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Me como la dama

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El domingo que viene seré alcalde o quizás no y tenga que dedicarme a lo que me dedicaba o no me dedicaba antes de intentar ser alcalde. El destino tiene estas cosas. Como si no fuera complicado superar los obstáculos –y por obstáculos léanse trepas y apuñaladores, primarias y ejecutivas locales, provinciales y transiderales– tras obtener un meritorio resultado en las elecciones, ahora no puedo gobernar. Tengo que pactar. Y eso que a mí lo de pactar, pactar, se me ha dado siempre mal. Yo soy más de imponer mi criterio –el imperio de la persona–, del aquí están mis cojones en lo alto de la mesa, del cómete mi auctoritas y, si no te gusta, chúpame la potestas, de engatusarte o apretarte para conseguir lo que quería, de mentar la democracia sin hablar de líneas rojas.

Yo que no he pactado en mi vida ni cuando me sabía perdedor me encuentro ahora con todo el mundo montado en mi chepa, estudiando mis movimientos –peón ocho dama– como si fuera Karpov o Kasparov: tic-tac-tic-tac: me como la dama. Es de demócratas, dicen, eso de pactar, y yo pienso que lo que es, es de berzotas, de mendigos, de embusteros, de masconatos (una palabra preciosa que revive mi infancia: «¡no se vale, masconato!»). Con lo satisfactorio que es dar un abrazo del oso –pero de oso siberiano, del Natura, oiga–, notar partirse democráticamente los huesecitos y sentir que el aliento del coaligado va aminorando hasta apagarse cual cerillo en el fondo de una tumba. ¡Cómo echo de menos esa sensación! Cualquiera hoy sabe dar abrazos de oso, colmillo profident y zarpa lacada. Los amigos sólo valen ya si son útiles y si no lo son se les bloquea en Twitter y a pastar. Su relevancia caduca al depositar el voto en el féretro, después para qué se les va a saludar siquiera. Ni osos, ni amigos, ni pactos; lo único que yo quiero es ser alcalde, gobernar con mayoría suficiente y hacer luego lo que me dé la gana, como todos. Esa es la democracia buena pura de oliva cinco jotas, la verdadera. La del mejor alcalde de Fuenteovejuna, el Rey. La del tic-tac-tic-tac: me como la dama.