La Voz de Cadiz
Martes, 14 de marzo de 2006
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OPINIÓN
Tribuna
Lorenzo Vidal, un educador propuesto para el Nobel de la Paz
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Ante el acertado acuerdo del pleno del Ayuntamiento de Santanyí (Islas Baleares), tomado por unanimidad y con el apoyo de todos los partidos políticos con representación en el Consistorio, de proponer a Lorenzo Vidal para el Premio Nobel de la Paz, vengo a realizar algunas observaciones:

El Día Escolar de la No-violencia y la Paz (DENIP) fue fundado por Lorenzo Vidal en el año 1964 en la España franquista. En ese momento un educador nacido en Mallorca y recién nombrado inspector de educación en la provincia de Cádiz, donde reside, lanza la iniciativa de educar para la no-violencia, la paz, la tolerancia, el respeto a los derechos humanos y el diálogo como forma suprema de solucionar los conflictos y sin acudir nunca a las armas. De alguna manera, con su propuesta de renovación pedagógica pretendía que se educara para la democracia y los valores democráticos cuando aún estábamos en plena dictadura. Las dificultades que tuvo que sortear ya se pueden imaginar: recelos, sospechas, ironías, calumnias y desconfianzas fue lo más suave que se comentó en ciertos sectores, además de intentos de bloquear o prohibir su obra. Sin embargo, la idea fue poco a poco aceptada y acogida por el profesorado que aspiraba a dar una mayor profundidad y amplitud a su trabajo.

Durante más de 40 años, Llorenç Vidal ha mantenido la iniciativa efectuando anualmente el llamamiento sin faltar a la cita ni una sola vez. Y su llamamiento ha sido publicado y reproducido infinidad de veces y ha llegado a miles y miles de escuelas e institutos de España y de todo el mundo. Son muchos años de labor educativa, toda una vida profesional animada con la ilusión de dar a la educación un sentido profundo y confiar en ella como motor de transformación de los individuos y, a través de ellos, de la propia sociedad.

Podemos afirmar con toda seguridad que si la transición democrática española encontró un pueblo preparado fue en parte porque los ciudadanos -consciente o inconscientemente, unos directamente y otros de una manera difusa y subliminalmente a través del eco expansivo que el Día Escolar de la No-violencia y la Paz ha tenido desde su fundación en el ambiente circundante- habían sido influenciados por esa educación progresista, que ha influido positivamente en miles y miles de profesores, que, gracias a la iniciativa de Vidal, han enseñado desde 1964 y enseñan todavía en sus aulas con gran ilusión los valores encarnados por el DENIP: tolerancia, comprensión, fraternidad, interculturalidad, diálogo, no-violencia, respeto a los derechos humanos y paz como aspiración suprema de una sociedad madura.

No podemos dejar de mencionar, además, como escribí en la Historia del pensamiento pacifista y no-violento contemporáneo, que Llorenç Vidal, figura pedagógica capital de los siglos XX y XXI, es el «formulador de una pedagogía teórico-práctica de la de la no-violencia y la paz» y que su obra del DENIP es, como ya se ha escrito, una «iniciativa pionera y promotora de la educación no-violenta y pacificadora difundida internacionalmente y en la que se han inspirado e implícita o explícitamente tienen su punto de partida la mayoría de los actuales proyectos, programas y actividades de educación y cultura para la no-violencia y la paz», a nivel nacional e internacional.

En consecuencia, la concesión del Premio Nobel a Llorenç Vidal, poeta, educador y pacifista, sería un justo reconocimiento y una justa recompensa al valor del trabajo bien hecho, al esfuerzo incansable de un hombre que durante ya casi medio siglo ha llevado y sigue llevando estos ideales a miles y miles de profesores, a miles y miles de centros educativos y, a través de éstos, por efecto multiplicador, a millones de estudiantes y ciudadanos de distintos países, es decir, a la sociedad entera.

El Premio Nobel dado a un educador como Lorenzo Vidal supondría, por otra parte, el reconocimiento del valor de la educación como motor de transformación de las sociedades, para convertirlas en más democráticas, más dialogantes, menos violentas y más pacíficas, más justas y más tolerantes, ya que, en definitiva, depende de la educación que demos a nuestros jóvenes la esperanza de una mayor justicia y de un mayor nivel de felicidad para la humanidad. Esta labor sí que merece un premio Nobel, sobre todo cuando nos asaltan los fantasmas del fanatismo y de la intolerancia y la falta de diálogo entre los pueblos.

Sin embargo, más importante que los premios y reconocimientos exteriores es la satisfacción de haber dado lo mejor de sí mismo a la sociedad, de haber hecho una labor altruista y desinteresada, haberla efectuado de una manera ejemplar y, sobre todo, la satisfacción personal de poder decir a la propia conciencia: «misión cumplida».



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