Toros de Núñez del Cuvillo chicos, terciados, sin trapío. Primero interesante, segundo manso, bronco y quedo, tercero encastado, cuarto flojo, quinto complicado, sexto noble. Rajados en general, menos el cuarto, que fue bravo. Al sexto le dieron la vuelta al ruedo.
A las siete y media, José Tomás anuló el miedo a encontrarse con uno mismo, con el otro, con los paraísos perdidos de cada cual, esos a los se asoma uno con el canguelo de arriesgarse a que no existan ya, a que todo haya cambiado (¿zas!), que la memoria le robó a uno la cartera, que nada es igual y que todo fue un sueño. A reclamar... al maestro armero. Ni te enteraste.
Que cinco años no es nada, dijo el bolero taurino de ayer, cuando José Tomás recuperó esos paraísos del toreo y de cada una de las 19.000 almas -Jaime, Tomás, Carlos, Alfonso, Felipe, Josep- que tuvieron una cita con su pasado y, de paso, con el toreo.
Porque ayer toreó y resucitó José Tomás en Barcelona y el ídolo de barro se hizo de carne con la tercera chicuelina al segundo de la tarde, cuando se ciñó la realidad con un toque de capote al segundo toro, el más potable de los que le tocaron en suerte, esos con los que Núñez del Cuvillo estuvo a un tris de cargarse la corrida del año, del lustro y, por ahora, del siglo.
La tarde bajó cómoda la pendiente de la primavera de Barcelona como un alud de fiesta. En el metro, en los restaurantes, en las aceras todo eran esperanzas de triunfo y guiños a lo que se tenía en común. Por eso, frente a la plaza «el noble, el villano, el prohombre y el gusano, bailaban y se daban la mano», que decía Serrat (ayer en los tendidos, junto a Sabina) en su «calle sembrada de bombillas». Por eso a nadie le extrañó que, tras el paseíllo, le pegasen una ovación a José Tomás, convertido ya en niño pródigo de la fiesta de los toros, y en concreto en Barcelona, declarada ciudada antitaurina «porque tú lo digas», como apostillaba una aficionada.
A la tercera chicuelina se hizo carne, digo, a medio centímetro de la cornada de un toro chico, rajado y sin transmisión -en la línea de sus hermanos-. De ahí en adelante se inventó una faena sobre el aire del que manda en el toreo, con derroche de oles y economía de movimientos. No hubo pasos en falso, ni enganchones, sino la facilidad de atornillar dos tandas por cada pitón a un toro inexistente con el temple por bandera.
¿Y qué es el temple? Pues tocar en el momento justo, moverse a la velocidad precisa, acompañar, mandar, torear al fin y al cabo. Es José Tomás templando al segundo de la tarde, manso picado en toriles, esquirla de genio, y soplándole dos por bajo en el momento en que la plaza se levantaba con la sinceridad de un «ole» y un «bien» que sonaron en Cataluña igualito que en El Puerto, Bilbao o Sevilla.
La naturalidad fue la nota de una primera faena en la que paró, templó y mandó a un animal que no le dejó entrar a matar por escarbar. Tardó la estocada y la muerte, y el ídolo hecho carne dejó la espada caída y fea, con lo que sólo cortó una oreja.
«Gracias por volver», le dijeron desde el tendido en su segunda faena a otro manso incierto y sin fijeza que recibió una faena a media altura con destellos importantes, arrimones y un remate de manoletinas con escalofríos.
Unida a la calle con banderas de papel de Serrat y a las ganas de triunfo, la estocada bien colocada fue bastante para cortar dos orejas. Hubo pelos de punta y aficionados de tomo y lomo -de esos con más kilómetros que el baúl de la Piquer- se levantaron en ovación.
Cómplice lujoso
Pero el ídolo no estuvo solo en la tarde del toreo. Cayetano tenía algo que decir y lo dijo. Apuntó maneras con el primero, el más interesante de los seis que le ganó la partida por la mano de la casta sin estilo y que le desbordó pese a los fogonazos de algunos pases en una faena voluntariosa pero cambemba de mando que, sin em-bargo, le valió las dos orejas.
A su segundo, otro rajado más de Núñez del Cuvillo, lo templó con más quietud y menos dudas. En los medios pasó lo que tenía que pasar: serenidad, temple, naturalidad ¿Gol del Mallorca!
Todo sucedió muy despacio, como el estoconazo que Cayetano dejó recibiendo al toro. Primero una oreja, la otra generosa y una vuelta al ruedo a un toro que nunca debió darla. Poco importaba. «Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras, de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas», seguía canturreándose Serrat por lo bajinis, cuando por la puerta de la Monumental salían abrazándose y toreando las 19.000 almas, con la quietud que da la paz de saber que no todo fue un espejismo, que hubiera sido fantástico si hubiera escogido otros toros, que ayer torearon Cayetano y José Tomás en Barcelona (dicen que anduvo por allí Finito de Córdoba), que no todos nuestros paraísos están perdidos.
Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción, distribución, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.