Es difícil abstraerse y no emocionarse con las altas cotas expresivas y dramáticas que Bach nos trasmite a través de su genio creativo, sobre todo en dos de las obras más importantes de su catálogo y que, por supuesto, a su vez lo son de la Historia de la Música: La Pasión según San Mateo y la Misa en si menor, BWV 232.
Bach comenzó la composición del Kyrie y del Gloria en 1733. Mucho más tarde adicionó el resto de las partes, utilizando en algunos casos material musical ya preexistente, lo que le confirió definitivamente una estructura de misa católica, aunque sin ceñirse estrictamente a la liturgia ordinaria.
La interpretación que de la Misa en si menor, BWV 232 ofreció la Orquesta Barroca de Sevilla y el Cor Madrigal, bajo la dirección de Juanjo Mena estuvo especialmente marcada por las condiciones acústicas del Oratorio. Si en muchas ocasiones se ha alabado la sonoridad que ofrece la estructura de planta elíptica para la interpretación de música coral, en este caso el gran volumen de instrumentos y voces llevaban al sonido a una mezcla no siempre agradable, donde las frecuencias más graves dominaban y donde, desgraciadamente, el detalle y el matiz quedaban diluidos.
Sin embargo esto no fue óbice para que el numeroso público asistente disfrutara con el sonido y los altos niveles de calidad a los que nos tiene acostumbrados la Orquesta Barroca de Sevilla. Su lectura de la misa estuvo siempre marcada por un sonido homogéneo y sin grandes estridencias, contribuyendo a la serenidad que ofrece la partitura en momentos como el nº 9, Qui Tollis ó el nº19, Et incarnatus est y aportando la fuerza y el dramatismo necesario en los grandes momentos corales, sobre todo en el Kyrie y el Gloria. El balance entre sus secciones fue excelente, así como el gran número de intervenciones solistas de sus integrantes.
El gran perjudicado de las condiciones acústicas reflejadas anteriormente fue el coro. El enorme trabajo realizado por su directora, Mireia Barrera, quedó a penas insinuado en un mar de sonidos que solo permitió al público disfrutar de su interpretación a grandes trazos y donde el terreno, siempre atractivo para el oyente, de las agilidades fue el gran perjudicado. Sin embargo, esto fue suficiente para apreciar un enorme empaste entre sus cuerdas, especialmente en las sopranos y tenores, un equilibrio envidiable y un fraseo consistente que permitía distinguir con claridad la línea melódica de cada cuerda en cualquier textura.
Impresionante fue en este sentido la interpretación del coro final Dona Nobis. El cuarteto solista mostró unas características bastante similares y muy adecuadas a este tipo de interpretaciones historicistas. María Espada deleitó con su voz siempre timbrada y dulce, Carlos Mena impresionó con su perfecta afinación y su homogeneidad en cualquier registro, Lluis Vilamajó ofreció una voz natural de bella factura y un registro de cabeza algo débil. Por último, José Antonio López deleito también con una bella y expresiva voz, con más volumen que la de sus compañeros, sobre todo en el agudo. Quizá en el balance con la orquesta se vieron siempre desfavorecidos, sobre todo y al igual que con el coro, en el terreno de las agilidades.
Por su parte, Juanjo Mena se sirvió de un gesto amplio y alto, muy adecuado a obras con parte coral pero que a su vez trasmitieron a la orquesta cierto exceso de sonido en alguna ocasión. En los números sin coro ofreció una lectura más dramática, como por ejemplo en el Agnus Dei. El trabajo de fraseo fue espléndidamente trasmitido a través de una dirección expresiva y suave.
En definitiva, pese a los inconvenientes, el público asistente disfrutó de un gran concierto donde se dieron cita gran parte de los mejores intérpretes de la música antigua que se lleva a cabo en nuestro país. Y el hecho de que Bach sea el motivo de tal reunión es algo que no podemos ver todos los días. Esperemos que se repita.