Puede que nos quede lejos, y es cierto que LA VOZ no se vende en París, lástima, pero uno de los asuntos más apasionantes de estos últimos tiempos, más apasionantes para mí, se entiende, ha sido la campaña electoral francesa. Aguardo los resultados de esta noche con verdadero interés, más del que me han merecido alguno de los nuestros.
Varias cuestiones se apuntan al otro lado de los Pirineos que nos incumben a todos. Hasta a los de Cádiz, digo yo. Primero, la renovada pasión por la política que se ha registrado en la ciudadanía, en sus capas más amplias, no sólo en las élites de iniciados, como se vio en la alta participación de la primera vuelta y en el seguimiento del debate entre los dos candidatos, Nicolás Sarkozy y Ségolène Royal, el pasado jueves, que tuvo una audiencia comparable a los súper acontecimientos deportivos, unos 20 millones de espectadores. Es una envidiable, estimulante muestra de vitalidad social, de salud democrática, frente al desencanto, el descrédito de lo político, la desmovilización o pasotismo de los votantes, que dejan así de ser masa para convertirse en masa crítica.
Igual de apasionante es el movimiento de realineamiento político que se aprecia en el electorado. Frente a las tradicionales posiciones derecha-izquierda, con sus respectivos dogmas y sus respectivas clases asignadas, los franceses parecen buscar un nuevo orden basado en dar soluciones a los problemas reales de la gente común, que no son, por lo general, las grandes cuestiones que ocupan la agenda política, y aplicarles recetas flexibles. Entronca con esa idea del «republicanismo cívico» que se encarna en España en Rodríguez Zapatero y que resulta que tiene en Europa un prestigio excepcional, del que aquí apenas somos conscientes. Porque pasa, y este es otro de los focos de novedad del asunto francés, como digo incluso en Cádiz, que España interesa más allá de nuestras mesas de camilla y que mientras nosotros mantenemos ese inveterado complejo de inferioridad respecto a Europa, el debate entre Sarko y Ségo estuvo plagado de referencias a España y a la política española, que son tomadas de ejemplo por los políticos franceses. No estarán al tanto, digo yo, del ambiente irrespirable que hemos llegado a conseguir Pirineos abajo.
Y más: la campaña ha sido el descubrimiento de una figura política singular, la candidata socialista Ségolène Royal. La primera mujer que opta a la Presidencia de la República ha debido superar muchos de los obstáculos que se le plantean a cualquier político, como las furibundas puñaladas de «los suyos», además de otros agregados por su condición femenina. Con ella y en ella se ha evidenciado el sustrato machista que persiste en las sociedades avanzadas europeas, a pesar de que hayan sido pioneras en la lucha por la igualdad.
Se vio muy en especial en el debate del jueves. El conservador Sarkozy tuvo, pese a su indudable corrección, un tonillo condescendiente hacia su rival, a la que trataba con un «madame» que sonaba más que cortés, misógino. Incluso aludió por dos veces al marido de Royal, el también político socialista François Hollande -mientras ella, por cierto, se guardó muy mucho de mencionar a la señora Sarkozy, con cuya vida privada aquí en España habríamos hecho miles de horas de programas de telebasura-.
En este puede que involuntario menosprecio, Ségolène Royal resistió incluso el intento de su rival de presentarla como una histérica, algo, como se sabe, «profundamente femenino» para el pensamiento patriarcal. Y salió del paso con una frase que merece la pena: «Yo no me pongo nerviosa, yo me rebelo (je ne m'énerve pas, je me revolte). Mantengo intacta mi capacidad de indignarme». Hablaban, por cierto, de la educación de los niños minusválidos.
A ver qué pasa esta noche. En todo caso, y de nuevo, siempre nos quedará París.
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