Tras los dos últimos años, con los discursos de los galardonados Pinter y Jelinek grabados en vídeo, el público que ayer abarrotaba el salón dieciochesco de la Academia Sueca, acogió con un efusivo aplauso la presencia física y la entrada a esa sala de Orhan Pamuk. Ante la estatua de Gustavo III, fundador de esa institución, el escritor pronunció muy despacio durante los 45 minutos reglamentarios, un discurso en turco que había titulado La maleta de mi padre.
Con su aspecto de niño bien, gestos muy estudiados, mundano y armónico como un actor de altura, Pamuk, pareció disfrutar leyendo un manuscrito lleno de matices y giros poéticos. Su voz suave de encantador de serpientes y su palabra en su idioma natal fluyó en aquella estancia y casi paralizó a los presentes que, aunque sin comprenderle, le escucharon sin pestañear.
Empezó recordando cómo su padre, dos años antes de su muerte, le regaló una maleta llena de manuscritos: «Tal vez encuentres algo que se pueda publicar». Tardó mucho tiempo en abrirla consciente de que contenía grandes secretos, temiendo que no le gustaran: «Pasó tiempo antes de que comprendiera que ese temor se debía a que no quería que mi padre fuera un escritor, sino sólo un padre».
Reflexionó sobre lo que supone ser autor, «descubrir a la persona que llevas dentro y a un mundo interior que construyes con tus palabras», y se refirió al misterio de la escritura, «que no es inspiración sino paciencia y la obstinación». Contó como en su libro Mi nombre es rojo se refirió a las sagas turcas sobre unos miniaturistas que pintaban una y otra vez el mismo caballo y comprendió que aquéllo era una metáfora sobre el oficio de escritor. Recordó la biblioteca de su padre y cómo desde muy pequeño solía encerrarse en aquel cuarto para leer a los clásicos de Occidente y concebir cómo era el mundo que había «allí fuera».
Sobre los motivos de su gusto por escribir dijo: «Escribo porque es el placer de mi corazón. Escribo porque solamente cambiando la realidad puedo asimilarla. Escribo para que todo el mundo sepa como vivimos en Estambul y Turquía. Escribo porque me da miedo ser olvidado y quiero, con inocencia infantil, que mis obras permanezcan siempre. Escribo porque me gusta la fama y disfruto vistiendo la riqueza del mundo con palabras. Escribo para sentirme feliz y quiero describir con vocablos toda la belleza y esplendor del mundo».
Estambul
Homenajeó a su ciudad natal, «que para mí es el el centro del mundo. No solamente porque he vivido allí la mayor parte de mi vida sino porque me he identificado con esa ciudad». Habló sobre sus puentes, su gentes, edificios y mezquitas que conversan entre sí y crean sentimientos. Evocó el día en que su progenitor, con una frase profética, le dio a entender que le había gustado su primera obra. «Me dijo que un día conseguiría este premio». Los comentarios posteriores al discurso reconocían la belleza de la lectura de una saga oriental, aunque muy pocos, tras conocer el texto, fuesen capaces de explicar qué es lo que en realidad había dicho Orhan Pamuk.