Quién ha inventado eso de que en los debates políticos no hay que sacar a relucir la vida privada? Sólo quienes llevan una vida opaca han podido llegar a ese convenio, para favorecerse mutuamente. Debe ser respetada la vida y costumbres de nuestro vecino de la izquierda, pero tenemos perfecto derecho a conocer la de las personas que nos gobiernan, entre otras cosas porque influyen en nuestro destino.
El mando, según Ortega, «debe ser un anexo de la ejemplaridad». Naturalmente que nos interesa saber a los gobernados si nuestros gobernantes son unas personas de bien o unos golfos de levita. También el marido de la mujer del César está obligado a ser una persona honrada y además parecerlo.
Si la conducta del eficiente hombre público contradice sus postulados, algo está fallando. ¿Qué pensaríamos del ejemplar gerente de un orfelinato si nos enterásemos de que en sus ratos libres trafica con pornografía infantil? Es como si San Francisco de Asís, que llamaba hermanos a todos los animales de Dios, se inflara de comer pajaritos fritos.
El súbito personajillo señor Sebastián le ha dicho a un periodista, como previa condición para ser entrevistado, que no le iba a responder a una sola pregunta sobre su vida privada. ¿Por qué, si pretende ser un hombre público?, ¿a qué viene esa ocultación?
Un político no debe deslindar tan rotundamente su comportamiento de su gestión. Claro que el emergente tipo al que nos referimos es una persona a la que no le dirigiríamos la palabra sin la presencia de nuestro abogado. Confunde el florete con la navaja de siete muelles.
No estaría nada mal un poco de transparencia. Muchos políticos tienen mil caras y enseñan sólo 999 reservándose la más dura para cuando se miran al espejo.