La Uchi, símbolo del barrio de la Viña de Cádiz.
La Uchi, símbolo del barrio de la Viña de Cádiz. - L. V.
OBITUARIO

La Uchi: historia de un barrio

La Viña parió hace 60 años a un personaje gaditano por antonomasia que refleja parte de la esencia de este trocito de Cádiz

CádizActualizado:

'En tiempos de nacionalismos no hay más patria que mi barrio'. El barrio, la gente, sus calles y sus vecinos. Y sus historias. Por La Viña corren ríos de tinta que siempre van a parar a la Caleta, y hoy se seca el torrente de uno de sus afluentes más caudalosos. El fin de una novela tragicómica que deja escapar una lagrimilla entre carcajadas. Porque su protagonista es La Uchi de Cádiz, La Uchi de la Viña.

De ahí que resulte inevitable esbozar un perfil de una persona que acaba de fallecer glosando sus anécdotas más divertidas y narrando sus peripecias más allá de la tristeza que obviamente deja su pérdida. Porque así la recuerdan sus vecinos y uno no es más que polvo, ceniza y el recuerdo que deja entre ellos.

María del Carmen Gutiérrez nacía en su hogar viñero el 7 de septiembre de 1957. Imposible olvidarse porque a medida que se acercaba su cumpleaños lo pregonaba a los cuatro vientos, predominando el levante, para que a nadie se le escapara que ese día debía retratarse con un regalito. Y menos con los 60. Sus padres regentaban una popular churrería en la calle San Pablo, ahora Cristo de la Misericordia. Morada desde su nacimiento hasta sus últimos días, compartidos con su hermana Mari, quien ha estado con ella hasta el final. Nace y muere en La Viña un personaje legendario que representa una manera de entender la vida, el mundo, desde un modesto rincón del sur.

Conocida hasta en Gran Bretaña

Cada esquina, cada piedra, cada barra de bar, tiene un chascarrillo para ilustrar su figura quijotesca. Y es que sin salir de Cádiz es conocida hasta en la Gran Bretaña gracias a ese documental de la BBC en el que irrumpió a voz en grito en El Manteca entre la estupefacción del presentador, que se atragantaba con los boquerones.

La Uchi era peculiar. Durante varios años estudió en el colegio de Afanas pero muchos vecinos aseguran que de haber nacido en estos tiempos apenas se percibiría una leve discapacidad. Porque era picantona, graciosa, de respuesta rápida y con arte, de conversación más o menos fluida; con una memoria sorprendente, una cabeza en la que almacenaba todos esos números de teléfono para poder charlar con sus amigas en la peluquería viñera José Manuel.

Entre recortes, melenas y flequillos pasaba todas las mañanas sin pelos en la lengua, hablando de su Barça al que se refería con pasión y atizando a aquel que le bromeaba con el merengue. A gritos porque a La Uchi le costaba modular su tono de voz, ese con el que declaraba por todo el barrio su amor a Paco, el antiguo guardia de Seguridad de la Caleta.

Los uniformes eran su perdición y no había Policía Local que se cruzara en su camino que no se llevara su piropo. Ni Nacional, ni bombero, ni músico ni mucho menos militar o guardiamarina. Y eso que 'Carmeluchi' (de aquí el apodo) no soltaba el chándal ni la sudadera.

Inmortalizada en el Carnaval

Primaba la comodidad en una chica que desde bien moza le regalaron una bicicleta y construyó su historia a golpe de pedalada. La Uchi era de piñón fijo y desde que amanecía ya recorría los callejones de su barrio sin desmayo. Hasta se le recuerda en plena huelga de los Astilleros, en esos noventa, años de plomo y tornillos, liderando la patrulla policial a lomos de su velocípedo. De ahí las coplas de un Carnaval que le tenía bien presente hasta su internacionalización y desarraigo.

Educada, limpia y aseada, vivía su particular romance en su vida paralela con Tomas, el del Manteca, donde curraban esos niños que nunca tuvo. Sin inquietudes políticas, se abrazaba a la exalcaldesa Teófila Martínez para pedirle con insistencia un teléfono móvil, y ahora veía con indiferencia lógica como un hijo de su barrio lideraba la ciudad desde San Juan de Dios. En su existencia primaban otros intereses, menos elevados, como el programa televisivo de La ruleta de la Fortuna: era el momento de decir adiós en la peluquería porque no podía perderse su cita con Jorge Fernández.

Un mareo en el supermercado este jueves servía de antesala a su final. Hoy no ha despertado. El sueño profundo le ha ganado el pulso a su alegría, a sus pasiones, a sus risas, a sus paseos en bicicleta y sus romances con Tomás o los agentes de turno. «Al menos, se marcha tranquila. Sin dolor, sin enfermedad». Este sábado sus vecinos le darán el último adiós. Entre lágrimas. O entre risas. Pero siempre en la Viña.