Domingo, 11 de marzo de 2007
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Lolitas y Lolitos
Parecía que eran pocos los escritores que habían planteado la cuestión del amor hacia una persona mucho más joven, pero son muchos los que se han dejado seducir
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Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta ( ). Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita». Este es el inolvidable comienzo de Lolita, la inquietante y perturbadora novela de Vladimir Nabokov.

La historia es sencilla: Humbert Humbert, profesor cuarentón, se ve atrapado por el encanto de la pequeña Lolita -de doce años-; el resto es mejor leerlo en la obra de Nabokov o en la cantidad de otras novelas, poemas, cuentos, que tratan el tema del amor adulto hacia los más jóvenes.

El asunto resulta bastante curioso, como comprarse un coche de color extravagante. Uno creía que no se iba a cruzar en la carretera con nadie que condujera un vehículo tan extraño como el suyo, pero ¿qué lleva a tanta gente a plantearse manejar un coche que va a llamar tanto la atención?

Uno pensaba que sólo dos o tres escritores se habían planteado la cuestión del amor o la atracción hacia una persona mucho más joven, pero por ahí circulan muchos autores manipulando los pedales y el volante de una seducción complicada.

Así, por ejemplo, el poeta catalán Lorenzo Plana en su libro Extraño incluye el poema titulado Lolita. En él se narra un viaje en tren nocturno. Dentro del vagón se encuentran, por orden, « tu padre el hombre de llaveros/ y corbatas y anillos y cadenas», la niña -»y no eras justamente una lolita:/ acaso no pasabas de los nueve»- y el personaje poético: «Y allí, grande y bendito, sencillamente yo soñé/ que cogías mi mano larga y quieta,/ anhelante y formal,/ a tu alcance».

Pero también viaja en el mismo compartimento del tren el peso de los prejuicios: «Porque la sociedad es magma errátil/ ajeno a los afectos y violencias,/ tan sólo atravesado por un cable/ de aguda convención inalterada». Una convención inalterada que acusa con el dedo implacable de su código penal y que carga palabras terribles -pedofilia, pederastia- sobre los hombros de quien se siente atraído por los jóvenes.

No obstante, el adjetivo de este sintagma nominal no es del todo correcto o, al menos, no siempre fue así, puesto que hubo tiempos y culturas que entendieron el amor desigual en edad de forma radicalmente distinta a nuestra tradición judeocristiana.

En este sentido la literatura también nos ilustra con una novela magnífica, Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Uno de los aspectos más interesantes de la obra de Yourcenar puede ser precisamente la relación del emperador Adriano con el joven Antínoo, el amor verdadero, auténtico y sincero entre un hombre adulto y un adolescente.

Antínoo y Adriano

Se trata de un vínculo que traspasa los límites de su propia convención inalterada -que obligaba a abandonar la compañía de los más jóvenes una vez que estos ingresaran en la edad adulta-, y que quizá por eso acaba de forma trágica. Antínoo se lanza voluntariamente a las aguas del Nilo y muere ahogado. Adriano tratará de sofocar su dolor inconsolable fundando en honor de su joven amante una ciudad que había pensado previamente para él. Así Hadrianópolis se convirtió en Antinoópolis.

La costumbre entonces, es decir, la educación y la cultura, admitían este tipo de relaciones, tanto en el ámbito masculino como en el femenino -según Anthony Birley en su libro Adriano. La biografía de un emperador que cambió el curso de la historia, la esposa de Adriano, Sabina, también se hacía acompañar por su joven amante Julia Balbila-.

«Dicit ei Pilatus: Quid est veritas?», escribe Luis Antonio de Villena en su poema Películas de romanos -de Las herejías privadas-. Pues sí, en una sociedad como la nuestra, en qué lugar quedan lolitas y lolitos. ¿Cuál es la verdad? ¿La de los que acusan o la de los acusados? ¿La de judíos o la de romanos?

¿Al César lo suyo, sus costumbres pedófilas, y a Dios lo que es de Dios: el pecado, la acusación, el castigo divino, ? ¿Escuchamos las voces que vienen del mundo clásico con sus efebos rodeados por el brazo del anciano o apoyamos al departamento de delitos informáticos de la Guardia Civil?

Quizá no es más que cuestión de perspectiva y de palabras en mayúsculas: el Bien y el Mal. El problema reside en quién determina el contenido de esos conceptos. En este sentido, Luis Antonio de Villena lo tiene claro: «¿Intuición, belleza, otra diferente búsqueda del Bien?/ ( ) A los que poseen la verdad como se posee una pistola/ o como un insulto obsceno,/ nunca los he querido. Me dan miedo ».

Propósitos

Aunque dejáramos de lado las cuestiones morales y culturales, las preguntas siguen surgiendo al hilo de los textos sobre lolitas y lolitos que ya hemos leído y los que nos quedan por leer. ¿Qué significa exactamente el verso de Villena: « otra diferente búsqueda del Bien?»¿Qué buscaba Humbert Humbert en la pequeña Lolita?

A la primera cuestión responde el propio Luis Antonio de Villena en su poema La confesión del perverso, de su libro Como a lugar extraño. Asumiendo previamente las habladurías crueles -«¿Atrapen a ese ogro -claman las madres- ( )»-, el poeta establece su programa de intenciones: «Y ¿cómo decirles, señoras,/ -caí siempre simpático a las que me conocieron-/ que no sólo no deseo ningún mal a sus hijos,/ sino que aspiro a cuidarlos,/ que hasta daría mi vida junto a ellos,/ y que deseo enseñarles, amigarlos, darles más altas miras/ y que compartamos -como guerreros dorios- el afán de virtud y nobleza/ frente a los envites del mundo y de la vida». Es decir, otra forma diferente de buscar el Bien, alejada de la vulgaridad y de las luces horteras del consumismo salvaje, por ejemplo.

La perspectiva que ofrece Carlos Marzal en Sangre joven, poema de su libro Los países nocturnos, apunta hacia otro lado. El texto empieza así: «Quiero tu sangre joven, que es querer/ todo lo que la vida aún no ha podido hacerte». Como un vampiro que conoce su propia corrupción, el adulto fascinado no solo por las formas de la belleza juvenil recurre a la adolescencia con la intención de intentar recuperar la vida emponzoñada por su propia dinámica huidiza.

Quizá también para recuperar el lugar del que nunca debió ser expulsado: «Quiero la impunidad con que te entregas/ a la tarea de vivir la vida,/ sin paz, sin horizonte, sin infierno,/ que son el argumento de las vidas ajenas». Sin embargo, la vida aplica inexorablemente su lógica condenatoria: «Qué tristeza que el tiempo, o yo, o tú misma/ tengamos que matar, en ti, toda tu sangre».

Además de esto cabe reflexionar sobre los versos de la Despedida que Luis Cernuda dirige a los jóvenes en su último libro Desolación de la quimera. Derrotado, cansado, anciano el escritor sevillano aporta un punto de vista nuevo a todo este entramado de lolitas y lolitos.

Recordemos con él que «Mano de viejo mancha/ El cuerpo juvenil si intenta acariciarlo./ Con solitaria dignidad el viejo debe/ Pasar de largo junto a la tentación tardía».

 
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