Hace unos años David Pielfort sobresaltó a Sanlúcar entera cuando pidió al Ayuntamiento que le incluyera ipso facto en la lista de candidatas al título de Reina del Guadalquivir. Preguntado por las motivaciones que lo impelían a querer distinguirse con tan notoria credencial, el joven -y lúcido- aspirante a la monarquía marismeña respondió: «Porque yo me lo merezco».
No deja de ser una anécdota, de las muchas que trufan la exótica biografía de este notable escritor, curioso dibujante y escultor imprevisible, pero resume bastante bien su personalidad histriónica y pendenciera. Esa extravagancia espontánea, limpia de intenciones impostadas, queda siempre redimida por el poder arrollador de su prosa y por el nervio negro que exhalan sus versos. Además, sin «lo uno» no hay «lo otro», puesto que todo junto y bien revuelto lo conforma y lo define como creador y como persona.
Pielfort ha publicado el poemario Maricón en tierra (Ediciones 4 de agosto) y la «novela bailable» El gitanito esquizofrénico (Crecida, 2004), un alarde de ingenio áspero y de resuelta ironía que le ha abierto muchas puertas. Acaban de traducir sus versos al inglés y al valenciano, dentro de un libro colectivo, y este año saldrá al mercado su segunda novela en Debate -dará que hablar- y un poemario más en Sonarbique. Ahora se dedica en cuerpo y alma a ultimar la edición de 400 cuentos en dos tomos (Cuentitis), aunque se queja de que «como la gente no ha leído en su vida, no los entienden»
Es capaz de escribir que «sin la literatura no hay universalidad ni comprensión del hombre», y a la vez reconocerse con sorna «hijo de Undebel y Ochún». Herético convencido y apocalíptico practicante, le cuesta aceptar a una sociedad que «se quejaba de Franco, y ahora aguanta a un puñado de concejales mercachifles, presentadoras cucufates y cantantes pindongos que van a durar más de cuarenta años, sin que nadie diga ni pío».
Pielfort cumple sin quererlo con los preceptos básicos del «agitador» contracultural. Sus poemas buscan lo nuevo, aspiran a lo inefable, y enlazan directamente con el postismo y la vanguardia. Cada verso respira innovación y ganas de romper las normas. Como todos los grandes, David gana en el directo. Mendicutti lo vivió de cerca y se confesó «devoto». Es capaz de convertir un recital poético en una fiesta insolente de improvisación y desvergüenza. Que se lo pregunten a Juan José Téllez, que compartió con él micrófono y concurrencia hace un par de semanas, en Sevilla. «Fue mi novillada con picadores», recuerda el interfecto.
«¿Qué es lo mejor y lo peor de ser un creador nato?», le preguntaron. Dudó un segundo y respondió: «Lo mejor, es que uno produce el objeto artístico, y lo peor es que luego no sabes donde meterlo». dperez@lavozdigital.es