Domingo, 29 de abril de 2007
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OCIO

ISMAEL JORDI TENOR
«¿Como en Jerez en ningún sitio: aquí tengo mi casa y aquí pienso vivir!»
El tenor jerezano cosecha éxitos allá por donde va, en España y en toda Europa, pero siempre vuelve a su tierra natal con los suyos
«¿Como en Jerez en ningún sitio: aquí tengo mi casa y aquí pienso vivir!»
MIRANDO AL FUTURO. Jordi cantará pronto 'Doña Francisquita' en Tolouse. / TAMARA SÁNCHEZ
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Quien lo conozca, si lo conoce bien, sabrá que es sencillo, exquisito y conciso y, por si no bastara, fiel a su tierra hasta donde los sentimientos nunca se pierden. Ha cantado Don Pasquale, Falstaff, El barbero de Sevilla, Martha, Gianni Schicchi, La Traviata, L'elixir de amour, El cantor de México Ha actuado en Viena, Madrid, París -donde lo aplaudieron más de media hora-, Sevilla, Berlín, Barcelona, Suiza, Valencia, Burdeos, Marsella, Oviedo, Toulouse, Caracas, Mallorca, Peralada y Eugene Onegin en ¿Jerez! Insuperable en dicción -no olvidemos que cantó en ruso-, valiente y con color en su timbre, nuestro Ismael Jordi colmó las expectativas de un público que lo aplaudió por bulerías, a sus 33 años, más delgado que nunca y metido en su papel de Lenski adentrando en Tchaikovsky.

-Mis recuerdos de la infancia son los de un niño al que le gustaba el deporte y jugó con la cantera del Xerez Deportivo, hasta que con doce años, viendo un concierto en televisión, se imbuyó en la música y escuchaba a Kraus, Plácido Domingo, Pavarotti Pero nunca imaginó dedicarse a esto.

-Hablemos de tu entrada en la ópera.

-Yo me preguntaba si tendría don para el canto y, cuando Kraus reinauguró el Villamarta en 1996, fui el primero en sacar las entradas. Me animaron para que entrara en el coro, pero yo le daba vueltas y, al final, ya ves... Ángel Horta, mi formador junto a Jerónimo Sánchez, me indujo a estudiar canto y colgué las botas de fútbol. Con Los amantes de Teruel, Felipe Bou -bajo y príncipe Gremin en Onegin- y Paco Santiago, me propusieron ir a Madrid a estudiar con Kraus. ¿Qué utopía! -exclama-. ¿Aquello era impensable! Pero entré en la Escuela Superior de Música Reina Sofía y tuve de maestros a Alfredo Kraus, Suso Mariátegui, Edelmiro Arnaltes y Teresa Berganza. Cuando me llamaron para la audición no pensaba ser admitido. Había sesenta personas, cantó un barítono argentino, lo escucharon nueve segundos y le dieron las gracias. A mí me preguntaron qué cantaría y, como tenía claro que cantaría lo que Kraus cantaba como nadie, con más cara que nadie también le dije: «Maestro, con su permiso, cantaré La Traviata». Él me miró a través de sus gafitas y me dijo: «Cante, cante». Y la canté entera. El pianista me miró, me indicó que esperara y Kraus dijo: «Gracias. Vuelva mañana». Al día siguiente éramos veinte y Kraus me preguntó: «¿Qué cantará?». Maestro, «¿canto lo mismo? Él asintió y a las dos frases me detuvo: «No, esa o no puede ser más grande que la i; corrija». Al terminar, me acerqué, le pedí hacerme fotos y me despedí. Él me dijo: «Tranquilo; nos veremos pronto». Nunca me sentí sólo su alumno, me trataba como amigo, me comentaba cosas y me recibía en su casa.

-Tras su muerte, se preguntaría qué sería de su futuro en la ópera.

-Fue duro. La cátedra se paró y volvimos con Teresa Berganza, la gran dama del canto y señora entre señoras. Ella fue quien me otorgó el premio Reina Sofía que me entregó la propia Reina.

-¿Y cómo se siente quien no tenía intención de dedicarse a la ópera, cuando lo aplauden por bulerías en el Villamarta?

-Eso sólo lo sabe quien lo vive. Un tenor que nace en Jerez y es acogido así Porque yo soy consciente de que si me aplauden lo mereceré pero, ¿cuidado! que en el Villamarta y, de esa manera, no aplauden a cualquiera. El Villamarta es algo muy serio y muy considerado en el mundo y la crítica jerezana es muy dura. Yo me esfuerzo, me siento cómodo, lo hago bien y recibo respuesta. Con los aplausos en Onegin me emocioné. Pero debo decirte algo: a Kraus, con cuarenta y cinco años y en plenitud de su carrera lo criticaron. Una vez me dijo: «Yo he recibido críticas horrorosas». Cuando debuté con La Traviata en La Fenice, dijeron: Alfredo no es ni la sombra de Alfredo. Y la gente no puede escuchar a Pavarotti en Rigoletto y compararlo conmigo. Pavaroti tiene 50 años, una gran madurez personal y física que no tenía con treinta años y ha cantado trescientos Rigolettos. Esto es como los vinos. Hay que dejarlos que maduren.

