Los representantes políticos han de valorar si es preciso, inteligente o noble, en el juego de la democracia y la legítima labor de oposición, dar caña a una iniciativa porque sea rentable a corto plazo, aunque ponga en riesgo avances relevantes para el bien común en un futuro. Me gustaría pensar que en las urnas «quien siembra recoge», o que «a cada cerdo le llega su San Martín»; que los ciudadanos estamos lo bastante formados e informados como para saber, a la hora de la verdad, premiar las conductas más limpias y leales, las más generosas y éticas, las que han buscado acuerdo y diálogo -qué peligrosa se ha vuelto esa palabra- para sacar adelante grandes proyectos que mejorarán las condiciones de vida de la comunidad a la que los profesionales de la política se deben, la que, en fin, les paga y, sobre todo, es eje de su vocación de servicio público.
Ojalá sea así, y así les parezca, a los estrategas de las grandes formaciones. No quiero que me venza la tentación de pensar que en la política, y en la vida, los buenos no ganan, que sólo lo hacen en el cine, y no siempre.
Convendrá recordarlo ante un nuevo escenario que se nos abre: el de la larga tramitación que ahora se inicia para conseguir que el polígono de Las Aletas, en Puerto Real, sea una realidad en el plazo más corto posible.
Más allá de las declaraciones oficiales de satisfacción, obligadas y obvias, hay en los promotores del polígono una preocupación cierta por que en este complejo periplo administrativo surjan obstáculos derivados de intereses diversos y la puesta en marcha del proyecto pueda demorarse o incluso frustrarse.
La solución para salvar las múltiples objeciones planteadas en Madrid a Las Aletas ha requerido imaginación y hasta alta ingeniería administrativa, o creatividad legislativa. La principal apelación, que se espera que funcione como un seguro, es la excepcionalidad del suelo, un argumento incontestable en esta Bahía tan aquilatada. El terreno está considerado por todos los agentes sociales como la última oportunidad para el desarrollo industrial de la comarca.
La puesta en marcha de Las Aletas, que quiere ser un parque tecnológico al nivel del PTA de Málaga o el Cartuja de Sevilla, se acompañará de un plan de reindustrialización, que, al parecer, irá vinculado al Doce y se contemplará en el decreto que creará el Consorcio del Bicentenario que, por cierto, ya debería haber salido. Incluirá una serie de incentivos, ayudas e inversiones similares a los que se han concedido a Zaragoza para su Expo 2007.
Pero la buena marcha del proceso pasa también por que sus dirigentes sepan dar a cada uno de lo actores el trato y el lugar que le corresponda en justicia. En este sentido, es preciso hacer compatibles los intereses del propio proyecto y de la Bahía con los de la ciudad de Puerto Real. Quizá la crispación de esta precampaña no sea el mejor escenario para ello. Habrá que esperar a la celebración de las municipales para abordar con más serenidad los asuntos planteados.
Las Aletas es como la gran esperanza blanca de los gaditanos de hoy, la que debe traer empresas y puestos de trabajo, la que podrá conseguir que los estudiantes mejor formados tengan aquí su empleo y dejen de pensar en irse a otra provincia, ante la falta de salidas en su tierra.
Aparte, a mí me parece que a los políticos socialistas les da un poco de miedo enfrentarse a complicaciones de calado sin tener el apoyo en Madrid de Alfonso Perales, cuya posición abría las puertas de los más diversos y altos despachos para que se escucharan los argumentos de la provincia de Cádiz y ésta, de algún modo, se saltara el turno en la cola de las peticiones. lgonzalez@lavozdigital.es