En las entrañas de la ciudad de la luz hay poca claridad pero mucha historia. Tras una angosta entrada, con las ropas llenas de polvo, tierra y telarañas, el visitante se enfrenta a un túnel que podría ser el del tiempo. Los pasadizos, alumbrados con los inquietos y tímidos focos de las linternas conducen a épocas lejanas que saben a humedad y asedio, a pólvora y movimiento de tropas, al paseo de los patricios del Gades de los Balbo, cuando Cádiz era el germen de lo que es hoy en día en la superficie. Los avances tecnológicos han permitido conocer dos nuevos ramales de las decenas que se crearon a partir de la época romana y que serán visitables en breve bajo el nombre de Las Cuevas de Hércules, como un atractivo cultural y turístico único en el mundo.
Queda trabajo para que se puedan visitar por el público, además de un permiso del Ayuntamiento de Cádiz que la empresa responsable del proyecto, Monumentos Alavista, espera desde hace meses y confía en recibir después de Semana Santa. En esa fecha, según la compañía especialista en la puesta en valor turística de bienes culturales, se realizará una cata con micropilotes en la plaza de la Catedral y comenzará la adecuación de los subterráneos para dar acceso a los visitantes, con un presupuesto de entre dos y tres millones de euros. Monumentos Alavista descubrió hace meses los túneles más antiguos, datados en la época del Gades romano, que unían los principales edificios de la ciudad y que discurren hoy en día entre las Puertas de Tierra y la Plaza de la Catedral, aumentados en siglos posteriores hasta conseguir una red de kilómetros de longitud que discurre bajo el casco histórico hasta la Alameda y el muelle. Ayer se pudo contemplar uno de los ramales de estos túneles de 500 metros de longitud, horadado entre el siglo XV y el XVI y que no figura en los planos conocidos.
Aceite contra el enemigo
La entrada a los túneles conocidos como Conducciones Reales de Cádiz se encuentra en las inmediaciones de las Puertas de Tierra. Un estrecho boquete no hace presagiar lo que el visitante encuentra dentro. Nada más entrar, se abre una gran sala de unos ocho metros de altura con varios arcos y un camino cuesta arriba. Según el responsable de las investigaciones, Germán Garbarino, el hueco que corona la habitación podría utilizarse para defender la entrada del túnel arrojando sobre los intrusos aceite o agua hirviendo.
Una vez escalada la rampa de roca natural, se accede a un subterráneo cuya altura varía entre 1,70 y dos metros. El tramo está excavado en la piedra y apuntalado por ladrillo tosco y mezcla de cal y arena. La atmósfera viciada y el calor sofocante crecen a medida que se avanza y se hace difícil llegar hasta los túneles romanos, un camino que ya han completado los investigadores de Monumentos Alavista, equipados con materiales de seguridad como aparatos de respiración asistida, trajes de goma, medidores de metano y explosímetros.
De hecho, los investigadores advierten al público de lo peligroso que resulta que los ciudadanos intenten recorrer estos túneles por su cuenta. «Hay pozos en los que es posible caerse, además de los derrumbes y las bolsas letales de gas metano que se forman y que no son detectables por el olfato humano», dice Garbarino.
Cuevas de Maríamoco
La excursión por las entrañas históricas de la ciudad prosigue por otro subterráneo en la parte exterior de las Puertas de Tierra que pertenece a los glacys defensivos de la ciudad conocidos como las Cuevas de Maríamoco (siglo XVI-XVII). Algo más de dos metros de altura permiten un tránsito más cómodo por los primeros tramos, tapizados de objetos de basura de diversidad surrealista entre los que se encuentran botes, ramas y hasta el parachoques de un Seat 1500.
Los curiosos no se han adentrado más allá de los 15 metros cuando desaparecen los desperdicios y se unen a la expedición algunos desagradables compañeros de viaje. Telas de araña e incómodas cucarachas tapizan algunas zonas del angosto techo y huyen o caen sobre los visitantes asustadas por los inquietos focos de las linternas.
Un poco más adelante, aparecen los vestigios de la historia. Cada pocos metros se observan hornacinas utilizadas para colocar candiles que alumbrasen los oscuros espacios.
Otras pruebas muestran restos de la batalla para la que fueron construídos los subterráneos: decenas de troneras permiten disparos a través de estrechas ranuras a los enemigos que osasen apostarse al pie de las murallas.
Cientos de años después, la situación será distinta. Dentro de unos meses, si la burocracia lo permite, los turistas culturales acompañarán a los fantasmas de los soldados en su particular viaje en el tiempo bajo el suelo de Cádiz.
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