Andamos con el musical subido a la chepa, después de años de premeditado olvido, y ahora la fiebre por las historias cantadas calienta los cajones de las instancias oficiales, entusiasma a propios y extraños y obliga a hacer reverencias ante cualquiera que se marque un aria, aunque sea frente al espejo del cuarto de baño, cuchilla de afeitar mediante.
Doña Francisquita fue un éxito en 1924. Bien. Doña Francisquita fue un éxito en los 50. Bien. Doña Francisquita, por más que pese a sus promotores, no será en éxito en el 2006, porque, independientemente de que el montaje haya sido un ejemplo certero de corta y pega, se haya agilizado su carga pastichera y rancia, y se haya centrado en los puntos fuertes de los intérpretes (la musicalidad y el lirismo), la zarzuela carece de la universalidad y, sobre todo, de la atemporalidad de la ópera. Hablo, obviamente, desde el punto de vista del público medio, aunque aficionado, ajeno a detalles técnicos de indudable interés, a buen seguro, para quienes buceen en la profundidad de la partitura y en el mensaje oculto de la trama.
Encomiable la labor del Villamarta, tan necesitado de fondos, y muy loable el ofrecimiento de la Junta, la Diputación, la Mancomunidad, los consorcios, los patrocinadores, etc... de intentar reflotar el asunto prestándole al teatro una seña de identidad propia. Lo que no me parece tan acertado es haber elegido una pieza que rebosa tics superados, difíciles de actualizar. Otra cosa, claro está, es que lo que se pretenda sea plantar los clásicos puros ante un público 80 añitos más maduro, a sabiendas, como decía, de que la vigencia de las obras maestras de la zarzuela no es equiparable a la de otros géneros líricos, ni en contenido, ni en intensidad.
Salvando las interpretaciones de Yolanda Auyanet (cuya contrastada calidad viene de lejos), Beatriz Lanza (difícil pero superado registro) y de Jorge de León, la fórmula de la obra precisa de otros elementos que bien podrían haber ayudado a la tarea, pero que se han quedado en el tintero por cuestiones formales.
Lograda escenografía, no tanto la coreografía, y falta de fuerza en los cuadros colectivos, donde la sensación era, cuando menos, confusa. Los profesionales puros, sobre el escenario, demostraron tablas y entrega.
Quede, por lo tanto, meridianamente claro que los lastres de Doña Francisquita poco tienen que ver con las particularidades de este montaje, sino que más bien es una cuestión de los objetivos planteados y la elección de los caminos para lograrlos: pocos jóvenes se habrán entusiasmado con la lírica patria tras haber asistido a una obra en la que, lejos del escenario, parecía guardar otros deberes: fomentar el acto social, puro y duro, y que se siga inyectando fondos en caja.