Jueves, 2 de noviembre de 2006
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OPINIÓN

TRIBUNA
'Morirse moro' o el limbo
'Morirse moro'  o el limbo
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Consummatum est. La Iglesia católica ha eliminado definitivamente de la geografía escatológica una de sus estancias más amables: el limbo. Se veía venir desde que en 1992 desapareció del catecismo de Juan Pablo II y, sobre todo, desde que en el verano de 1999 el pontífice desconcertó a los creyentes con la ubicación metafísica del complejo Más Allá. Desde entonces el locus más amoenus, el Cielo, ya no debía perseguirse detrás de las nubes, pues por mor de Roma su nueva sede se localizaba en el nebuloso corazón de los hombres. En lo tocante al limbo, los niños de mi generación tardaremos en asimilar el cambio, pues, en el mundo de asechanzas sin cuento que fue nuestra infancia, morirse moro suponía abrazar la desdicha perpetua de no acariciar siquiera el cuerpo de Cristo. Aunque era calamidad ajena, que amenazaba sólo a los recién nacidos, lo cierto es que angustiaba imaginar que almas tan inocentes vagaran privadas de la visión de Dios, flotando en ese espacio interpuesto entre el Infierno y el Paraíso (limbus significa orla, borde), en esa especie de tierra de nadie antesala de la bienaventuranza celestial. Claro que por entonces yo aún no sabía que los niños no estaban solos.

Cuando Odiseo descendió al Hades en busca del adivino Tiresias, encontró un mundo de sombras poblado por héroes griegos y seres legendarios. Nada que pudiera parecerse al limbo. Sin embargo, andando el tiempo, Virgilio trazó una topografía infernal más detallada, que acogía en uno de sus ámbitos a los niños muertos al nacer, almas lastimeras que salieron al paso del troyano Eneas tan pronto pisó la tierra de ultratumba; almas de muertos inocentes, tan sin culpa, que ni siquiera habían gozado de la luz del día. El cristianismo, que tanta inspiración halló en el infierno greco-latino, modeló la imagen merced a una metáfora oportuna: los niños privados de la luz solar se convirtieron en trasunto de los paganos justos privados involuntariamente de la luz de Cristo. De esta manera se resolvía el problema de la legión de humanos que quedó sin bautizar porque vivió antes de su advenimiento. Pocos ejemplos más clarificadores que éste de la Divina Comedia. Al iniciar el descenso al Infierno, Dante y su guía, Virgilio, penetran en el círculo primero, lugar colmado de suspiros, morada de los justos sin bautismo, porque, como el propio Virgilio dice de sí mismo: «Quien fue antes de ser el cristianismo, / a Dios debidamente no ha adorado: / y de estos que te digo soy yo mismo» (Infierno IV 1, 37-39, trad. A. Crespo). Mas, lejos de estar todo resuelto, quedaba salvar a los padres del Antiguo Testamento. Porque, ¿cómo pensar que había parangón entre Homero y Adán, Cicerón y David, Virgilio y Moisés? Los primeros podían vivir la eternidad sin la gracia divina, pero la coherencia de la doctrina exigía que los otros, los prohombres de la antigua alianza, aguardasen el fin de los tiempos en el seno de Dios. La solución estaba, una vez más, en la correcta intepretación de las Escrituras, en especial en la conjunción del salmo 107 y los evangelios, pues Cristo habría visitado el reino de las sombras antes de la Resurrección y se habría llevado consigo a Adán, Noé, David y Moisés, entre otros próceres de Israel. La tradición medieval sólo tenía que identificar ese ámbito infernal con el limbo. De nuevo es provechoso el testimonio de la Divina Comedia. Al preguntar Dante a Virgilio si conoce a alguien que haya abandonado el limbo y alcanzado el Paraíso, el poeta mantuano responde: «Yo era nuevo en este estado / cuando aquí vi venir a un poderoso / con signo de victoria coronado. /Sacó al padre primero [Adán] de este foso / y a las sombras de Abel y de Noé / y a Moisés, de las leyes tan celoso » (Infierno IV, 46-57, trad. A. Crespo). Del mismo modo que el descenso al infierno de personajes paganos como Odiseo, Eneas, Orfeo y el Virgilio dantesco repercutió en la iconografía medieval y renacentista, la misión de ultratumba de Cristo fue plasmada por los pinceles de artistas como Duccio di Buoninsegna (El descenso al limbo, 1310) y Alberto Durero (Cristo en el limbo, 1510).

Ahora que la Iglesia ha abierto las puertas del limbo de par en par, liberando a todos sus moradores, me pregunto si las almas de los niños de mi infancia que se morían moros serán acogidas por la misericordia de Dios junto a las de los paganos. Si es así, por fin Dios dejará de hacer distingos.

 
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