Cualquier tío sensato sabe que si le pega una patada a una biblioteca, en cualquier sitio del mundo, en Alejandría o en Manhattan, se va a caer un libro que, sea cual sea, se abrirá casualmente por una página que demuestra fehacientemente que todo empezó en Cádiz. Lo que fuere. La rueda, el fuego, el tapeo, la industria de la salazón, el flamenco, el cepillo de dientes, el garabato, el tango, el paté de cabracho, el embuste rococó y, en general, cualquier avance o descubrimiento que tenga que ver con el arte y el progreso de la humanidad.
La última prueba está en el Museo de Cádiz, enclave reconocido como una de las siete maravillas del mundo que acaba en Torregordi (seamos cariñosos, por lo del nudismo).
El jueves Alfonso Guerra, ilustre vecino de Conil y habitual paseante de la ciudad más antigua del orbe occidental y occipital, presentó una exposición. Se titula Ciudadanos. El nacimiento de la política en España. Obviamente, el alumbramiento se produjo en Cádiz y, como no, en 1812, década arriba, década abajo.
El eterno vicepresidente, ante la vicepresidenta, vino a decir que la política, tal y como se conoce hoy, con su estructura de partidos, asociacionismo civil (?), ajena al clero, los clanes oligárquicos y la aristocracia (doble ?), con derechos y libertades individuales (triple ?) había nacido en Cádiz en aquella época y, con algunos pequeños lapsus de hasta 40 años, había llegado hasta nuestros días.
Dicho así, a la vista de los informativos, eso de que nuestra res pública actual empezó justo aquí no se sabe si es motivo de orgullo o de bochorno. Pero viene a ser como los cumpleaños. Si se tiene en cuenta la alternativa (aquella época en la que todos decían que no sabían de política) se queda uno con el mal menor. Mejor cumplir años que no cumplirlos. Mejor tener esta política que sufrir su ausencia.
Salía uno a la plaza de Mina henchido de orgullo. Abría la boca como gaditano y tras el golpe de tos provocado por la bocanada de polvo (sí, sí, allí también hay obras), pensaba: «Joder, todo ha empezado en Cádiz. Cádiz es la cuna de tó», Chapu dixit. Llegaba uno a dudar ¿Seguro que Obama no nació en Pasquín? ¿Seguro que Churchill no era de Loreto?
Cádiz, cuna de 'tó'
Pero el valor de Cádiz como laboratorio de ideas políticas que saltan al mundo no es cosa únicamente del pasado. No hay que remontarse al siglo XIX ni a La Pepa o a Carlos El Legionario.
El empuje de la sociedad gaditana como ariete en el I+D+I de las ciencias políticas universales sigue bien vivo. Seguimos en la vanguardia del pensamiento.
De hecho, esta ciudad acaba de ser escenario de uno de los inventos ideológicos más brillantes y sofisticados en los partidos políticos del mundo occidental. Un representante institucional gaditano, con responsabilidad orgánica, con larga presencia en varias administraciones, ha creado algo excelso pero simple. Se llama el nombramiento por autodescarte.
La cosa consiste en anunciar que uno rechaza un ofrecimiento que nunca le han hecho, o que todavía no le han realizado o que, públicamente, nunca ha existido. El autor de la teoría dijo: «No seré candidato a la Alcaldía aunque mi partido me lo pida de rodillas». Adviértase, por el tiempo verbal, que el dueño del chispazo admite que aún no se lo han pedido. Pero ya quedará para siempre como «el hombre que no quiso ser alcalde».
Al margen de lo bien o mal que caiga el autor -Chiqui Pérez Peralta-, el hallazgo está en el hecho, en la creación. Se nota, además, que la obra es compartida con asesores que se llevan 50 de los grandes al año. Sin ese abrigo de masa gris, resulta imposible alcanzar tal nivel de excelencia intelectual.
Una estrategia que copiar
Antes de que lo hagan otros por todas partes del mundo, pienso adueñarme de la técnica. Parece simple, pero es soberbia. Uno se autoelimina de logros a los que no ha sido llamado (pero eso no lo saben los demás) así queda como el augusto rechazador de glorias mundanas.
Pruebe, pruebe usted, verá qué bueno. Por ejemplo, diga, en público, «nunca sucederé a Rocco Siffredi aunque los mejores productores me ofrezcan, llorando, diez millones por película». «No pienso acudir al Mundial de Suráfrica ni aunque Torres y Villa se nieguen a jugar si no les acompaño en el ataque». «Jamás aceptaré el Nobel de Literatura, así me proponga reiteradamente mi puñetera madre». Da igual que nunca le haya reclamado la industria pornográfica, que jamás haya visto un balón fuera de un televisor o que no haya escrito nada desde que completó el último Cuaderno Rubio. Eso no lo tiene por qué saber nadie.
La cosa es sembrar la duda y quedar para los restos como «el hombre que rehusó liderar el cine guarro mundial»; «la persona que rechazó ser campeón del mundo»; «el tipo que despreció la opción de ser un escritor legendario».
Usted dígalo, por si cuela. Un gaditano, adelantado a su tiempo, ya lo ha hecho. Que no quiere, dice el hombre y eso queda. Nadie sabe si le han ofrecido, siquiera, ser candidato. De hecho, parece que no, según sus declaraciones. Nadie le da muchas opciones a su partido. Nadie está del todo interesado en saber quienes «no» van a ser candidatos. Suponemos que son miles. Bien al contrario, interesa saber quienes lo serán.
Yo sin ir más lejos, tras escribir esto, ya puedo decir por los bares que soy «el hombre que no quiso trabajar en el PSOE de Cádiz». Aunque, ahora que caigo, nunca me lo han ofrecido. Ni el PP.
Pero bueno. Ahí queda.