No recuerdo una aflicción social tan honda como la que vivimos estos días en la Bahía de Cádiz. Parece que la tristeza en el ambiente se corta con un cuchillo, que pesa en el cielo, lleno de nubes y tormentas, en los ojos apagados de las miradas anónimas que se cruzan por la calle. Desde el mediodía del jueves tenemos el cuerpo helado todos los que, aunque no cobremos nómina de Delphi, vivimos casi como nuestro el dolor de tantos miles de familias y compartimos las lágrimas que se han vertido en los tajos y en los hogares de los trabajadores, el dolor de las mujeres y de los hijos, su rabia, su angustia, la incertidumbre de tantos proyectos de vida que de pronto se ven en el filo del abismo.
La catástrofe de Delphi nos toca a todos en la fibra más sensible y personal, porque tenemos amigos y conocidos que trabajan allí, pero también afecta, hiere, nuestro sentimiento colectivo, de pertenencia a una comunidad, modifica nuestra percepción de la realidad y la fe en el propio futuro.
Si sabemos resolver la crisis podremos seguir adelante y mirarnos a la cara, habremos funcionado como sociedad, tendremos la prueba de que las instituciones de que nos hemos dotado, las leyes que elaboramos, las elecciones que votamos sirven, solucionan los problemas, cumplen. No puedo ni imaginar qué pasaría si no es así.
No es sencillo. Tenemos en contra ni más ni menos que todo el orden económico mundial, la lógica de la globalización, el capitalismo sin alma, para quien las empresas, los centros de trabajo no son más que hojas de cálculo y los propios obreros una pequeña línea de cifras dentro de un documento de excel.
Habrá que ver, en este caso, dónde está el patrón, el responsable, quién tiene que hacer frente a la situación, quién responde y cómo de esta decisión brutal, cuáles son las pretensiones de la empresa después de los beneficios, los privilegios y las enormes cantidades del dinero de todos que le hemos dado. Rehenes siempre de nuestro endémico paro, hemos pagado lo impagable por conservar los empleos. Para nada, y lo que es peor, con la duda razonable , que sugería algún político, acerca de si esas remesas de euros y de pesetas que hemos puesto en sus manos de mil formas diferentes han servido al final para mejorar las cuentas de otras factorías, si no han contribuido al propio proceso de presunta deslocalización.
¿A dónde irán nuestras esperanzas si esto no se resuelve? ¿cómo podremos mantener la fe en nuestras capacidades como sociedad competitiva, productiva, ambiciosa? ¿Qué será de nuestro pequeño sueño de una Bahía enla que disminuye el paro y sube el empleo de calidad, de nuestro orgullo por una tradición industrial poderosa, antigua, de alta cualificación? Porque ¿qué nos queda? Astilleros y Altadis bajo mínimos, la industria aeronáutica pendiente de un hilo, Dragados oscilando en función de los pedidos... No es demagogia barata hablar de Castellón. El horizonte es emigrar, y ya hay familias que se lo plantean, con todo el desgarro que les supone y con la sangría que implica para la provincia. El último que apague la luz.
No es «la economía, estúpido», por utilizar la célebre frase de Clinton, es mucho más, la misma vida. Habrá que recordarlo cuando los estrategas de la comunicación y los depredadores diversos intenten justificar el cerrojazo.
En este escenario, es fundamental mantener el espíritu de concertación y de unidad para salvar el empleo y la factoría, para lograr una solución justa, rápida, con futuro. Ya no podemos tener más prejubilados, sordos, pensionistas.
Es, por tanto, inevitable, no sólo imprescindible, que participemos de este problema. Es nuestro.
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