El palabro se llama «tittytainment». Podemos traducirlo como «entetamiento», literalmente. Los enterados saben que el principio del tittytainment lo enunció hacia 1995 el reputado analista norteamericano Zbigniew Brzezinski en cierto encuentro internacional auspiciado por la fundación Mijail Gorbachov. Podemos reducirlo a esto: en un mundo rico, próspero, donde no falta de nada, sin nuevas fronteras que conquistar ni nuevos horizontes que descubrir, ¿qué podemos hacer para mantener a la gente tranquila, dentro del corral, sin causar alteraciones graves del orden? Brzezinski decía que lo único que podemos hacer es sumergir al personal en una cómoda burbuja de placer y consumo, adormecida y feliz, como el bebé cuando toma el pecho. De ahí el palabro, que tiene algo de «tit» (pecho) y algo de «entertainment» (entretenimiento). Esto del «tittytainment» se ha convertido en un argumento fundamental de las actuales teorías de la conspiración: desde la izquierda recalcitrante hasta la derecha disidente, pasando por los católicos comprometidos, todos coinciden en que la política actual de los poderosos del mundo es precisamente esa, es decir, el «entetamiento», oséase introducir a las personas en un mundo completamente irreal sin otro horizonte que la satisfacción de los deseos elementales. De entrada, el mundo del consumo masivo y globalizado cumple esa función. Y si a alguien se le ocurriera hacerse preguntas inconvenientes, entonces entra el plan B del «tittytainment», que es una tenaz propaganda del miedo a cualquier cambio. Yo no sé si lo del «tittytainment» es estrictamente cierto, ni si la gente es tan pasiva y blanda como para sumergirse voluntariamente en esa engañifa. Pero la otra noche, viendo la repetición del final de 'Sin tetas no hay paraíso', empecé a hacerme preguntas que me despertaron un súbito interés por Zbigniew Brzezinski. Es que, si usted se fija, todo lo que vemos en televisión, en cualquier canal, parece pensado para envolvernos en «tittytainment». Por un lado tenemos una incesante apología del consumo masivo y, por supuesto, sin el menor rastro de acento crítico hacia eso que se llama globalización, en el sentido lato del término.