Antonio Martín

La Uchi de La Viña

Su gracia natural unida a su cándida inocencia arrancaba inevitablemente la sonrisa de todo aquel que se topaba con ella

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Fue más feliz que nadie. Estoy convencido. Su barrio de La Viña desde hoy ya no será lo mismo. Faltará la algarabía que formaba a diario por todas sus esquinas nuestra querida Uchi. Su gracia natural unida a su cándida inocencia arrancaba inevitablemente la sonrisa de todo aquel que se topaba con ella.

Cuántas veces me dijo –adiós, guapo-, cuando nos cruzábamos por su calle de la Palma. Me remonto al año 1997, cuando me tocó dar el pregón de Carnaval, y recuerdo que al pasar subido en la carroza que me llevaba hasta la Plaza de San Antonio, allí, en la esquina de la Palma con Cristo de la Misericordia estaba ella. Impertérrita. Con su sonrisa contagiosa de siempre al llegar a su altura me gritó ¡Antonio, te quiero! dedicándome el aplauso más auténtico y cariñoso que jamás haya recibido en mi vida.

Cuando la carroza arrancó de nuevo, nos cruzamos unos cuantos besos con la palma de la mano a modo de despedida. Como dos novios, como dos niños. Y allí quedó tan feliz. Tan feliz como cuando la hice recorrer con su bicicleta un par de versos de un tango del coro de la Viña que le dediqué al barrio. Esa misma bicicleta con la que ahora andará pedaleando entre las nubes diciéndole a cada angelito con el que se tropiece: ¡Adiós, guapo!

Adiós, querida Uchi. No sabes cuánto vamos a echarte de menos por tu barrio de la Viña.