Los pitones de la fiesta tienen telarañas. Es decir, que el chiringuito taurino está que se cae de viejo. Viejas las audiencias, viejos los públicos, los viejos presidentes, los areneros viejos... Hasta los capitalistas de la fiesta, esos que sacan a los torerillos a hombros, vestidos con sus viejas gabardinas, tienen ya un pie en la raya del tercio y otro en el asilo.
La fiesta de los toros necesita una mano de pintura, porque de sus costuras se le caen caliches, como en los patios de caballos de las plazas de pueblo. Y no sólo ocurre en localidades pequeñas. En el bar del 10 de Las Ventas es más fácil encontrarse con el asunto extramatrimonial de un gran banquero que a un menor aficionado a los cuernos.
Las razones, se las pueden imaginar, y casi todos las imaginan mal. La mayoría de los detractores del toreo dirán equivocados que esto de ir a ver a alguien ponerse delante de un toro es algo carpetovetónico y fuera de lugar en una sociedad avanzada que ha superado sus lastres tradicionales. Pues se equivocan como el que confunde viejo con antiguo, como el que dice que es lo mismo la solera que el vinagre. La fiesta está vieja, además de muchos otros fallos, porque no se promociona debidamente. Es decir, que la Fórmula 1 atrae a los espectadores más jóvenes con el gráfico de los kilómetros/hora, la aceleración, las veces que la cabeza de Alonso soporta su propio peso -que es mucho- multiplicado por ocho, las comparativas de cómo toma las curvas el asturiano... Eso, aderezado con colores, gráficos y una musiquilla que engancha.
De los toros atrae... Poco. Porque, además de sufrir males endógenos -como el fraude continuo y tolerado, la falta de competencia, los precios por las nubes y el espectáculo por los suelos-, los saraos toreros adolecen de una publicidad decimonónica. Mientras el marketing avanza, los taurinos siguen con el altavoz en la furgoneta por el centro de la ciudad, los carteles encasillados con estética rancia, las tipografías de la edad de piedra... Es decir, que siguen con la cabra y la trompetilla.
Si Apple vende como churros millones de futuristas iPods y su nombre suena a utopía, a moderno y a cool de siglo XXI, los toros suenan a bombo y platillo con Paquito el chocolatero, si acaso modernizado por esta insufrible versión de King África. Y así no enganchan. Normal. Por cierto, un iPod sale al precio de dos tendidos. Hagan cálculos.