Al igual que la mayoría de vecinos del edificio número 21 de Julio Rico de Sanz, José López Lora, estaba durmiendo en el momento del suceso en su vivienda, el 1ºB. «Mi casa ha sido la más afectada porque las motos justo estaban debajo de mi terraza. Ha sido horroroso, era un bombazo tras otro, parecía el año de la famosa explosión», comenta mientras el perito se esmera en sacar fotografías de los destrozos y confirma que las ventanas de aluminio hay que cambiarlas íntegramente. No es para menos: todas las ventanas y persianas rotas, destrozos en la fachada y en los muebles de la cocina.
A pesar de todo José no pierde el sentido del humor. «Ayer cumplí 73 años y este ha sido mi regalo de cumpleaños», dice, mientras sigue contemplando desde su ventana los destrozos en su hogar y las centenares de curiosos que se agolpan en la calle para ver lo sucedido y sacar fotografías con sus móviles. «No me explico cómo ha podido pasar esto», afirma.
Los residentes del edificio de enfrente también desalojaron sus viviendas para permanecer «en la azotea durante 45 minutos», tiempo que los bomberos tardaron en controlar el incendio. «No podíamos salir a la calle debido a las reiteradas explosiones. Pasamos un susto tremendo. Además mi padre está enfermo de Párkinson», explicaba aún sofocada Pilar Román en su portal, cuya puerta también quedó afectada por el suceso. Otra vecina, Emilia Castro, aseguraba que su hijo había perdido su moto en el voraz incendio y elogiaba la labor de los bomberos. «Si no hubiese sido por la rápida actuación no me cabe duda de que se habrían producido víctimas», dice.