En estos tiempos de dependientes androides, obligados a chaparse su nombre al pecho, de fría gestión del tiempo y de las formas, de rentabilidad medida al milímetro, de autores televisivos y títulos clásicos apilados en stock, el lector agradece más que nunca la figura del librero atento y cercano, capaz de adelantarse a sus gustos, aventurar una recomendación o, simplemente, regalar un rato de charla. Al contrario de lo que se suele pensar, la del librero es una profesión «muy sufrida, como todas las que uno quiere hacer bien». No es casualidad que Francisco Puche, el mítico librero malagueño, titulara su autobiografía Memorial de afanes y quebrantos.
De esa ardua brega cotidiana sabe mucho Juan Manuel, uno de los pocos resistentes que aún capea el temporal al timón de una recogida librería con espíritu, de las que huele a librería, y no a insulso ambientador de mayorista. La suya es una historia de empeños y lecturas, compradores-amigos, escritores emboscados y estanterías de doble fondo.
–Los aficionados al flamenco lo llaman «el primer pellizco». Se trata de ese momento definitivo en el que la afición se convierte en pasión, e incluso en obsesión. ¿Cuándo fue el suyo con los libros?
–Con 14 años leí El Quijote, pero yo ya padecía una auténtica voracidad lectora. Primero fueron los cómics, El jabato, El Guerrero del Antifaz... Pero hay un precedente: la admiración por los cuentos que me contaba mi madre, de noche, en la cama. Teníamos un único libro, de tres relatos. Y mi madre repetía constantemente su lectura, pero a mí cada noche me parecía la primera. Recuerdo ese calor familiar, esa voz arrulladora... Supongo que ahí empezó todo.
–¿Y cómo decidió vender libros?
–Mi familia se marchó de Vejer a Valencia para intentar prosperar. Allí conocí a un gran lector, sobre todo de poemas y de autores prohibidos. Hernández, Machado, Neruda, Lorca. A los cinco años volvimos a Cádiz. Yo acababa de cumplir 18. Abrí el periódico y leí un anuncio que decía: «Importante librería necesita dependiente». Tenía la necesidad de ayudar a mis padres y no me lo pensé. Se presentaron muchísimos chavales. Pasé el examen y empecé en la Librería Mignon. Luego, en el 90, abrí la Librería Falla.
–O sea, que fue librero en esos años de la Transición en los que ser librero era una forma de rebeldía.
–Claro. La Mignon era una librería de vanguardia. Había distribuidores especializados en libros prohibidos y conocían nuestro perfil. Además, tú sabías a qué público podías ofrecérselos. Los títulos llegaban camuflados. En la cubierta ponía, por ejemplo, Tratado de Jardinería, pero resulta que era el Canto General.
–Fue una contribución más a la democracia.
–Los que teníamos deseo real de que esto cambiara, podíamos aportar algo a la causa: que la gente leyera lo que no podía leer, que se educara en valores que el Régimen no quería que llegaran al pueblo.
–Te pueden gustar los pasteles, y estar harto de trabajar en una pastelería.
–Cuando te preocupa servir al cliente, puede llegar a ocurrir. Si haces tu trabajo sin implicarte, no te quemas. Pero aquí podemos estar dos semanas buscando un título concreto que algún amigo nos ha pedido. Y cuando decimos: Es imposible, es que es imposible. Eso cansa, pero cuando estás hecho a esta forma de vida, te recuperas en cuanto tienes un nuevo aliciente, algún proyecto entre manos: una presentación, la Feria... Además, en esto siempre hay crisis. Vender libros sigue siendo un deporte de riesgo.
–La librería también le ofrece la oportunidad de conocer a escritores a los que admira, supongo.
–Bueno, tengo dos recuerdos muy especiales asociados a eso. Uno es con Rafael Alberti. Invitamos a María Asunción Mateo a la presentación de un libro. Fui a recogerla a su casa de El Puerto, pero no me atreví a pedirle que me presentara a Rafael. La idea salió de ella. Yo estaba tan nervioso que, cuando le estreché la mano, sólo pude decirle: «Es un placer conocer a una de las grandes personalidades del siglo XX». Y luego añadí: «Supongo que esto lo habrá escuchado miles de veces». Y entonces dijo: «Sí, pero suena diferente en su voz». Se refería, claro, a que el sentimiento por mi parte era sincero.
–¿Y el otro?
–Pocos meses antes de que Fernando Quiñones muriera, pidió permiso a sus médicos para venir con nosotros a la Feria del Libro. Cuando terminó, le acompañé en el taxi de vuelta a la residencia. Pidió que lo llevaran por el Campo del Sur. Íbamos los dos hablando, pero al pasar por La Caleta, de noche, él se calló de pronto y yo respeté su silencio. Después pidió al taxista que parara en el bar Doña Lola. Estaba a dieta por prescripción médica. Se comió un plato de menudo y una sarta de sardinas. Lo despedí a las puertas de la residencia, con ganas de pedirle que no entrara...