La ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, en la entrega de los Premios de LA VOZ de Cádiz 2017.
La ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, en la entrega de los Premios de LA VOZ de Cádiz 2017. - A. V.
PREMIOS LA VOZ 2017

Cospedal defiende a la Justicia: «¿Acaso se sintieron superiores, por encima de la ley»

En el acto de entrega de los Premios LA VOZ de Cádiz 2017, la ministra de Defensa pide a los españoles que no se dejen intimidar

«Se lo debemos también a aquellos constituyentes que en 1812 incluyeron el amor a la patria en nuestro primer texto constitucional»

CádizActualizado:

La ministra de Defensa María Dolores de Cospedal presidía el acto de entrega de los Premios LA VOZ de Cádiz de 2017 en el Parador Hotel Atlántico de la capital gaditana. Tras el recibimiento de las distinciones, la política española cerraba el evento con un discurso en el que unía la tradición constitucionalista de la ciudad de Cádiz con los problemas secesionistas de Cataluña.

En su disertación, Cospedal mantuvo un tono firme y contundente con respecto a la actitud de los líderes independentistas catalanes, proclamando «el derecho a la legítima defensa de la democracia española» y respaldando la labor de la Justicia. Aprovechó para reafirmar el interés por el diálogo y la negociación, pero «sin coacciones, sin amenazas. Se lo debemos a los catalanes, a todos los españoles y a nuestra democracia. Y se lo debemos también a aquellos constituyentes que en 1812»

Este es el discurso de la ministra de Defensa María Dolores de Cospedal en la entrega de los Premios LA VOZ de Cádiz.

«Cádiz no es si no un símbolo del legado cultural que ha moldeado desde hace tres milenios la larga memoria de nuestra historia. Aquí en Cádiz, de qué forma tan grotesca, resuenan los ecos del nacionalismo excluyente. Precisamente aquí, en Cádiz, en este crisol de tantas civilizaciones, en esta primera ciudad de nuestro mundo occidental. Cómo explicarnos ese narcisismo supremacista desde este umbral plateado entre el Mediterráneo y el Atlántico que es Cádiz. Cómo explicarlo desde una ciudad que fue Gadir, que fue Gades, que fue fenicia y cartaginesa, que fue griega, romana, bizantina, visigótica, musulmana y cristiana después. Ilustrada y reformista, y hogar durante casi un siglo de la Casa de Contratación. Cádiz fue pasarela entre dos mundos del comercio de ultramar. La cultura y la lengua universal española, la de Nebrija y Cervantes, la de Alberti y Castelar.

Cádiz fue puente de civilizaciones, cabecera de la flota de Indias llegada de Manila, Veracruz, La Habana y Cartagena. Rosa de los vientos del cambio ilustrado plasmado en aquella legendiaria escuela de guardiamarinas, semillero de científicos y navegadores. Cádiz fue lugar de reunión de los primeros constituyentes, como bien nos han recordado aquí, llegados de ambos hemisferios en una misión. Esa misión de fundar la moderna nación española.

Cádiz, cuna de nuestra soberanía nacional

Y ellos personicaron la dignidad de nuestra independencia ante una Europa que estaba postrada ante la caballería de Napoleón. Y ellos regalaron la Constitución de 1812 a la causa eterna de la libertad. Y ellos escribieron hace siglos que el objeto del Gobierno es la felicidad de la nación. Porque el fin de toda sociedad política es el bienestar de todos los individuos que la componen. Ellos convirtieron a Cádiz en la cuna de nuestra soberanía nacional.

Y durante una hora luminosa y fugaz en la noche del Absolutismo ellos dijeron a sus compatriotas, hoy nuestros compatriotas: 'vosotros sois ciudadanos libres e iguales'. El pensamiento inmortal de aquellos hombres españoles hoy nos sigue inspirando a todos y nos sigue sirviendo de guía en las horas más inciertas de nuestro proyecto común de convivencia

Y en este momento precisamente aquellos únicos que merecen reparos son aquellos que han incumplido la ley, aquella que para todos los españoles ya fue objeto de observación por los constituyentes de Cádiz.

Aquellos que incumplen la ley, aquellos que han sido cesados no por pensar distinto si no por situarse al margen de la Ley y por atacar los derechos de todos los españoles, aquellos que tienen que aprender hoy que en el estado de Derecho no hay prebendas, no hay bandos, y la ley es igual para todos.

