de gritos y susurros: «Un gran silencio hace un gran ruido», reza mi proverbio africano favorito porque, en gran medida, ese es el terrible destino de todo el continente. Así que la diva de los pies descalzos -así le llama la prensa por motivos evidentes¯ encarna a los sonidos del silencio. Ella es una dama al borde de ese océano isleño, por cuyas lindes sus paisanos han visto desfilar desde muy antiguo la larga flota de la desesperación: «Mi pueblo ha sufrido muchísimo por el colonialismo», suele recordar la memoria histórica de la autora de Miss Perfumado, cuya raíz delata un largo rumbo de esclavos, pero también de un claro mestizaje que le condujo precisamente a forjar un estilo a partir de los ritmos que su isla mecía hacia los años 50 del pasado siglo.

«En mis canciones -ha dicho- la problemática social siempre está presente, pero mis letras no son panfletarias; se refieren más bien a los sentimientos que produce la falta de libertad o a los problemas derivados de la emigración, que siempre es obligada. Nostalgia, rabia, añoranza de detalles concretos que son comunes para todos los emigrantes, sean de la nacionalidad que sean». Así que lo trae su voz, no sólo es añoranza sino himnos íntimos, avisos para navegantes. Tal vez una carta de navegación sentimental para quienes siguen zarpando de su continente a bordo de un cayuco, con rumbo hacia la muerte o hacia las nuevas formas de esclavitud que Europa ensaya para seguir siendo un oasis en la irresistible ascensión de la pobreza globalizada.

Parece que la veo cruzarse por la Alameda de Cádiz con esa otra gran dama nuestra que es Mariana Cornejo y que anoche iba a coronar de nuevo el entrañable tablao de Antonio El Pipa en los jueves mágicos del Mellizo. Quizá, la sobrina de Canalejas de Puerto Real ignora que son las mornas, como la cantante caboverdiana desconoce qué son las chuflillas gaditanas. Una canta desde la melancolía y otra se desvive con la dignidad de la sonrisa. Pero, en el fondo, cantan lo mismo, cuentan lo mismo: «Que ni el hambre la vamos a sentir,/ mire usted qué gracia tiene este país».

También Mariana nos habla de otra sodade, la de un Cádiz que ya no es, la de una inocencia perdida y unos sueños rotos como las viejas murallas. Allá a lo lejos, sin embargo, entre la bruma, a un par de millas del Faro de las Puercas he creído volver a ver por un momento la proa endeble de la patera de Rota.

 
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