Martes, 29 de mayo de 2007
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Los herederos de Gala
Sólo tienen entre 18 y 25 años, pero quieren ser artistas; la fundación del escritor les da la oportunidad de estar un curso formándose libremente, sin profesores ni horarios
Los herederos de Gala
LOS ELEGIDOS. Varios de los alumnos seleccionados para formar parte de este curso de formación en el que podrán crear libremente.
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El guitarrista Manolo Sanlúcar se quedó asombrado con ellos. Lo mismo le pasó a Joaquín Sabina. «Son superdotados», asegura orgulloso Antonio Gala de sus «niños». Van de los 18 a los 25 años, pero ya tienen claro que quieren ser artistas. Y en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores en Córdoba reafirman esta idea. No quieren ser el próximo Picasso ni Mozart, «sólo aspiro a vivir de mi trabajo», puntualiza la pintora Rosa de Miguelsanz, una de las diecinueve elegidas entre las más de dos mil solicitudes de España y Latinoamérica que llegan cada año a la institución para optar a sus becas de estudio.

Esta academia de artistas es muy particular. No hay clases, ni profesores, ni horarios establecidos. «Lo único fijo son las horas del desayuno, comida y cena, que deben hacer todos juntos», comenta el director, José María Gala, quien está al frente de la institución junto a la subdirectora, Auxiliadora Ruiz. El resto es cosa de los artistas, que se distribuyen el tiempo como quieren, ya que la beca les da derecho a alojamiento y manutención de octubre a junio en el antiguo Convento del Corpus Christi de Córdoba, para que ellos sólo se dediquen a sus proyectos sin ninguna distracción.

Pero aunque pueda parecer que tienen demasiada libertad, los alumnos se han autoimpuesto una disciplina férrea. «Todo depende de cómo consideres tu trabajo, y nosotros queremos aprovechar este tiempo al máximo», matiza Erick Miraval, un peruano que es el único escultor de esta quinta promoción. Aquí se sigue a rajatabla el estilo de vida de una comunidad pitagórica, en la que se produce la llamada «fecundación cruzada», objetivo con el que Antonio Gala creó esta institución: el enriquecimiento mutuo entre los distintos artistas, cada uno con una visión distinta de lo que debe ser una obra de arte.

Todo un mundo

De hecho, la Fundación Antonio Gala es casi un mundo aparte, pese a estar en el centro de Córdoba. No se escucha ni un ruido. Y tiene de todo: una biblioteca con 50.000 volúmenes, una sala de pintura, un estudio para los músicos, una zona de carpintería y escultura, laboratorio fotográfico...

El día comienza temprano. A las nueve suena la campana. Es la hora del desayuno. Aunque hay algunos que siguen durmiendo. Es el caso de Aylenmis Almeida, que se acostó a las cinco de la mañana ensayando una partitura. Ella toca el laúd y ha formado un gran equipo con el resto de los músicos. «Cuando nos bloqueamos, siempre hay alguien que nos ayuda, y no tiene por qué ser músico», recuerda la laudista cubana. Y ya sea de día o de noche, puesto que todas las estancias están abiertas las 24 horas. «Nunca se sabe cuándo puede aparecer la musa inspiración», explica David Torrico, cantautor. Él incluso ha montado su estudio en su cuarto a pesar de tener uno profesional escaleras abajo. «Es que estoy preparando ya mi segundo disco», afirma orgulloso.

A pesar de no tener profesores, de vez en cuando les visitan distintos especialistas para ayudarles y aconsejarles en su proceso creativo. Junto con Sanlúcar y Sabina, en estos años han pasado por Córdoba Luis Mateo Díez, Clara Obligado, Inma Serrano, Carmen Rigalt, José Hierro -en el que fue su último viaje antes de morir- o la editora Ymelda Navajo, entre otros. Sin olvidar a Antonio Gala, que les visita siempre que su agenda se lo permite. «Y todos los martes y trece, porque me da suerte estar con ellos», destaca el autor.

Sin embargo, son ellos mismos quienes más se ayudan y aconsejan. A pesar de que están todo el día juntos, una noche a la semana se reúnen tras la cena y van analizando por turnos cómo van los proyectos que deben presentar a final de curso. «Cuando tienes profesores ellos te llevan por un camino, haces los trabajos sin pensar. En la fundación puedes decidir sobre qué temas pintar y cuáles desechar», desvela Ángel Raposo.

Por todo el convento

Están devorados por el ansia de crear y eso se nota. Cualquier rincón es bueno para dar rienda suelta a su creatividad. Hasta la consejería, uno de los lugares preferidos por Guillermo Fernández Morales, quien se está especializando en guitarra flamenca. Otros están más limitados, como el caso de los artistas plásticos, que apenas salen de su taller. De vez en cuando se ven invadidos por Aixa de la Cruz y Laura Romera, quienes entre las latas de pintura hacen un espacio a sus portátiles para escribir sus novelas. «Por fin, he terminado», proclama Aixa a los cuatro vientos. Es la más pequeña de la fundación, con sólo 19 años, y está muy ilusionada con la novela corta que ya corrige. «Un poco más apartada de todos» está Adelaida Campaña. Sus dibujos requieren que una modelo pose desnuda, por lo que le han despejado el gimnasio para que sea estos meses su estudio.

Llega la hora de la comida. Hoy hay albóndigas con patatas y le toca poner la mesa a Aixa y Laura, ya que tienen distribuida por turnos esta labor. Junto con esto, lo único que tienen que hacer es la cama. Y crear. Así, tras una pequeña pausa para el café y reposar la comida, es hora de volver al trabajo.

Rafael Murillo se emplea a destajo con una fecha en mente: el 16 de junio. Ese día estrenará en el conservatorio una microópera que ha escrito basándose en un texto de Laura. Además, la escenografía es idea de su compañera Esther Villaescusa. Sin contar otros alumnos que le están ayudando con el montaje. Este es el mejor ejemplo de la fecundidad cruzada de la que habla Gala.

Numerosos premios

Poco a poco va pasando la tarde, que algunos compaginan con clases en el conservatorio. No paran. Lo atestiguan sus currículum, con numerosos premios y menciones en distintos concursos. Y cada vez que gana un certamen, se llevan un jamón de regalo. «El presidente de la fundación, Juan José Almagro García, dice que ya llevamos trece», recuerda Gala.

Tras la cena, y dependiendo del día, lo mismo salen a tomar una copa, ya que también tienen libertad para ausentarse de la institución cuando quieran. Hasta sacan tiempo para el amor y se han formado varias parejas dentro de esta peculiar academia.

Ahora, tras estos meses de ritmo frenético de creación, su temor es «volver a la realidad». A punto de terminar el curso, hay unanimidad. Todos aseguran que han evolucionado de forma muy rápida. «Lo mejor: la convivencia con el resto de sus compañeros; lo peor: esos momentos de bloqueo». Pero ahora lo tienen más claro que nunca: quieren ser artistas.

 
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