La Ley, si estamos en un Estado de Derecho, es igual para todos y ninguna mentira, por mucho que se repita, puede tapar esta máxima de la democracia. Creo que en estos momentos España tiene que reivindicar como nunca su fortaleza como una nación madura, porque hay razones para confiar; hay motivos, los de toda una nación, para seguir trabajando. Y la suma de esfuerzos, la unidad en torno a nuestras convicciones más firmes, marcan siempre el camino más despejado hacia el futuro.

Una retórica mártir y victimista

Ahora protestan. Y protestan por las consecuencias procesales de sus actos. Y vuelven a enfangar la vida social catalana con una retórica mártir y victimista. Y yo me pregunto, hoy, en Cádiz, la ciudad de nuestra Constitución, la primera que garantizó la igualdad de todos los españoles ante la Ley y limitaba los poderes de los monarcas absolutos. ¿Qué esperaban? ¿Una jurisdicción de benevolencia excepcional para ellos? ¿Una vara de medir distinta a la del resto de españoles? O tal vez, nublado el juicio por su propio adoctrinamiento, ¿se sintieron superiores, por encima de la ley?

¿Acaso pensaron que la democracia española no ejercería su derecho a la legítima defensa? Secuestraron las instituciones catalanas, desoyeron una y otra vez las resoluciones del Tribunal Constitucional, y hasta las clarísimas advertencias de sus propios órganos consultivos.

Despreciaron las oportunidades de retractarse, aprobaron leyes ilegales y delictivas. Leyes que en cualquier democracia occidental supondrían un golpe destinado a convertir una democracia en un estado fallido. Han introducido la fractura y el dolor en todas las familias catalanes, en los hogares de Cataluña. Han tratado de sumir a todo un pueblo en una realidad paralela del pensamiento único, y han adoctrinado desde la más tierna edad la división, el odio y la discordia.

Por último, han perpetrado con dinero público un descabellado asalto a la democracia de todos. Y precisamente con tal de engañar a sus conciudadanos, lo han pervertido todo.

Sabemos que el 21 de diciembre se celebran elecciones autonómicas en Cataluña. Y sabemos también que algunos partidos separatistas y excluyentes ya están demostrando que van a jugar a la trampa de un doble juego. Se van a presentar a estos comicios no para hacer propuestas políticas por el bienestar de los ciudadanos, sino para intentar deslegitimar todo el proceso electoral porque ese será su única programa.

Una nación abierta, diversa y plural

Pero su programa fracasará. Porque nuestro proyecto común de concordia y entendimiento, herededo de un linaje constitucional que entronca con la gran empresa doceañista, nos ha convertido en una de las grandes naciones del mundo. Una nación, España, abierta, diversa y plural. Un referente a ojos de todos los demócratas, desde Australia hasta Bélgica.

Todos los altibajos de nuestra historia, que han sido muchos, (esto no representa una excepcionalidad en una nación antigua como la nuestra); ninguno de esos altibajos ha hecho mella en nuestra apuesta que es colectiva y vital de consolidarnos como un pueblo, pujante y tolerante, como un país brillante, moderno y unido, que tras reconciliarse consigo mismo, como hicimos los españoles con nuestro pasado, decidió situarse en la vanguardia e este gran espacio de libertad que es la Unión Europea.

En ocasiones las crisis nos permiten dar un paso atrás y examinar con una mayor perspectiva los flancos más débiles de nuestra fortaleza democrática. Necesitamos un gran acuerdo que nos obligue a todos los partidos demócratas a rechazar ahora y siempre un solo intento de chantaje más.

Sí al diálogo y sí a las negociaciones, pero siempre en el marco de la lealtad institucional. Y no a las cesiones bajo coacción, no al sometimiento, no a las amenazas, y no al apaciguamiento cortoplacista hasta el próximo ataque a la democracia. Todos nuestros trabajos deben ir encaminados a esa dirección.

Miles, millones de balcones a lo largo y ancho de nuestra geografía, hacen que luzcan estos días la bandera constitucional. El orgullo estaba ahí, expectante, latente, y la indignación por el comportamiento de algunos lo ha hecho emerger de una forma masiva y esperanzadora.

Por tanto, no nos dejemos intimidar. Se lo debemos a millones de catalanes. Nos lo debemos a nosotros mismos, a todos los españoles y a nuestra democracia. Y se lo debemos también a aquellos constituyentes que en 1812 incluyeron el amor a la patria en el frontispicio de nuestro primer texto constitucional».