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Opinion

01.04.09 -
Es una chica de primero de bachillerato y tiene 16 años. Es simpática, bien parecida, y buena estudiante. Es bastante presumida, y le gusta que los chicos se fijen en ella. Sale los fines de semana, e intenta estar hasta altas horas de la madrugada, aunque sus padres no se lo consienten. Tiene muchos amigos y amigas.
Mari Cuqui no lleva muy bien esta limitación en sus decisiones personales, y tener que aceptar lo que dicen sus padres, pero, a la postre, como sabe que le quieren piensa que buscan lo mejor para ella y lo asume. Como la legislación española pretende legalizar que cualquier chica mayor de 16 años pueda abortar sin el consentimiento paterno, valorando las cosas, Mari Cuqui actúa egoístamente y aborta.
Los padres se enteran al día siguiente. Su hija, su pequeña, que para comprar tabaco en un estanco o para tomarse un cubata en un pub, o para ir al extranjero, o para comprarse una moto, o para salir por la noche, o para contraer matrimonio, o para abrir un negocio o para empezar a trabajar necesita de su consentimiento, resulta que no lo ha necesitado para abortar. Cuando Mari Cuqui tenga remordimientos, o sufra por lo que ha hecho: ¿quién le devolverá la paz o quién la atenderá? ¿El Estado español?, ¿El Presidente del Gobierno?, ¿La Ministra de Igualdad? Muchos padres, como los de Mari Cuqui, no queremos que se les trate ni a ellos ni a sus hijos de esa manera.
PD. Esta carta va dedicada a todas las mujeres embarazadas y a sus respectivos padres. ¡Felicidades!

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