-¿Se cuida mucho la voz?

-En Jerez, poco, salvo que venga a actuar. Procuro no hablar y dormir. Soy muy organizado.

-¿Dónde vive ahora?

-Entre Verona y Jerez, pero mi casa está aquí.

-¿Cómo está el corazón del tenor que interpretó a Lenski?

-Felizmente enamorado de una chica jerezana con quien me caso este año. Me acompaña siempre que puede; los cantantes somos monotemas y yo, cuando llego a casa, necesito hablar de otras cosas.

-¿Dónde te has sentido más querido además de en el Villamarta?

-En Viena, donde cantaré La Traviata la semana próxima. Y en Chatêlet de París con El cantante de México que allí es como la Biblia. Mi personaje en Onegin es maravilloso, aunque a los tenores que no hablamos ruso, nos frena el idioma; el aprendizaje ha sido difícil, pero una gran experiencia y en un gran papel.

-En Onegin le he visto cantar sin esfuerzo y con garra, en un tema que, según se mire, es escabroso, pero ¿qué recuerdo tiene de su primera actuación en el Villamarta?

-Fue con Los gavilanes y pasé muchos nervios. Con Onegin tuve que contenerlos. Aunque para entregarme, a mí me gusta salir, no nervioso sino en tensión, porque canto mejor. El Alfredo del Villamarta me quedará para siempre. Ahora cantaré Doña Francisquita en Toulouse, mi primera zarzuela en Francia de la que se hará un DVD. Trabajo duro y no me quedo a la feria. Me voy a estudiar.

-Su ídolo es Kraus y ¿además? Por otra parte, ¿cuáles son sus metas?

-Después de Kraus, Pavarotti. Me encanta la cuerda de tenor. Y mis metas: el día a día y los teatros importantes. Sueño con una carrera de treinta años.

-Mantiene buena amistad con Ainhoa Arteta, que se descolgó de Onegin y nos dejó con la miel en la boca, pero Irina Mataeva nos sorprendió.

-El ritmo de trabajo de Arteta es acelerado. Y tienes razón, Mataeva estuvo maravillosa. De oportunidades así salen los grandes.

-¿Cuál ha sido su parte más crítica en Onegin?

-Por su dramatismo, la fiesta. Es un aria difícil y, a mi voz, que no es dramática, en ese momento tengo que echarle el freno.

-¿Piensa en lo que está alcanzando cuando se retira a descansar?

-No pienso, porque si lo hago me vuelvo para Jerez, -bromea-.

-¿Qué le preocupa a un tenor joven y viajero de la sociedad actual?

-La apatía y el nerviosismo que veo. Se salta por cualquier cosa y los tenores nos movemos en un mundo donde debemos controlar los nervios.

-¿En que parte del mundo se ha sentido más cercano a Jerez?

-¿Eso es imposible! ¿Como en Jerez en ningún sitio! Aquí tengo mi casa y aquí pienso vivir. Quiero a mis paisanos y me gusta que me saluden. Un tenor, cuando termina el trabajo no acaba: despierta sentimientos y recibe a la gente. Aparte de cantar, es lo más lindo. A veces me dicen: «Ayer tenía un día fatal, pero fui a la ópera, te escuché y se me olvidó todo». El aplauso es algo único.

-Cuando pasen los años y esté muy alto, ¿se convertirá en el divo que no nos reconoce?

-Lo de llegar alto lo dirá Dios, y si fuera desagradable dejaré de cantar. Primero está la persona. El divo es gran artista, una grandísima persona y un caballero.

Un amante de la ópera, muy exigente, que lo ovacionó en pie con ¿Bravos! me apunta: «Ha mejorado. Como actor: irreprochable, entregado al papel y cantando con gran gusto. Se está gestando un gran tenor. Y en el aria del segundo acto estuvo genial. Es difícil meterse en ese papel y trasmitirlo como él».

Su madre dice: «Lo veo en el escenario y no me lo creo. Le temo a los viajes y no descanso hasta que no llama». Y su padre añade: «Lo mejor de mi hijo es que es buena persona. Dejé que escogiera por su inquietud. Se sabía las óperas sin tener nociones y tuvo que trabajar mucho porque su voz era impostada. Ha sido premiado como Cantante Revelación por la revista Ópera actual».

Lo mismo que Lenski se batió en duelo con Onegin, y murió por Tatiana y otro amor no desvelado, él desvela su vida y su amor por Mari Ángeles. Joven y talentoso, maneja la técnica, goza de una preciosa voz con grandes registros, tiene buen gusto en la escena y domina la musicalidad. Cuando pasen los años y el tenor lleve a sus hijos a la ópera, recordará que en el Villamarta, en noches primaverales, siendo Lenski vivió, sintió y murió. Y su recuerdo perdurará en los jerezanos.

 
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